Pan con personalidad

**La Panadería del Azahar**

Lucía se quedó frente a la puerta descascarillada con el letrero: «Cafetería La Tranquilidad». Las letras estaban torcidas, la «T» colgaba de milagro. Junto a la entrada, unos arbustos secos de lavanda, un contenedor de basura y un par de palomas que disfrutaban del sol otoñal.

—Bueno, hola, vida nueva— susurró mientras introducía la llave en la cerradura.

La vida nueva olía a humedad, moho y especias añejas. Lucía estornudó, abrió las ventanas, respiró hondo y se puso manos a la obra.

—¡Pero ¿estás loca?!— la voz de su amiga María retumbaba en el teléfono—. ¿Compraste una cafetería? ¿En este barrio? ¿El despido te afectó tanto?

—Prefiero hacer magdalenas que contar el dinero de otros— suspiró Lucía, limpiando las mesas—. Además, siempre lo soñé. ¿Recuerdas cómo lo hacía la abuela?

—Sí, pero una cosa es soñar y otra… este local.

—No es un local. Es mi panadería.

La llamó «Pan de Azahar». Porque su abuela siempre horneaba bollos con canela y ralladura de naranja. En invierno, la casa olía a azahar y masa recién horneada. Lucía quería recuperar ese calor.

La primera semana no hubo clientes. La cafetería estaba en un rincón olvidado, donde solo pasaba quien conocía atajos. Lucía madrugaba, amasaba, horneaba, limpiaba y probaba recetas. El aroma de canela y vainilla se mezclaba con el café. Puso un jarrón de naranjas en el alféizar y pegó en el cristal: «Entre, no se arrepentirá».

—Abuela, ayúdame— musitó, cubriendo una hornada de caracolas.

Como respuesta, esa misma tarde entró la abuela Carmen, vecina del barrio.

—¿Eres tú la que hace estos bollos? Pasaba por aquí y olí algo rico. Déjame probar.

Lucía le alcanzó uno. La anciana lo mordió, reflexionó y asintió.

—Bueno. Auténticos. Mañana traeré a mis amigas a jugar al dominó. Nos servirás café.

Al día siguiente llegaron «las chicas»: tres ancianas cargadas de historias. Luego, tres universitarios. Después, un repartidor, una madre con su bebé… La fama se extendió por el barrio, lenta pero segura.

Lucía renovó el cartel. En vez de «La Tranquilidad», puso: «Panadería del Azahar». La ayudó Pablo, uno de los estudiantes.

—¿Eres diseñador?

—Aún no. Estudio. Pero tus bollos son divinos. Quiero que el letrero también lo sea.

Por primera vez en mucho tiempo, Lucía sintió… que alguien la necesitaba. Al anochecer, Pablo llegó con su novia: «Esta es Elena, fotógrafa. Queremos ayudarte con redes sociales». A Lucía casi se le saltan las lágrimas.

—Hola— una voz familiar la paralizó—. Luci…

Se giró. En la puerta estaba Carlos. Su ex. El mismo que un año antes se fue «a pensar» y terminó con una compañera de trabajo.

—¿Qué haces aquí?— su tono era frío.

—Escuché que abriste un local. Vine a ver.

—Ya viste. Adiós.

—Espera. Nosotros…

—Dijiste que era aburrida. ¿Ahora me extrañas?

Él sonrió con ironía:

—No es eso. Es que… como aún no firmamos el divorcio, todo lo que compraste es bien ganancial.

—¿En serio?

—No quiero problemas. Pero quizá… un porcentaje.

Lucía calló. Se quitó el delantal, abrió la puerta de par en par.

—Carlos, sal. Y no vuelvas.

Él dio un paso, pero en la entrada apareció la abuela Carmen con sus amigas.

—¿Quién molesta aquí? Fuera, niño. Esto es reino de mujeres.

Carlos masculló algo y se fue.

—¿Quién era?— preguntó una.

—Mi ex. Vino a reclamar.

—¿Con qué derecho?— resopló la abuela, cogiendo otro bollo.

—Lucía— llamó su madre—. ¿Qué hiciste? Carlos me llamó. Dijo que lo echaste.

—Mamá, vino por dinero. ¿Te parece normal?

—Él fue tu marido. Casi. Podrían intentarlo de nuevo. No te haces joven…

—AbLucía sonrió al ver a los vecinos riendo en su panadería, y supo que, aunque la vida no siempre huele a pan recién horneado, siempre hay algo dulce esperando a quien lo busca.

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