El novio se puso pálido: la novia golpeó a la suegra con una tarta entre los gritos de los invitados

Yo sé que organizar una boda es un negocio que pone los nervios de punta. Lo había leído en revistas, lo había escuchado en los consejos de amigas, pero nadie me advirtió que el mayor escollo no sería el precio del salón ni la elección del fotógrafo, sino la futura suegra, Doña Carmen Rodríguez. Esa mujer parecía haber convertido cada día de los preparativos en una prueba de resistencia.

—Ese vestido no te favorece —exclamó Doña Carmen cuando Eulalia le mostró la foto del traje nupcial—. Es demasiado atrevido. En nuestra familia las novias visten con más recato.

Eulalia apretó el móvil entre los dedos, sintiendo cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula. El vestido era decente: hombros cubiertos, largo hasta el suelo. Pero no se aventuró a discutir.

—Vale, Doña Carmen, lo pensaré.

—Y este menú… —prosiguió la suegra, hojeando los folletos del restaurante—. ¿Quién va a comer esas ensaladas extranjeras? La gente está acostumbrada a comida de verdad. Ensaladilla rusa, arenques bajo abrigo. Eso sí que se entiende.

Javier, el prometido de Eulalia, estaba sentado cerca, en silencio. A veces asentía a su madre, otras veces le acariciaba la mano a Eulalia para tranquilizarla. Cuando Doña Carmen se dirigió a la cocina a preparar té, él susurró:

—No le hagas caso. Solo está preocupada. Quiere que todo sea perfecto.

—Javier, tu madre critica cada decisión que tomamos —repuso Eulalia en voz baja—. El vestido, el menú, las flores, la música. Sólo quedan los invitados y seguro que también encontrará algo que decir de ellos.

—Anda ya, que lo hace con buena intención.

“Con buena intención” era una frase que Eulalia había escuchado cientos de veces. Cuando Doña Carmen se opuso a las flores frescas del ramo, “con buena intención”. Cuando exigió invitar a sus amigas que ni siquiera conocía, “con buena intención”. En la cabeza de Doña Carmen, hacer el bien significaba convertir la boda de otra gente en una extensión de sus propias ideas.

La lista de invitados se convirtió en el siguiente campo de batalla. Eulalia la había elaborado con esmero: familiares, amigos, compañeros. Cuarenta personas, tal y como había planeado. Pero Doña Carmen hizo sus propios ajustes.

—¿Y dónde está mi prima Lucía? —preguntó la suegra, estudiando la lista—. ¿Y el tío Pedro, que lleva cuarenta años viviendo al lado?

—Doña Carmen, acordamos una boda pequeña —explicó Eulalia—. El salón está pensado para un número determinado de personas.

—Entonces elimina a alguien de tu lado. Mis familiares no deben sentirse ofendidos.

Javier volvió a callarse. Eulalia buscó apoyo en su mirada, pero él apartó la vista. Al final tuvieron que sacrificar a dos amigas de Eulalia para dar sitio a parientes lejanos de Doña Carmen, a quienes había visto quizá dos veces en su vida.

La víspera del enlace, cuando Eulalia creía que ya se habían tomado todas las decisiones importantes, Doña Carmen llamó con nuevas exigencias.

—Eulalia, cariño —la voz de la suegra sonaba melosa, pero Eulalia ya había aprendido a detectar la trampa—. He visto el plano de mesas. Me han puesto al borde. Eso no puede ser.

—¿Dónde te gustaría sentarte?

—Junto a los recién casados, por supuesto. Soy la madre del novio, la invitada más importante después de ustedes.

Eulalia cerró los ojos y contó hasta diez. Los asientos contiguos a la pareja estaban reservados para los padres de la novia y los testigos. Era lógico y tradicional. Pero Doña Carmen creía que las tradiciones debían doblegarse a sus deseos.

—Vale, lo arreglaremos —cedió Eulalia—. Encontraremos una solución.

—Así se habla, hija mía. Todo tiene que quedar perfecto.

Para Doña Carmen “perfecto” significó un reordenamiento total de los asientos. Los padres de Eulalia se desplazaron un sitio, el testigo pasó al otro extremo de la mesa. No resultó cómodo, pero la suegra quedó satisfecha.

La mañana del gran día, Eulalia se despertó con una llamada a las seis y media. Era Doña Carmen.

—Eulalia, perdona la hora, pero tengo algo importante que decirte.

Eulalia se incorporó en la cama, intentando despabilarse.

—Dime.

—He estado pensando en el discurso de Javier. Tiene que agradecerme por su educación y decir que sin la bendición de la madre la familia no será feliz.

—Doña Carmen, Javier escribió él mismo el discurso. Lo hemos ensayado varias veces.

—¡Los ensayos no cuentan! Lo que importa es el contenido. Anótalo.

Eulalia tomó nota, luego la volvió a redactar cuando Doña Carmen volvió a llamar media hora después con nuevas correcciones. Y una tercera vez la suegra marcó desde la peluquería para asegurarse de que Javier recordara mencionar las tradiciones familiares.

—¿Te ha llamado tu madre? —preguntó Javier cuando se encontraron en el registro civil.

—Tres veces. Con importantes ajustes al discurso.

—Pues diré algo decente. No te preocupes.

“No te preocupes”, otro clásico de Javier. Como si los problemas desaparecieran al ignorarlos. Pero aquel día era la boda, y Eulalia decidió no preocuparse—al menos durante unas horas.

La ceremonia en el registro civil fue solemne. Eulalia recitó sus votos, mirando a los ojos a Javier, olvidándose por un momento de todos los problemas de los preparativos. Ese era el motivo de todo: constituirse en familia. Pero cuando llegó el turno de la novia para hablar, Doña Carmen soltó un suspiro tan fuerte que todos lo oyeron.

No solo suspiró, lo hizo con tal estrépito que resonó por la sala y movió la cabeza como dudando de lo que ocurría. Eulalia titubeó un segundo, pero siguió con su promesa. Javier fingió no notar.

Tras la ceremonia, los invitados se dirigieron al restaurante. Doña Carmen comentó la decoración del coche durante todo el trayecto.

—Las flores de mi sobrina son más bonitas. Las cintas más anchas.

En la mesa, el banquete comenzó. Eulalia esperaba que su suegra mostrara más mesura, pero Doña Carmen creía que la boda era el escenario perfecto para soltar opiniones.

—La ensalada está demasiado salada —anunció la suegra después de probar el entrante—. ¿Y esta salsa? Muy picante. ¿Quién se ha atrevido a servir esto?

Los comensales cercanos intercambiaron miradas. Eulalia sintió que se le sonrojaba la cara. Javier sonrió, fingiendo que su madre solo expresaba su gusto por la comida, aunque todos oían la crítica con claridad.

—Doña Carmen, ¿quiere probar el pescado? —propuso Eulalia, intentando distraerla.

—El pescado no está mal, pero la guarnición está cruda.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one × five =