He dejado pasar mi destino

YO PERDÍ MI DESTINO

Dicen que buscar el amor en el curro no es cosa seria. Yo ni lo intenté; él me encontró a mí. No apareció como el galán de traje con café en la mano, sino como un hombre callado, conduciendo un negro Seat León, haciendo cola en la gasolinera. Yo trabajaba en una estación de servicio de la A‑6.

Al principio solo me miraba en silencio. Después empezó a sonreír. Y, como pensé, aprendió mi horario y aparecía sólo cuando yo estaba de turno. Me llamaban Lucía. Tenía 33 años. Era la típica chica: rubia platinada, atrevida, directa, con carácter forjado en un entorno mayormente masculino. Él… era distinto. Tenía 42, ojos del color del cielo de febrero, hombros que parecían poder derribar muros. Su sonrisa era cálida, serena, un poco infantil.

Se llamaba Alejandro. Vivía en la casa contigua a la gasolinera, con su hijo y su perro llamado Roco. El hijo era de un matrimonio anterior; la ex‑esposa los había abandonado. Alejandro no trabajaba; era un rentista que cobraba los ingresos de cuatro pisos heredados de su abuela y se dedicaba a viajar, pasear y descansar.

Un día aparcó su coche junto a la manguera y me dijo: «Vamos, te enseño una ciudad que te va a enamorar». Después otra, y luego una más. Tomábamos cañas en cafés medio vacíos, nos alojábamos en hoteles costeros fuera de temporada, dormíamos al sonido de las olas, deambulábamos por los mercados de Valencia y Granada, y escuchábamos jazz en Bilbao.

Me enamoré. Me fundí en él. Yo, que siempre había sido libre y no creía en clichés, en tres meses ya vivía bajo el mismo techo. No firmamos papeles, simplemente estábamos juntos.

Al principio hablaba del bebé. Soñaba, imaginaba cómo sería pasear los tres: yo, él y el niño. Alejandro, sin embargo, fue tajante. Dijo que ya había cumplido su «sentencia» de paternidad y que no volvería a firmar esa carta. Además, sostuvo que los hijos entorpecen la libertad.

«No vas a poder volar a Salamanca el fin de semana con la barriga, Lucía, y luego arrastrar el cochecito por la calle. Eso no sería vida, sería prisión», decía con una calma que me hipnotizó y empezó a asustarme del futuro hijo.

Pasaron los años. Me convertí en la sirvienta de su vida despreocupada: cocinaba, planchaba, compraba sus yogures favoritos, reía en los momentos adecuados, y él… veía más fútbol, hojeaba el periódico con desgano y me llamaba «la única».

Su hijo creció. Al principio me despreciaba; después le despertó curiosidad y, finalmente, trajo a casa a una niña —una joven rubia y radiante, como yo a los seis años. La niña se quedaba con nosotros, se reía de mis chistes y me llamaba «Luchita».

La miraba y lo comprendía todo. Quise gritar: «¡Corre! No pierdas tu vida como yo. No te disuelvas, no calles tu voz, no abandones tus sueños. ¡Todavía puedes cambiarlo!»

¿Y yo? Ya no creo nada. Tengo 39 años. No tengo hijos. Dejé el trabajo, perdí amistades y a mis padres. Solo quedamos Alejandro, Roco y un amor oxidado que se ha vuelto costumbre.

Él sigue sin trabajar, sigue cobrando de sus pisos y sigue tomando una caña cada noche. Yo sigo poniendo delante de él un plato de ensalada y esperando. Esperando sentir que aún no todo está perdido. Pero es una ilusión.

A veces, de noche, mientras él duerme, subo al balcón y contemplo el cielo. Me parece que, si se desea con fuerza, todo puede cambiar. Solo que ya es demasiado tarde. La lección que aprendí es que la vida no espera a que nos pongamos de acuerdo con los demás; hay que vivirla antes de que el tiempo nos cierre la puerta.

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