Se reían de la empleada coja en la taberna, pero un acaudalado visitante se acercó y la invitó a su casa…

Me reía de la camarera coja en el bar, pero un cliente pudiente la invitó a su mesa…

Cuarenta y cinco pisos. La panorámica de Madrid, sumida en luces, se extendía por el cristal como un río de oro fundido. Desde abajo se escuchaba el rumor de la vida: el bullicio, los sueños, las esperanzas rotas. En lo alto, en una oficina de madera oscura y detalles cromados, reinaba el silencio. Un silencio cargado de éxito, un silencio que oprimía.

Yo estaba junto a la ventana, con las manos en los bolsillos, la mirada entre el cielo y el asfalto. Observaba la ciudad como si fuera mi propio dominio. Todo lo que veía era fruto de veinte años de esfuerzo, noches en vela, cálculos fríos y decisiones duras. Tenía de todo: millones en cuentas, negocios en la cima del sector, un ático con vistas a la Gran Vía, un trofeo viviente. Y también una prometida, Cristina, de rasgos perfectos, cuerpo perfecto y un vacío interior igualmente perfecto.

¿Nuestra relación? No era amor ni pasión. Era una instalación, un proyecto expositivo llamado «La vida del hombre exitoso». Fotos impecables en Instagram, eventos de la alta sociedad, diamantes, galas, halagos. Todo en la cúspide, pero por dentro, vacío. Sordo, estridente, una aburrida monotonía que hacía sentir que ya había vivido y ahora solo repetía en piloto automático.

En el instante en que el alma estaba dispuesta a rendirse, cuando parecía que nada podía sorprenderme, sonó el móvil. No era una llamada de negocio, sino personal, con una melodía que solo tres personas en el mundo podían reconocer.

En la pantalla aparecía el nombre: Andrés Salaverría.

No había visto a Andrés en quince años, desde que terminamos el instituto y cada uno tomó su camino. Algunos persiguieron sueños, otros la supervivencia, y yo, la autoridad.

—¿Aló? —respondí, intentando que mi voz sonara firme, como si no hubiera esperado esa llamada toda la vida.

—¡Dí! Soy yo, Andrés —exclamó su voz, fresca como la brisa de primavera—. Hemos decidido organizar la reunión de la promoción. ¡Veinte años, Diego! ¿Vendrás?

De pronto, como si se encendiera una luz en una habitación oscura, sentí temblar algo dentro de mí. No era alegría ni nostalgia, sino una melancolía por lo sencillo, por lo auténtico, por aquellos que me conocían no por mis cifras, sino por mis lágrimas cuando murió mi perro, o por la mentira que dije a la profesora para salvar a mi mejor amigo.

Hablé con Andrés durante diez minutos. Me contó que la tímida Ana, ahora madre de cinco hijos, vive en las afueras de Madrid y hornea tartas que atraen a vecinos de cientos de kilómetros. En cambio, no había noticia alguna de Inés, nuestra compañera de clase, la inteligente y hermosa con la mirada triste y la cojera. «Desapareció. Como si se hubiera fundido en el agua», suspiró Andrés.

Colgué y, por primera vez en mucho tiempo, sentí un deseo genuino: ver a todos ellos. No para presumir, no por estatus, sino para recordar quién era en realidad.

Decidí llevar a Cristina. Que vieran la reina que había conquistado, que sintieran la envidia. Era una idea vanidosa, pero sincera en su mezquindad. Sonreí y me dirigí a su coche.

El taxi se deslizaba por las avenidas iluminadas mientras ensayaba la escena: la puerta, el abrazo, la sorpresa de ella, el susurro del vestido, la conversación que eclipsaría a todos.

La realidad, sin embargo, no sigue guiones.

Abrí la puerta de su apartamento y, al instante, mis ojos se toparon con un par de zapatillas baratas, de talla treinta y tres, tiradas como basura. El corazón se me encogió, no por celos, sino por decepción.

Avancé. El silencio sólo se interrumpía por una risa baja, masculina, y el susurro femenino que se mezclaba con el crujido del suelo.

Allí, en sábanas de seda que había elegido en Milán, Cristina yacía entre los brazos de un joven, de rostro tembloroso por el miedo.

—¡Dí! ¡No es lo que piensas! ¡Él me obligó! —clamó ella, tirando la colcha y suplicando.

Yo, sin ira, solo con una carcajada amarga, exhalé el dolor, el farsillo, la mentira.

—¿Obligó? —pregunté, mirando al tembloroso amante—. ¿Con una pistola? ¿O prometiendo no darle like a tu selfie?

Recorrí la habitación: ropa esparcida, una copa volcada, rostros desconcertados. Y dije, frío y claro como un veredicto:

—Todo. Fin. Y no olvides: en tres días el alquiler del piso debe estar pagado. Espero que tu «héroe» pueda hacerlo.

Salí sin mirar atrás. En el ascensor saqué el móvil y, con un toque, la tarjeta vinculada a la cuenta de Cristina desapareció.

El coche siguió, pero no regresé a casa. Conduje sin destino, sólo para alejarme de esa falsedad, de ese dolor, de la sensación de que todo en lo que había creído era un engaño.

Me detuve en el primer restaurante que encontré, el «Imperial», un local lujoso con luces que cegaban y camareros de traje impecable.

—Whisky doble, y una botella —ordené al camarero, hundiéndome en un rincón del salón.

Bebí sin comer, vaso tras vaso. El sufrimiento no desaparecía, sólo se volvía sordo, como si ya no fuera humano, sino una estatua en el museo de mi caída.

Al pasar por el baño, me topé con dos camareros jóvenes, arrogantes, junto a una mujer de bata azul y pañuelo en la cabeza, cojeando gravemente mientras fregaba el suelo.

—¡Vamos, tortuga, muévete! ¡Que los clientes nos pisan los talones! —se burló uno.

—¡Quédate, una pierna corta

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Se reían de la empleada coja en la taberna, pero un acaudalado visitante se acercó y la invitó a su casa…
— Hola, Natalia, no puedes venir, me siento mal.