Una boda de ensueño, pero no era la mía.

La boda fue espléndida. Lástima que no fuera la mía.

—No entiendo por qué tengo que llevar en mi propia boda un vestido que eligió tu madre —murmuró Lucía, mirándose en el espejo mientras un frío la recorría por dentro.

—Pero es blanco. Bonito. De encaje —dudó Javier—. Además, ella se esforzó. Lo encargó en primavera.

—¿Para ella o para mí? —Lucía se giró—. El menú, el fotógrafo, las flores… hasta la habitación de la noche de bodas lo eligió ella. ¿Decidiste algo tú?

—Solo quiero evitar conflictos, Luce… Mamá está preocupada.

No hubo conflictos. Pero sí una boda. Muchos invitados: mayoría amigas de su madre, colegas de su madre, familiares de su madre. El padre de Javier brindó sin entusiasmo con un vecino, mientras Lucía buscaba en vano a alguien conocido. Sus amigas estaban relegadas a una mesa lejana, ni siquiera las presentaron.

—¡Esta es la mujer que crié para mi hijo! —anunció la suegra, alzando la copa—. Ahora puedo estar tranquila: Javier no se perderá.

—Gracias —susurró Lucía, notando cómo su propio vino se volvía amargo.

La primera noche de casados no fue en un hotel, sino en el piso de su suegra.

—Hijos, es tarde, cancelaron la reserva… y mañana os mudáis. Dormid aquí. Os he preparado el sofá. Yo necesito descansar, la tensión, ya sabéis.

Lucía y Javier yacían en aquel sofá estrecho. Ella, con lencería de encaje incómoda; él, con una camiseta del Corte Inglés. Ninguno hablaba.

—¿Cansada? —susurró él.

—No sé dónde estoy. Ni quién soy. Ni de quién fue esta boda.

No respondió.

Al día siguiente se mudaron. Al mismo piso. A un cuarto minúsculo con dos armarios y una ventana al patio de luces. Lucía intentaba respirar hondo.

—Solo hay que aguantar un poco —decía Javier—. Ahorraremos y nos iremos. Mamá nos deja no pagar la comunidad, es un ahorro.

Pero con el ahorro vinieron las reglas: cocinar solo a ciertas horas, bañarse los viernes, limpiar según su calendario. Primero, Lucía sonreía. Después, apretaba los dientes.

—Lucita, no dejes el cuchillo así. Aquí no se hace.

—Lucita, recógete el pelo. En esta casa no se va suelto.

—Lucita, ¿tanto crema? Es cara. La pedí en la farmacia, hay que economizar.

—Mamá, ¿en serio? —preguntó Javier una vez—. Es Lucía, puede…

—Podrá cuando sea dueña de su casa. Ahora, es la mía.

—¿Vas a decir algo? —preguntó Lucía a su marido una noche. Él mordía una manzana, absorto en el móvil.

—No le des importancia. Mamá es así. Yo llevo así toda la vida, y aquí estoy.

—Pues yo no quiero “aquí estoy”. Quiero vivir.

El trabajo fue su refugio. Se quedaba hasta tarde, se apuntó a un curso de ilustración. A veces evitaba cenar en casa, prefiriendo un café tranquilo. Sola. Sin un “Lucita, aquí no se pone el salero así”.

Pero un día llegó a una cocina vacía. Solo una nota: “Espero que hayas comido. En familia todos participan. Hoy no lo hiciste. La cena es para la familia, no para egoístas”.

Ahí supo que esa no era su casa.

Las conversaciones con Javier chocaban contra silencios. O un:

—Aguanta un poco. Yo lo hago.

Hasta que un día no aguantó más. Empacó una mochila, dejó el anillo en la mesilla y se fue. A ninguna parte. Durmió en casa de una amiga. Después, alquiló una habitación. Pequeña, pero suya. Trabajaba, dibujaba. Respiraba. Volvía a vivir.

Pasó un mes sin llamadas. Ni de Javier, ni de su suegra. Solo un mensaje: “Has traicionado a la familia”.

A los seis meses llegó una carta: un abogado. La suegra demandaba el reembolso de la boda. Lucía no respondió. En el juzgado, el abogado se encogió de hombros:

—Pedimos pruebas. No hay. Todo fue verbal. No hay base.

Así terminó su primer matrimonio.

Hasta que conoció a Álvaro. No llevaba camisetas de marcas. No preguntaba “qué dijo mi madre”. Preguntaba: “¿Qué te parece?”, “¿Qué sientes?”, “¿Vamos a la playa?”.

—¿Tienes… madre? —preguntó Lucía a los dos meses.

—Sí. Vive en otra ciudad. Adora a su gato. No nos visita, dice que los jóvenes estamos mejor solos.

Lucía lloró. Álvaro se alarmó:

—¿Dije algo malo?

—No. Es que… no sabes lo valioso que es eso.

No hubo boda pomposa. Solo firmaron, fueron al parque y comieron helado. Después, sentados en un banco. Sin madre. Sin presión. Sin servilletas ajenas ni reglas.

—Sabes —dijo Lucía—, estuve casada antes.

—Lo imaginé. Pero ahora estás conmigo. Todo será distinto.

Y lo fue.

Un año después, Lucía se topó con Javier en el metro. Llevaba una bolsa del Mercadona y miraba alÉl la vio, murmuró un “hola” cansado, y mientras sus miradas se cruzaban brevemente en el andén, Lucía supo que aquel fantasma ya no pesaba en su mochila, solo era una sombra que se perdía entre la multitud, como un sueño lejano del que, por fin, había despertado.

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