– Llegas un poco tarde. Tengo visitas – dice Lidia a Alba.
Tres días atrás Alba estaba convencida de que su familia era perfecta: marido amoroso, niños maravillosos. En un instante esa seguridad se desmorona como fichas de dominó.
Es julio, el calor aprieta y faltan tres semanas para las vacaciones. En ese momento Sergio vuelve de un viaje de negocios, los niños regresan del campamento y toda la familia planea ir a la sierra de Guadarrama. Ese era el plan, pero la vida lo modifica ligeramente.
Todo comienza cuando, al tercer día de la ausencia de los niños y de Sergio, a Alba le aburre y decide pasar la tarde con su amiga Lidia. Compra una caja de pasteles y se dirige al piso de Lidia. En el camino llama, pero no contesta. “Debe haber llegado del trabajo y estar en la ducha”, piensa Alba. Pero no es así.
Al llegar a la puerta del apartamento oye música. Toca el timbre; la música se corta. Vuelve a llamar:
– Lidia, soy yo, abre, por favor.
La puerta se abre y Lidia muestra una cara avergonzada.
– Alba, llegas justo cuando tengo visitas – dice Lidia.
– Perdón, iré otro día – responde Alba y se dirige al ascensor, cuando ve bajo el perchero una bolsa de cuero rojiza que siempre lleva Sergio en sus viajes de negocios.
– ¿Visitas o invitado? – pregunta Alba, empujando a la dueña del piso y entrando.
Sergio, en pantalones de casa y camiseta blanca, está sentado en la cama del dormitorio.
– Hola, marido – dice Alba, dándose la vuelta y yendo a la salida. – No os voy a molestar.
En casa, lo primero que hace es reunir todas sus pertenencias. Empaca dos maletas grandes con su portátil, documentos del despacho, zapatos y otras cosas. Incluso su colección de jarras de cerveza de diferentes países la envuelve en ropa interior para que no se rompan. Lo que no cabe lo mete en sacos viejos que quedaron de la reforma del piso.
Todo eso deja en el vestíbulo, donde Sergio puede entrar con su llave. La puerta del interior la cierra con pestillo interior.
Alba ya ha preparado un café cuando suena el timbre y, desde el vestíbulo, suena la voz alta de Sergio:
– Alba, abre. Hablemos.
Ella no responde. Entonces suena el móvil.
– ¿Por qué has dejado mis cosas aquí? – escucha la voz de Sergio.
– Porque ya no vives aquí – contesta ella.
– Pero compramos este piso juntos, ¡también tengo derechos! – insiste él.
– No sé nada. Tendrás que demostrar tus derechos en el juzgado – dice Alba. – Cuando traigas la sentencia, entonces podrás entrar.
– ¿Y a dónde debería ir? – pregunta él.
– No lo sé. Tienes opciones: volver con Lidia, que seguro te recibirá; ir a casa de tus padres o a la de tu hermana. Alguno de ellos te dará techo.
Alba oye a Sergio marcar algún número, probablemente el de sus padres. Unos minutos después llama a la puerta:
– Alba, deja algunas cosas aquí, no podré cargarlo todo de una.
– Usa una empresa de mudanzas o un mensajero. Lo que no lleves mañana lo tiro – le dice.
Por la mañana, al mirar al vestíbulo, ya no están sus cosas. Encontrar un cerrajero el sábado para cambiar la cerradura es difícil, pero Alba lo consigue. Ahora Sergio no podrá entrar mientras ella no esté.
El lunes presenta tres demandas: divorcio, pensión alimenticia y división de bienes.
– Alba, ten en cuenta que la vivienda la dividiremos a la mitad. Te quedarás con los niños en un piso compartido – amenaza Sergio.
Pero el juez decide otra cosa. Ese piso de dos habitaciones se compró durante el matrimonio. Para adquirirlo, Alba vendió su piso anterior de una habitación, donde vivían antes de que naciera la segunda hija, y pidió un préstamo que ya ha saldado. El tribunal ordena a Sergio pagarle la mitad del importe, es decir, setenta y cinco mil euros.
– Entonces, ¿de dónde sacas el dinero para pagarme mi parte? – se ríe el exmarido.
– No te preocupes, lo conseguiré – le asegura Alba. – Dime, ¿cuándo tus padres desalojarán mi casa?
– ¿Por qué deberían desalojarla? – se sorprende Sergio. – Ya llevan siete años allí.
– Exacto, han vivido siete años, ya es hora de irse. ¿Crees que un mes les basta para mudarse? – pregunta Alba.
La casa de la que habla Alba le fue heredada hace ocho años por su madre. Es una vivienda de madera con cocina amplia, dos estancias en la planta baja y dos habitaciones en el ático. Tiene calefacción de gas, agua corriente y está en un terreno de cuatrocientos metros cuadrados.
Al principio Alba y Sergio querían mudarse allí, pero está en una zona residencial alejada del trabajo y de la guardería, lo que resultaba incómodo. El año que estuvo vacía, la hermana menor de Sergio se casó y sus padres pidieron permiso para vivir allí, mientras la pareja joven se instaló en el piso de Alba y Sergio.
Han pasado siete años. La madre de Sergio ha convertido el patio en huerto, cultiva patatas y otras hortalizas, pues viene del campo.
– No puedes echar a mis padres de la casa. Ya se han instalado. Tu padre ha arreglado el portal y han puesto una caldera nueva – dice Sergio.
– Gracias por el portal, pagaré la caldera si me entregas los papeles – responde Alba.
Alba llama a sus exsuegros y les pregunta cuándo desalojarán la casa.
– Alba, ¿te da vergüenza dejar a gente mayor sin techo? ¡No vamos a irnos de aquí! – grita por teléfono la madre de Sergio.
– No puedes expulsarlos, están empadronados – dice Sergio.
– No están empadronados – replica Alba. – Tu madre no quiso salir de su piso para seguir recibiendo atención en la misma clínica. Dijo: “Tenemos una nueva clínica aquí, bien equipada, con todos los médicos. En la otra sólo hay un médico de familia y hay que ir a la ciudad para ver a especialistas”. Así que solo tengo que llamar a la policía, mostrar los documentos y les pedirán que se vayan.
– ¿Y para qué quieres esa casa? – pregunta Sergio. – Tú misma decías que no te gustaba trabajar la tierra.
– ¿Para qué? La vendo, me compenso contigo. Con el dinero compraré un piso de tres habitaciones para mis hijas, que están creciendo y necesitan su propia habitación – explica Alba.
La suegra, al ver que Alba no está bromeando, moviliza a toda su familia. El móvil de Alba se llena de llamadas de tías, primas y sobrinas, pero todas son parientes de Sergio y su opinión no cuenta para Alba.
– ¿Dónde está tu conciencia? ¿No sientes lástima por nosotros? – reprocha la exsuegra.
– ¿Y dónde estaba la conciencia de tu hijo cuando se subía a camas ajenas? – responde Alba. – Si Sergio fuera un marido y padre responsable, seguirían viviendo en mi casa. Ahora, por favor, déjense ir, tengo que cuidar a mis hijas. Que su hijo se preocupe por ellos.
Los padres de Sergio, pese a sus protestas, se mudan; Alba vende la casa. Los suegros vuelven a su piso de dos habitaciones y se alojan con la hija menor, que ya tiene un hijo de cinco años. La hija y su marido comparten una habitación; los abuelos ocupan la otra.
Sergio alquila un piso; Lidia se niega a acogerlo, explicándole la “diferencia entre turismo y emigración”. No necesita a un hombre sin vivienda de treinta y siete años con un sueldo modesto del que la contabilidad le deducirá treinta por ciento. Sus padres y su hermana tampoco lo reciben con entusiasmo, pues lo ven como la causa de sus problemas.
Alba hace exactamente lo que le había dicho a Sergio: vende la casa, paga la deuda con él, vende su piso de dos habitaciones, compra uno de tres, lo reforma y amuebla.
Así, como se suele decir, empiezan a vivir y a ganar tranquilidad: Alba trabaja, la hija mayor está en cuarto de primaria, la menor se prepara para entrar en primero. En verano, Alba promete llevar a sus hijas al mar.







