Sintió que aquí no lo recibían con alegría, que una vez más debía marcharse a buscar un nuevo refugio y alimento – pero sus patas ya no podían soportar su cuerpo desmejorado y enfermo…

Me acuerdo de que allí no se alegraban de que tuviese que marcharme de nuevo, buscar un escondite y alguna comida; pero sus patitas ya no aguantaban sostener el cuerpo demacrado y enfermo. Lo entendía perfectamente: nadie lo esperaba allí. Tenía ser otra vez a arrastrarse a algún sitio, buscar refugio y alimento, pero sus patas ya no podían con el cuerpo agotado.

Begoña López siempre había sido una persona responsable. En la guardería vigilaba que los niños guardasen los juguetes en su sitio. En el colegio le confiaron la supervisión del turno de vigilancia. En la universidad fue delegada del grupo. En el trabajo, de manera voluntaria, recaudaba dinero para los eventos de la empresa y para los regalos de los compañeros. La responsabilidad parecía haber sido tejida en su carácter.

Por eso, cuando los vecinos la eligieron por unanimidad como encargada del edificio, Begoña no se sorprendió. A pesar de su corta edad, se entregó a la tarea con entusiasmo.

—Begoña, en el quinto piso los niños de los Krilov hacen ruido hasta altas horas, no se puede descansar —le reclamó Ana María, la anciana vecina.

Y Begoña puso orden; habló con tanta convicción a los alborotadores que incluso los residentes más ruidosos admitieron su culpa y prometieron cambiar.

—¡Begoña, alguien tira la basura al cubo y no la lleva al contenedor! —se quejaban los vecinos.

Begoña, firme, los miró a los desordenados y los avergonzó sin piedad. El pasillo quedó reluciente, el jardín de la entrada rebosaba de flores de colores. Begoña sentía orgullo por el orden. A veces se detenía frente al edificio solo para admirar el fruto de su labor. Todo estaba como debía. Se las arreglaba. Era una joven lista.

Todo marchaba hasta que, un día, apareció un perro frente a la casa…

Era sucio, desgreñado, cojo, de mezcla roja, que se había arrastrado hasta la puerta y se había refugiado bajo el balcón para intentar pasar la noche.

Los niños lo fueron los primeros en verlo. Se acercaron, pero las madres, al percatarse del peligro, les gritaron aterrorizadas:

—¡Aléjense! ¡Puede ser peligroso!

Apreté a los niños y aparté al pobre animal:

—¡Quítate de aquí! ¡Fuera! ¡Vete!

El perro intentó ponerse en pie. No lo logró. Trató de arrastrarse, pero era demasiado para él. Sólo empezó a llorar, y con la mirada se quedó mirando a los gritones. Unos grandes lagrimos brotaron de sus ojos.

Las madres se quedaron perplejas. La situación parecía requerir una intervención firme, pero llamar a los protectores de animales o a la policía les parecía exagerado. En ese momento entró Begoña al patio, la única esperanza.

—¡Allí está el perro! —exclamaron al unísono. —¡Begoña, encárgate! ¡Es un peligro!

Begoña se acercó y asomó bajo el balcón. Sus miradas se cruzaron: la suya severa, la del perro confundida.

El perro suspiró y volvió a intentar arrastrarse sin éxito. Comprendió que allí no había nada para él, pero tampoco tenía fuerza para caminar. Un gemido lastimero escapó de su boca.

El corazón de Begoña se encogió.

—Parece que tiene la pata lesionada —anunció en voz alta. —Debería llevarse al veterinario.

Las madres intercambiaron miradas. Todas pensaron: «¡Que no nos toque a nosotras!», y, apresuradas, metieron a los niños en el interior:

—¡Vamos, ya es hora! ¡Los niños también tienen que dormir! ¡Venga, Begoña, arregla esto!

Y dejaron a la chica sola con el animal abandonado.

Begoña suspiró, metió la mano en su bolso y calculó si el dinero alcanzaría para el veterinario. No podía levantar al perro; estaba sucio y además era pesado.

Buscando ayuda, miró a su alrededor y vio que frente al edificio se acercaba un viejo coche, un Zigor, el mismo modelo que usaban los Krilov.

Del vehículo salió Julián Roldán.

—¡Vaya, el vigilante del edificio! ¿Qué infracción ha causado? —guiñó con picardía.

—Más bien ayuda —respondió serio Begoña, y asintió hacia el balcón.

Julián se agachó, vio al perro.

—¿Es tuyo?

—¡Claro que no! —exclamó Begoña, molesta. —Lo que necesitamos es ayudar. El veterinario está cerca, pero no tenemos con qué transportarlo.

Julián evaluó al animal, luego su coche, y suspiró:

—Conozno a la Luján… me regañará si se entera. Pero, ¿qué haríamos sin una buena acción?

Sacó del maletero una manta raída y la extendió sobre los asientos.

—Vamos a rescatarlo. Si hay lío, tú me cubres.

—¡De acuerdo! —prometió Begoña, y se volvió al perro: —Vamos, pequeñín, al doctor. Aguanta.

El perro aceptó ser levantado sin protestar. Begoña lo acarició todo el camino, susurrándole palabras de consuelo.

La clínica veterinaria envió a un joven doctor, de pelo desordenado y cara seria. Examinó al paciente, inmovilizó la pierna lesionada con una férula y recetó medicinas.

—Debe descansar mucho, la fractura es seria —explicó el veterinario.

—¿Y está preñada? —preguntó Begoña, sorprendida, sintiéndose tonta.

—Parece que sí, hace poco —asintió el doctor.

—¿Qué hacemos ahora? —indagó, casi sin saber qué decir.

—Yo no puedo llevársela a casa —negó el doctor, sacudiendo la cabeza. —Luján la sacará del edificio.

—Yo tampoco tengo dónde —añadió Begoña en voz baja.

Había que encontrar una solución rápido.

—Reunamos a todos los vecinos. Juntos encontraremos algo —propuso con decisión Julián.

—Espero que sí —apoyó el veterinario. —En una semana deberían volver a verla. Ya la he apuntado. ¿Cómo se llaman?

—Begoña —respondió ella, diciendo su nombre.

—¿Y el perro, cómo lo llamaremos? —preguntó el doctor.

Julián y Begoña se miraron. No sabían su nombre; no llevaba placa ni collar.

—¡Ágata! —fue lo primero que se le ocurrió a Begoña.

El perro levantó la oreja y volvió la cabeza hacia ella.

—¿Te gusta ese nombre? Llámate Ágata, ¿vale? —le preguntó suavemente Begoña.

El can soltó un estornudo.

—Acepta —anotó el veterinario con una sonrisa. —Podéis llevársela. Seguro que os hará compañía.

Al regresar al edificio, los aguardó Luzía la estricta mirada de Luján Roldán, de pie en la escalera con la mano en la cadera.

—¿Dónde has estado? —exclamó, pero al ver a Julián con el perro en brazos, se quedó muda y abrió los ojos con sorpresa.

—Luz, es un perrito… se ha metido en la casa y está preñado… Lo llevamos al veterinario —explicó Julián rápidamente. —Pensábamos en hacerle una camita bajo el balcón… Qué tragedia.

—¿Bajo el balcón en este frío? —repuso Luján, indignada. —¡Necesita calor y hogar!

—Por eso queremos hablar con los vecinos —continuó Julián. —Quizá encontremos una solución conjunta.

Para su sorpresa, Luján no objetó. El instinto materno comenzó a imponerse. Junto a Begoña recorrieron los pisos, convocando a una reunión extraordinaria.

Nadie quería acoger al perro, pero surgió una propuesta: juntar el dinero para una caseta canina bajo el balcón y crear un pequeño fondo para su comida.

Así nació el hogar de Ágata.

Una pequeña casita amistosa se instaló bajo el gran edificio, como una miniatura del propio bloque. Dentro pusieron trapos suaves y un lecho cómodo. Ágata se introdujo con cautela, cuidando de no sobrecargar su pata adolorida.

—Sería bueno redactar una declaración para el guardia civil —sugirió Begoña. —Así todo quede en regla.

Los vecinos firmaron rápidamente el documento, y Begoña lo entregó personalmente en la comisaría. Afortunadamente, le recibieron con comprensión y autorizaron oficialmente que el perro pudiera permanecer en la zona del edificio.

Cuando Begoña volvió a su modesto y ordenado apartamento, sintió la satisfacción del deber cumplido, aunque el sueño no llegó. Tras varios intentos, se vistió y salió a ver a Ágata.

—¿Cómo te sientes? —preguntó mientras se sentaba en el banco.

El perro gimió suavemente. Ya estaba caliente, el dolor había menguado y, lo más importante, había encontrado a una persona en quien confiar.

—Volveré pronto —prometió Begoña. —Quizá incluso ideemos algo mejor…

Aún no sabía qué más inventaría el destino.

Begoña seguirá llevándose a Ágata al veterinario hasta que se recupere por completo. El joven doctor, Valerio, no solo cuidará al can rojo, sino también a la responsable y honesta Begoña. Le propondrá matrimonio y, con Ágata, se mudarán a la casa de campo de Valerio, donde habrá sitio para todos —humanos y animales por igual.

Mientras tanto, Luján Roldán descubre que espera un hijo y la naturaleza a su alrededor cambia. Su piso ya no será el más ruidoso del bloque, y cuando nazca la pequeña Vanesa, incluso la estricta Ana María solo esbozará una sonrisa y dejará de quejarse.

En el cuarto edificio, la vida de cada vecino toma un giro positivo, aunque nadie imagina que todo empezó el día en que un perro rojo apareció bajo el balcón.

Yo, que narré todo esto, veo a Begoña, ahora con una casa diferente, su buen corazón intacto, jugar con Ágata y su cachorrito, y me asomo y pienso:

«Estoy tan feliz… Gracias, universo. Todo comenzó con nuestra Ágata, el perro del cuarto edificio».

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Sintió que aquí no lo recibían con alegría, que una vez más debía marcharse a buscar un nuevo refugio y alimento – pero sus patas ya no podían soportar su cuerpo desmejorado y enfermo…
Cuando la indecisión te abruma, un buen té es la solución…