La chica valiente

A finales de noviembre cayó la primera nieve. Ese mismo día, en el taller donde trabajaba Lucía, apareció una perra negra de pelo corto, tamaño mediano, con el hocico parecido al de un pastor alemán. Tenía un collarín blanco en el cuello y una pequeña mancha del mismo color en el lomo.

Nadie supo de dónde había salido aquella perrita, probablemente llegó del pueblo cercano. Pero Andrés, el conductor, le colocó una vieja chaqueta en un rincón cerca del almacén.

—Te llamarás Lola —dijo, mirándola a los ojos—. Aquí vivirás, ¿entendido?

Curiosamente, Lola se acomodó justo allí y empezó a observar todo con calma. Lucía, la encargada del almacén, le llevó un plato con comida. La perra olfateó y se lo comió todo.

—Buena chica, Lola. Mañana te traeré algo de sopa —dijo Lucía, acariciándole la cabeza. La perra se dejó, incluso se frotó contra ella.

Lola se comportaba con tranquilidad. Poco a poco, exploró el enorme taller y, al parecer, decidió que aquel era ahora su territorio y debía protegerlo. Los operarios se acercaban a ella con golosinas; a algunos les tomaba la comida de la mano, a otros les esperaba hasta que la colocaban en el plato.

Eligió a Lucía como su dueña. Pasaba el día entero junto a ella en el trabajo. En el taller cortaban metal, pero los ruidos no la asustaban; pronto se acostumbró. Por las noches, se quedaba con el vigilante.

Por la mañana, Lola recibía a todos a la entrada del taller con aire solemne, y los trabajadores la saludaban como a una compañera más, bromeando:

—¿Qué tal la noche, Lola? —Ella movía la cola, como diciendo que todo iba bien.

Todos la querían. Nunca iba a otros talleres; solo rondaba por el suyo, dando vueltas, pero sin alejarse demasiado. Lucía le llevaba comida cada día, preparando un plato extra cuando cocinaba para sí misma. Se hicieron tan inseparables que ya no concebían la vida la una sin la otra.

Si Lucía salía del taller, Lola la acompañaba, caminando a su lado sin escaparse, y así regresaban juntas.

—Lucía, mira qué guardiana tienes —le decían, y ella reía.

—Sí, por alguna razón, Lola me eligió a mí.

El tiempo pasó, y Lola se adaptó al taller. Consideraba a todos los trabajadores como su familia, y ellos la querían, pero también aparecieron enemigos. Una noche, desapareció hierro del almacén. Estaba ahí de día, pero por la madrugada se esfumó. Nadie vio nada. El vigilante solía beber en el trabajo, algo que todos sabían. Con una botella, hacía la vista gorda. Pero Lola… ella debería haberlo evitado.

Lucía no entendía por qué la perra no había ayudado al vigilante, hasta que notó algo: cuando dos operarios pasaban cerca de Lola, ella gruñía y se le erizaba el pelo. Lucía se lo comentó al jefe del taller. Tras una investigación, el vigilante confesó.

—Me dieron una botella de coñac, bebí y no sé lo que hicieron después. Le pegaron a Lola y la encerraron en mi cuarto. No la solté hasta la mañana, cuando desperté…

A aquellos dos operarios los despidieron. Lola ya no volvió a gruñir a nadie. A Lucía le tocaban vacaciones.

—¿Qué voy a hacer contigo, Lola? —le decía mientras le daba de comer—. Creo que te llevaré a casa. Además, tienes los ojos irritados, quizá por el aire del taller. Luego volveremos juntas al trabajo.

El último día antes de sus vacaciones, Lucía llevó una correa que había comprado y salieron juntas del taller. Lola miraba todo a su alrededor; después de casi un año en el taller, todo le resultaba nuevo. Al llegar a casa, se toparon con los gansos del vecino. La perra quiso acercarse, quizá por curiosidad, pero los gansos estiraron el cuello, graznaron y sisearon, haciendo que Lola se pegara a Lucía.

—¿Te asustaste? —se rio Lucía—. Los gansos son así, hasta pueden picarte.

En el patio, Lucía ató a Lola y la instaló en una caseta que había pertenecido a Ronaldo, un perro que vivió allí dos años antes de fallecer.

—Por ahora quédate aquí —dijo—. No puedo llevarte dentro, pero hace calor, es verano.

Cuando Lucía iba al río, llevaba a Lola. A la perra le encantaba nadar: corría, se lanzaba al agua y salpicaba por todas partes al sacudirse, para luego volver a saltar.

—Deberían ver cómo le gusta el agua a Lola —contaba Lucía a sus compañeros después de las vacaciones.

El tiempo pasó, pero la naturaleza siguió su curso. Un día, todos notaron que Lola esperaba cachorros. Bromeaban:

—Lola, ¿cuándo encontraste tiempo? Siempre estás con nosotros —Ella los miraba con cierta culpa y movía la cola.

Llegó el momento. Una mañana, Lucía descubrió que Lola había parido durante la noche. Dos cachorros se arrimaban a ella, gimiendo.

—¡Vaya, Lola, buena chica! —se alegró Lucía—. Qué hermosos son tus cachorros —La perra la miró con orgullo.

Lola los crió con firmeza, y cuando crecieron, los operarios se los llevaron a sus casas. Así vivió Lola en el taller durante más de dos años. Pero la desgracia llegó de golpe. La perra conocía a todos, incluso a algunos del taller vecino, que pasaban por allí. Se llevaba bien con las mujeres de ese taller, que acortaban camino por el suyo. Nunca les ladraba, solo las seguía con la mirada.

Ese día, Lucía salió sola del taller mientras Lola deambulaba por ahí. Lucía tenía que ir al ambulatorio. Al regresar, sintió que algo había pasado.

—Carlos, ¿qué ocurrió? —preguntó al primer operario que vio.

—Llamaron a seguridad para sacrificar a Lola. Atacó a una mujer del otro taller cuando le tiró un palo. No nos lo creímos, nuestra Lola es amigable, pero así fue.

Era cierto, Lola era bondadosa. Incluso cuando sus cachorros crecían, dejaba que los operarios los cargaran y acariciaran, confiaba en ellos. Lucía entró en pánico.

—¿Qué hacemos? —pensó rápidamente—. Menos mal que llegué a tiempo.

No había tiempo que perder. Salió corriendo y encontró a Andrés, el conductor que le había puesto nombre a Lola.

—Andrés, ayúdame. Los de seguridad vienen a por Lola. Atacó a una mujer del otro taller. Llevémosla a mi casa.

Andrés no necesitó convencimiento. Comprendió la situación. Lucía y Lola salieron del taller, y juntos la sacaron de la fábrica.

Desde entonces, Lola vivió en el patio de Lucía. Cada mañana la despedía con cariño y cada tarde la recibía con ladridos de alegría. Al marcharse, Lucía le decía:

—Me voy al trabajo. Tú cuida la casa —Lola la miraba con seriedad, como si lo entendiera.

—Hola, hola —saludaba Lucía al volver, acariciándola de nuevo.

Lucía tenía treinta y dos años cuando se casó con Miguel. Le presentó a Lola cuando aún eran novios, y la perra también lo recibía con entusiasmo. Ambos se llevaban bien.

Llegó el invierno, frío y nevado.

—Lucía, deberíamos meter a Lola en casa. Que duerma en el pasillo. Hace mucho frío fuera —dijo Miguel, y ella ya lo había

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