Antonia Martínez abrió la puerta y allí, apoyada en el marco, se encontraba su amiga Lía Benítez, con el pelo despeinado y el aliento algo tequilero tras una noche de juerga en el Rastro.
—¿Qué? —susurró Lía con expresión de suficiencia—. ¿Tú también te callas el golpe? Porque si Víctor me hubiese dejado por una colega, ya le habría echado humor a la cosa. O al menos me habría comprado una bolsa de cangrejos congelados para compensar el trauma.
Antonia abrió las manos, impotente. En la mesa del salón de su apartamento madrileño, entre revistas de decoración y paquetes de café recién molído, se amontonaban los recuerdos: desde el día en que Víctor le dijo *te amo* con los ojos vidriosos tras una cena en el Círculo de Bellas Artes hasta las fotos de boda de ambos en el Alcázar con un aire de comedia costosa.
La puerta del portal se cerró sola con un *clack* suave. Víctor había estado allí. No había firmado los papeles del divorcio, ni había dicho que no lo haría. Solo había plantado cara, con el bolso de viaje colgado del brazo, y había subido a por la vajilla que se olvidó el día de la Navidad pasada.
—No me entiendes. No fue su voz lo que me impactó. Fue cómo se lo tomó —explicó Antonia, sirviendo dos tazas de tila—. ¿Voy a la academia a pagar mil euros por una guitarra y él se va con una colega que toca el piano porque es parte de un *networking* profesional?
Lía tomó el primer sorbo, exhaló ruidosamente y se apoyó en la silla como si el café valiosamente caro le hubiese arrojado el espejo a la cara.
—Tu Don Juan madrileño no ha entendido que no todo es *TU* —dijo, pronunciando la palabra como si fuese una maldición moderna.
—¿Y si…? ¿Y si era yo? —murmuró Antonia, jugueteando con el posavasos de papel de periódico.
La historia era clásica. O casi. Hacía veinte años que Víctor, con su mirada de intelectual bohemia y su nómina de profesor de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, le mandó callar cuando intentó cantar en el karaoke del Círculo Mágico. No fue un *no*. Fue un *recuerda que es tu asunto más pijo*.
—La cuestión, amiga, es que el tipo no sabía disfrutar de lo que tenía. La casa en el distrito Cuatro, las cenas íntimas con trufas, el descapotable que usabas para ir a visitar a tu hermana en Toledo… ¿Y qué? Cambiarlo por una Laura y un entusiasmo recién comprado en el mercado de San Telmo me parece de escuela secundaria.
Antonia soltó una risa áspera, de esas que se pegan tras no dormir tres noches.
—Además, Laura es ucraniana. Mira que en Madrid se le da cara bonita a las cosas, pero ser *tan* extranjera… Problemas de visado, *mujer*. ¿O no viste cómo se le empañó la mirada cuando le dijo *¿prefieres el Manzanilla o el Paseo del Prado?* Y ella ni idea.
Aunque Lía adoraba las bromas ácidas sobre el donjuanesco profesor de Historia, sabía que su amiga no tenía que ser un maniquí emocional.
—¿Recuerdas cuando estudiabas canto? ¿Tu tío Emilio con las modales de Lope de Vega y tú con ese pastel de voz melosa que podría haberte llevado a la Zarzuela? —le apuntó, arrancándole un destello de la antigua Antonia: la que reía con los ojos, no con las comisuras.
La estancia en la finca de Lía, con sus olivos al borde de los senderos y las vistas a la Sierra de Guadarrama, marcó el antes y el después. Allí, bajo el pino melo, Antonia encontró un pequeño teclado eléctrico escondido en un armario de madera. No era una guitarra eléctrica ni un violín barroco. Era el único instrumento que no le había prestado a Víctor para que *”enriqueciera su conocimiento artístico de la música popular”*.
—Prueba canciones de Niura —le aconsejó Lía, con su instinto de *provider* cultural.
Antonia lo hizo. Y al subir al escenario de un bar de coplas en Plaza Lavapiés, con la versión de “La Sultana” que solían cantar históricos, la ovación no fue solo un ruido. Fue un eco de todo lo que dejó en el armario de los recuerdos.
Cuando Víctor volvió, no fue con disculpas. Fue con un café americano en la mano, como si el mundo no hubiese cambiado.
—¿Cómo es posible que alguien gane más por tocar el piano que yo en clase? —rezongó, mirando el corral de gatos del apartamento con desaprobación.
—No haces los rascados bien, Víctor —replicó Antonia—. Lo del piano es un hobby. Lo mío, ya no. Es profesión.
La puerta se cerró con un suspiro. Y Antonia pensó en la novela que habían compartido: *Viví para él. Y estuvo perfecto. Pero ahora, para mí. Y también está bien.*






