No te aburras me dice mi madre, sube al coche y me despide con la mano.
Papárrlo se van de vacaciones solos, dejándome a un mes entero con la tía de mi padre, la abuela Marta, en el pueblo de Almodóvar del Campo.
El pueblo parece más un caserío que un asentamiento; antes había gente y ahora sólo quedan unas cuantas casas medio derruidas.
Los abuelos también se van a descansar, y la segunda abuela se ha marchado a un balneario.
Podría quedarme solo en casa, tengo trece años, pero mi madre insiste en que yo también necesito desconectar. Gracias, mamá, por este descanso tan singular.
Menos mal que llevo conmigo varios libros: me esperan *El capitán de los quince años*, *Vino de diente de león* y *El conde de Montecristo*. Me encanta leer, me zambulló en la lectura y hasta mis padres me regañaban por temer que me quedara ciego. Pero los libros son mis amigos; me abren mundos mágicos y sorprendentes.
Así que decido pasar todo el verano entre páginas, una perspectiva de ocio bastante apetitosa. La abuela Marta es una anciana buena, no me carga con trabajos, sube al coche y me deja tranquilo, aunque mi hermano mayor, que se ha ido a la playa con sus colegas, me inculcó el valor del esfuerzo. A veces tengo que suplicar a la abuela para que me dé alguna tarea, lo cual suena extraño para un adolescente de hoy que se pasea por el campo con libros y pide curro a su abuela
En fin, planeo pasar el verano en calma y pereza. Un día le pido a la abuela que me deje arrancar hierba para los conejos. Me dirijo al extremo del huerto y empiezo a tirar de la hierba con ganas. De pronto escucho una voz aguda que tararea una canción desconocida, pero tan conmovedora que me detengo a escuchar.
De nube a nube, paso más ancho canta la vocecita, paso más ancho, no más
Me acerco, quiero captar mejor la melodía, recuerdo el ritmo. Me acerco al cerco que separa nuestros huertos, me inclino sobre la verja endeble y caigo al jardín vecino.
¡Ay! salta una chica de mi edad, recostada en la hierbaúl con un libro, ¿estabas espiándome?
No, claro, solo me acerqué demasiado y me caí.
Ah
Se muerde una manzana, el jugo salpica y, sin hacer una mueca, la mastica crujiente.
Es verde no puedo evitar decir.
¿Y qué?
Y ácida.
Pues vale.
Si esperamos a que madure, será dulce y sabrosa.
Yo quizá no tenga tiempo para eso, en serio.
¡Ah! respondo, avergonzado, perdón.
¿Por qué te disculpas?
Pues no sabía que no te quedaba tiempo.
¡Qué cabeza hueca!
Yo no soy cabeza hueca me ofendo.
¿Y qué? ¿Que no tienes tiempo? Yo solo te dije que no quiero esperar; crezco rápido.
¿Cómo?
Pues hace siete años tenía seis y ahora ya soy trece suspira la chica, cómo pasa el tiempo.
Yo también hace siete años tenía seis y la vida me ha traído a los trece le contesto.
¿Lo sientes?
¿Qué?
¿El correr del tiempo? No tengo tiempo para esperar a que maduren.
¿A qué te refieres? ya había perdido el hilo.
¡A las manzanas, claro! Me llamo Toña, ¿y tú?
Yo Val.
¿Qué nombre es ese?
Mis amigos y mi hermano mayor me llaman así, pero mi nombre completo es Valentín.
¡Qué guay! Te llamaré Val. ¿Tus amigos te llaman así?
Sí
El verano deja de ser aburrido. Con Toña recorremos todo lo que se pueda. Llevo a mi perro Amigo para que la abuela no se preocupe y los tres exploramos los alrededores: una antigua cisterna con su torre de agua, los tejados de casas abandonadas en busca de tesoros Fue un verano de esos que se quedan grabados.
Quedamos en volver a encontrarnos el año siguiente, pero algo se complica y no vuelvo a casa de la abuela Marta hasta el otoño, cuando llego a ayudar a cavar patatas con los abuelos.
¿Tu amiga? pregunta la abuela, mirando a Val.
¿Toña venía? me sonrojo.
Sí, venía pero
Al pasar un minuto, corro hacia nuestra nave, donde un viejo cuaderno de bitácora, ahora una libreta de apuntes, guarda los versos de Toña. Sus poemas son torpes y cómicos, pero para mí son especiales.
Hola dice el poema.
Vengo cada día a las cuatro,
como entonces, sentada y esperando
¿Y tú, en tu piso, te has olvidado del fuego de la hoguera nocturna?
Adiós, amigo, ya no nos volveremos a ver,
el rostro de quien fue sincero
Vuelvo a preguntar a la abuela Marta si conoce la dirección de Toña, pero solo sabe el apellido de su madre: Boriskina. Además, descubrí que Toña y yo somos del mismo municipio. En la bitácora anoto mi dirección y teléfono, con la esperanza de que Toña lo encuentre y me llame.
He revisado, pero ningún Boriskina tiene una hija llamada Toña. La casa de la abuela Marta la venden y la adquiere alguien que busca soledad. Yo sigo buscando a mi Toña, llamando a todos los Boriskina, Boriscoy, Boriskov
Pasan un par de años, llega un otoño frío y lluvioso. Visito a mi amigo Jorge, lejos de casa, para intercambiar discos duros; en aquellos tiempos intercambiábamos disquetes. Mi zapatilla está embarrada con nieve, el autobús se arrastra y, al fin, veo un autobús en la distancia. Subo sin pensarlo, sólo quiero irme de allí.
Me siento incómodo en ese sitio extraño y estoy helado. Me agacho a limpiar la suela cuando el autobús pasa rugiendo. Levanto la vista y veo
¡Toña! grita la chica en la ventana, aferrada al cristal.
Corro tras el autobús, pero acelera y ella también mira por la ventana, pegada al vidrio. ¡Cuánto deseo estar a su lado!
Ese día me enfermo; mis padres están de misión y llega mi abuela a cuidarme. Entre el teléfono suena y escucho una discusión.
¿Quién llama? pregunta la abuela.
Son esas chismosas que siempre sueltan nombres de Val y Vela, sin vergüenza
Vela susurro.
¿Otra vez con los insultos?
No me alejo del muro. Ojalá volviera a sonar, pero nuestro teléfono viejo no muestra número.
Al recuperarme, busco trabajo aunque mis padres me critican. Necesito dinero para mis proyectos. Consigo un curro, me compro un móvil con identificador de llamadas, pero Toña nunca vuelve a llamar.
Llevo el cochecito con mi sobrino de dos meses, la esposa de mi hermano me pide pasear a Damián y acepto encantado. En la calle veo un grupo de chicas, pero solo una llama mi atención: también me mira. Mientras giro la silla, ya no está.
Sigo buscándola, esperando el reencuentro. Conozco a una chica que se parece a Toña.
Escucha, viejo, ya basta de esa obsesión con una historia de la infancia me dice un amigo pragmático. Tenías una amiga, ¿y qué? Creció, tú también. Quizá sea una pesada o ya está casada con niños que babean. Tal vez tenga un hijo llamado como tú, pero no lo sé.
Pero ella llamaba, buscaba
Tal vez nunca fue ella.
Mis amigos ya tienen familias, mis padres me preguntan cuándo será lo mismo y yo sigo posponiendo. Estudio, trabajo, construyo mi carrera y sigo persiguiendo a quien ve el tiempo correr y come manzanas verdes.
Entiendo con la razón que es hora de dejar esas fantasías infantiles, pero sigo mirando por la ventana de los autobuses y me sobresalto con cada timbre.
Mi novia me amenaza con irse; ella también quiere una familia, la entiendo, pero no consigo decidirme. Siento que si le propongo matrimonio, se romperá el hilo que me une a Toña.
Todo se corta, quizá mi compañero tiene razón: vivo en un sueño, es hora de madurar.
Finalmente me decido. Mi novia salta de alegría, mis padres suspiran aliviados y yo siento que pierdo algo.
Una tarde, dejándome llevar por la tía Marta, me subo al coche y vuelvo al pueblo. ¿Qué busco? No lo sé, quizás despedirme de la infancia y de aquel sueño.
Corro a la terraza de la casa, las tablas están podridas en varios sitios. Allí está ella, sentada en lo alto.
Capitán, ¿has abandonado el barco? Menos mal que tienes ayuda el barco podría hundirse en el olvido.
Toña le digo, intento abrazarla, pero ella se aparta, con lágrimas en la voz me recrimina al treceañero.
Te dije que tenía poco tiempo. El tiempo se me escapa tengo que comer manzanas verdes; ayer tenía trece, hoy ya soy veintisiete.
Me acerco, la abrazo y prometo no soltarla jamás.
Abuelo ¿ya podemos comer las manzanas?
No todavía, tomilla, ¿qué pasa?
La abuela las come verdes, dice que no tiene tiempo para esperar a que maduren
Así es Toña.
Miro a mi esposa, con quien llevo treinta años de felicidad.
Escucha, Val, es una canción tonta dice ella, mordiendo una manzana.
¿Qué pasa?
El tiempo vuela ayer tenía seis y hoy mi nieta ya tiene seis en un abrir y cerrar de ojos nos corre el nieto por el patio, también tiene seis.
¿Instalaste ya el motor, capitán?
Lo instalé ríe yo.
Bien, asiente Toña, y sigue su camino.
Me encuentro con mi exnovia, que me pide perdón.
¿Por qué? le pregunto sorprendido.
Porque me fui, no pude vivir contigo Cuando te marchaste a la casa de la abuela, pensé mucho y comprendí lo diferentes que somos ¿Te acuerdas?
No muestro sorpresa, pero me siento culpable porque ella nunca quiso escucharme entonces.
Sé que me buscabas, querías hablar, pero yo me asusté.
Comprendo que el tiempo corre distinto para cada uno y los recuerdos de un mismo hecho pueden variar. Conversamos amablemente y nos separamos.
Hoy miro a mi esposa y siento que nuestro tiempo avanza al mismo ritmo, los recuerdos coinciden.
¿Toña?
Sí
Te quiero.
Yo lo sé.
¿De dónde? la empujo suavemente.
Siempre lo supe, desde que caí del cercado mientras te observaba.
Ese es el único recuerdo que difiere: Toña dice que caí del cercado en su mitad, yo insisto que el cercado se cayó solo.
Curiosamente, el apellido de Toña es Varela y su abuela en el pueblo se llama Boriskina, porque su abuelo se llamaba Boris.







