El destino da muchas vueltas: encontré al amor de mi vida en la carretera que lleva al mar. Si en mi juventud alguien me hubiese dicho que mi suerte me aguardaría al borde de la calzada, seguramente habría soltado una carcajada. Ahora, con casi cincuenta años de retrospección, relato esta anécdota a mis nietos; al principio no me creen, luego se ríen, y al final me ruegan que la cuente otra vez. Porque el verdadero amor puede aparecer donde menos lo buscas, por ejemplo, en la autopista Madrid–Valencia bajo el abrasador sol de agosto.
Yo tenía diecisiete años, acababa de terminar el bachillerato y, antes de entrar a la universidad, necesitaba un descanso. Surgió la idea de ir con unas amigas a la Costa Blanca, a la localidad de Calpe, ese paraíso del que todos hablaban. El dinero, como suele ocurrir, escaseaba, y una de nosotras propuso: «¡Vamos a hacer autostop!». Nos dividimos en parejas para aumentar las posibilidades de conseguir una aventón. Yo quedé emparejada con Begoña, una chica que conocía de vista y que se había unido a nuestro grupo en el último momento.
Llegamos sin problemas a Arganda del Rey. Pero después… los demás siguieron adelante y nos quedamos bajo el asfalto caliente. Cuando, al fin, se detuvo un camión, solo había un asiento libre. Begoña saltó al vehículo, prometiendo encontrarse conmigo en la casa de su abuela en Calpe. Yo me quedé sola en la carretera calcinada, con la garganta seca y el corazón apretado, pensando en regresar a Madrid; parecía que todo se había perdido.
En ese instante se detuvo a nuestro lado una vieja y chirriante Seat 127. Al volante había un chico de unos veinte años, camisa clara, piel bronceada y una sonrisa tímida. Me dijo que se dirigía a casa de su abuelo cerca de Valencia. Dudé, pero subí al coche. Y fue allí donde comenzó la historia de mi vida.
Se llamaba Luis. Acababa de cumplir el servicio militar y tenía la intención de ingresar a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid. Durante el trayecto nos contó divertidas anécdotas del cuartel, hacía bromas y reía, y yo sentía cómo el miedo se desvanecía, dejando paso a una ligereza y a una creciente simpatía. Conversábamos como si nos conociéramos de toda la vida; resultó ser un joven amable, sincero y muy distinto a los chicos que había conocido. Llegamos a Valencia y él se ofreció a llevarme hasta Calpe. Yo acepté.
Al despedirnos, Luis se ruborizó y, en voz baja, me preguntó si quería volver a verme en Madrid. Por supuesto que dije que sí. Ese encuentro se concretó, luego vino otro, y después, el amor. Un amor tranquilo, seguro, que se fue consolidando. Nos casamos al cabo de dos años, él ya estudiaba y yo trabajaba. Llevamos una vida sencilla, pero plena. Criamos a dos hijos, y con el tiempo llegaron los nietos…
Hace poco, mi nieto mayor volvió a casa con la mirada brillando. «Abuela, me he enamorado», me dijo. Resultó que, conduciendo por la autopista, vio a una joven que no lograba arrancar su coche. Se detuvo, la ayudó, tomaron un café, fueron al cine y, al mes, nos presentó a su novia. Una chica hermosa, lista y radiante. Ahora están preparando su boda.
Y pienso, ¡qué sorprendente es el giro de la vida! Cuán larga resultó ser la ruta Madrid–Valencia y cuánta felicidad me ha traído. No temáis abrir vuestro corazón al mundo; el amor llega cuando menos lo esperas.







