**Diario de un Hombre: La Venganza del Pastel**
El día de nuestra boda debería haber sido perfecto. Desde pequeños, siempre estuvimos juntos. Compañeros en el colegio, primeros amores, amigos en común Todo como en una película. A los veinticincos, sabíamos que era hora de formar una familia. La boda parecía el siguiente paso lógico.
Ella se preparó con esmero: eligió el vestido más bonito, contrató a una maquilladora profesional, incluso se hizo tratamientos carísimos Todo para lucir impecable. Cuando llegó el día, con todos nuestros seres queridos reunidos en Sevilla, parecía que todo saldría como lo había soñado.
Hasta que llegó el momento del pastel.
En España hay una tradición: los novios cortan el pastel y se dan un trozo mutuamente. Ella tomó el cuchillo, yo la ayudé y entonces, sin poder resistirme, le susurré al oído:
¿Y si te embadurno la cara con el pastel? Sería divertido.
Ni se te ocurra. Arruinarías todo me advirtió.
Vaya, como quieras respondí, riéndome, pensando que ahí quedaría la cosa.
Pero un minuto después, agarré un pedazo enorme y se lo restregué por la cara. Los invitados rieron, aplaudieron, grabaron con el móvil
¡Vaya broma, eh! ¡Os dije que sería gracioso! exclamé, orgulloso de mi ocurrencia.
Todos se reían menos yo.
Porque lo que no esperaba era su respuesta.
Ella tomó otro trozo de pastel y lo estampó contra mi traje, que había costado casi cuatro mil euros. Dejó de reírse al instante.
¿Sabes lo que vale esto? ¡Es más caro que tu vida! grité, furioso.
Lo sé contestó ella, tranquila. Ahora no te hace gracia, ¿verdad? Solo era una broma. ¿A que le quita la risa?
Se quitó el anillo, me lo dejó en la mano y salió del salón con la cabeza bien alta.
En ese momento entendí: nuestro matrimonio no empezaría con una humillación. Se divorció. Y así terminó todo.
**Lección aprendida:** Una broma solo es graciosa si todos se ríen. El respeto no tiene precio ni se limpia con un trapo.






