Ochenta kilos de felicidad
Tania encontró el amor tarde. Todas sus amigas ya se habían casado, pero ella estaba centrada en los estudios y no le interesaba mucho el tema de los hombres. Después, el trabajo la absorbió por completo. Y fue allí donde lo conoció… Bueno, más bien no lo conoció, sino que él literalmente se le cayó encima.
Iba corriendo con unos documentos para que los firmara su jefe y no vio la escalera de mano que había en el pasillo. La escalera se movió, y de repente, un hombre cayó sobre ella, esparciendo papeles por todas partes.
—Vaya forma de empezar el día—, dijo una voz desde debajo del montón de papeles. El joven, frotándose un chichón en la cabeza, se sentó en el suelo.
—Lo siento mucho, no la vi, iba con prisa… ¿Le duele?— balbuceó Tania, recogiendo los papeles a toda velocidad.
El chico levantó la mirada y sonrió:
—Pues mira, al final el día no ha empezado tan mal. ¿Cuándo iba a tener la suerte de conocer a una chica tan guapa como tú?
—Me está poniendo colorada—, susurró Tania.
—Es la verdad. ¡Eres preciosa! Me tiraría cien veces de una escalera con tal de verte. Me llamo Nicolás. ¿Y tú?
—Tania, Tatiana. Pero tengo que irme, lo siento—. Y la chica, recogiendo sus cosas, salió disparada.
Esa misma tarde, al salir del trabajo, Tatiana se encontró con que empezaba a lloviznar. Se abrigó mejor, pero justo entonces apareció Nicolás, abriendo un paraguas sobre ella y ofreciéndole un ramo de flores.
—Gracias, no esperaba verte otra vez…
—¿Puedo acompañarte?
—Vivo cerca, suelo ir andando.
—¡Perfecto! Me encanta pasear bajo la lluvia.
Y así empezó todo. Nicolás la conquistó con detalles: flores, sorpresas, regalos… A los seis meses se casaron.
Un año después nació su primer hijo, Román. Tatiana se volcó en cuidar del niño. Todo iba bien, pero durante el embarazo había ganado algo de peso. Unos kilitos que, en realidad, le sentaban bien.
—Ay, mi bomboncito, mi gordita hermosa— decía Nicolás, abrazándola.
Al principio ella se acomplejaba, pero él la tranquilizaba:
—Te quiero a ti, no a tus kilos.
Tras la baja maternal, Tatiana no volvió al trabajo, porque pronto llegó el segundo hijo, Miro. Nicolás estaba orgulloso:
—Ya tengo dos chicos, dos herederos.
La vida de Tania se llenó de quehaceres. Tres hombres en casa, dos de ellos imposibles de dejar solos ni un minuto. Román era un terremoto, siempre con moretones y rasguños; había que vigilarlo a todas horas. Miro, aunque tranquilo, se ponía malo con facilidad. Pasó por todas las enfermedades infantiles.
Tania decidió quedarse en casa. Nicolás, que ya tenía su propia tienda de reparación de ordenadores, le propuso que se dedicara a los niños. Además, con Miro enfermando tanto, ¿qué jefe iba a aguantar tantas ausencias?
A ella no le importaba. La casa era su reino. Siempre había comida caliente, todo limpio y ordenado. Entre tanta faena, no se dio cuenta de que había engordado un poco más. Intentó hacer dieta, pero al final recuperaba el peso. En su familia todas las mujeres eran así. Su abuela Carmen, con la que pasaba los veranos de pequeña, decía siempre:
—La gente buena tiene que tener presencia. ¡Y yo cumplo con creces!
Tania se conformó. Nicolás bromeaba:
—Ochenta kilos de felicidad. ¡No cualquiera puede presumir de eso!
Lo que no notó fue que su marido empezó a distanciarse. Ese año fue especialmente duro: Román se rompió un brazo en el parque, Miro acabó en el hospital… Tania iba de un lado a otro, mientras Nicolás pasaba más tiempo en el trabajo y se iba de viaje. Nunca sospechó que esos viajes eran mentira. No tenía tiempo para vigilarlo. Él seguía igual con ella: cariñoso, detallista… Hasta que una noche no llegó a casa. La llamó tarde:
—No me esperes. Mañana te lo explico todo.
Nunca imaginó que Nicolás tendría otra mujer. A la mañana siguiente apareció. Ella le sirvió el desayuno, dispuesta a escuchar. Pero él estaba raro, nervioso. Al final soltó:
—Perdóname… Me he enamorado de otra. Seguiré ayudando con los niños, quédate en el piso. Me voy… No me retengas.
El golpe fue durísimo. Tampoco sabía que llevaba años engañándola. Fueron los vecinos quienes le abrieron los ojos.
—Ya salía con esa mujer antes de conocerte. Vivieron juntos aquí mismo, luego se separaron. Después llegaste tú, y él cambió. Se arreglaba más, hasta engordó un poco. Los niños son un encanto. Pero luego lo vi en una joyería con ella, la primera. Flacucha, pintada como un cuadro. Se le colgaba, le daba besos en público… Me quedé de piedra. No te dije nada porque, ya sabes, cada uno en su casa. Pero lo vi más veces. Y ahora se va. ¡Qué sinvergüenza!— le contó la vecina, Carmen.
Tania andaba como un alma en pena. Los niños preguntaban por su padre cada día, y ella tenía que inventar excusas.
Volvió a trabajar. Casa, trabajo. Trabajo, casa. El dolor no se iba, solo se hacía más llevadero. Pero no podía olvidar.
Ocho meses después, una noche sonó el timbre. Miro corrió a abrir:
—¡Papá, ha vuelto papá!
Era cierto. Nicolás estaba en la puerta:
—¿Se puede? Traigo regalos para los niños…
Tania se fue a la cocina. Sonó el teléfono. Lo cogió:
—Hola. Pensé que te habías olvidado de mí.
—¿Yo? Olvidarme de mi felicidad, imposible. Mañana paso a recogeros. La casa nueva os va a encantar, seguro. Te quiero.
Colgó, sonriendo. Pedro le había pedido que se mudara con él.
Cuando giró para ir con los niños, vio a Nicolás en el marco de la puerta. Lo había oído todo.
—Parece que llegué tarde…
—Sí. Tu felicidad ahora es de otro.
Milagros de la vida.






