La Maestra que Todos Temíamos
La profesora Delgado era el terror del instituto Cervantes. Todos la temíamos. Era esa docente que te reprendía por llegar un minuto tarde, que te restaba puntos por llevar el uniforme arrugado, que jamás esbozaba una sonrisa y que parecía deleitarse suspendiendo alumnos.
En tercero de la ESO, yo era el líder informal de los que la odiábamos. Organizaba las quejas, los apodos crueles, las bromas de mal gusto. La llamábamos “La Ogresa” y fantaseábamos con vengarnos de todas las humillaciones que nos había hecho sufrir.
El día que todo cambió fue un viernes de noviembre.
Había faltado a clase para ir al centro comercial con unos amigos. Volvía a casa en autobús cuando vi algo extraño: la profesora Delgado saliendo de una farmacia en un barrio humilde, cargando varias bolsas.
La curiosidad pudo más que el miedo. Bajé en la siguiente parada y la seguí a distancia.
La vi entrar en una casa de vecindad destartalada. Esperé unos minutos y me acerqué. Por la ventana entreabierta del primer piso, escuché voces.
Profesora, gracias por venir. Lucía lleva tres días con fiebre.
No se preocupe, señora Ruiz. Traje el antibiótico que recetó el médico.
¿Lucía Ruiz? Era una compañera de clase. Una chica callada que siempre parecía agotada y faltaba con frecuencia.
¿Cuánto le debo, profesora?
Nada, señora Ruiz. Ya habíamos quedado en eso.
Pero es mucho dinero…
Lucía es una excelente alumna. Merece estar sana para seguir estudiando.
Me asomé un poco más y vi a la profesora Delgado, esa mujer fría y severa, acariciando la frente de Lucía con una ternura que nunca había mostrado en clase.
¿Cómo vas con las matemáticas, cariño?
Bien, profesora. He practicado los ejercicios que me dejó.
Muy bien. El lunes te traeré unos libros extra para que te prepares para la prueba de acceso al bachillerato.
Profesora, no creo que pueda ir al instituto. Mi madre necesita que trabaje…
Lucía, tu trabajo ahora es estudiar. De lo demás me ocupo yo.
Me marché de allí confundido y perturbado. Esa no era la profesora Delgado que conocía.
La semana siguiente empecé a observarla con más atención. Y noté detalles que antes había pasado por alto.
Cuando Javier Méndez se quedaba dormido en clase, en lugar de regañarle como al resto, se acercaba en silencio y le tocaba el hombro. Más tarde supe que Javier trabajaba en una tienda hasta altas horas para ayudar en casa.
Cuando Marta Díaz no traía los deberes, la profesora le daba otra oportunidad sin humillarla. Resultó que Marta cuidaba de sus tres hermanos pequeños mientras su madre limpiaba oficinas de noche.
Un día reuní valor y me quedé después de clase.
Profesora, ¿puedo hacerle una pregunta?
¿Qué necesitas, Álvaro?
¿Por qué es tan… diferente con algunos compañeros?
Hizo una pausa, guardando sus cosas en el maletín.
¿A qué te refieres?
Que con algunos es más… comprensiva. Pero conmigo y otros es muy estricta.
Álvaro, siéntate.
Me senté en el primer pupitre, nervioso.
¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y Lucía Ruiz?
No.
Que tú tienes padres que te compran material escolar, que pueden pagarte clases particulares si las necesitas, que se preocupan por tus notas. Lucía no.
Pero eso no es culpa mía.
No, no lo es. Pero es tu responsabilidad aprovecharlo. Cuando soy dura contigo, es porque sé que puedes dar más. Cuando soy comprensiva con Lucía, es porque ya está dando todo lo que puede.
¿Usted les compra medicinas a los alumnos?
Me miró fijamente.
¿Me seguiste el otro día?
Asentí, avergonzado.
Álvaro, algunos de mis alumnos vienen al instituto sin desayunar. Otros trabajan después de clase. Otros cuidan de sus hermanos. Si puedo hacer algo para que sigan estudiando, lo hago.
¿Con su dinero?
Con mi dinero.
¿Por qué?
Porque yo crecí en una familia como la suya. Una maestra me compró mis primeros libros de bachillerato. Sin ella, nunca habría ido a la universidad.
Sentí un nudo en la garganta.
Profesora, pero… ¿por qué es tan dura con nosotros?
Porque la vida lo será. Si no os exijo ahora, ¿quién lo hará? Vuestros padres os defenderán siempre. Yo soy la única que os dirá la verdad: el mundo no os regalará nada.
Nunca lo había visto así.
Álvaro, eres inteligente pero perezoso. Pierdes el tiempo haciendo bromas en lugar de estudiar. ¿Sabes por qué me molesta tanto?
¿Por qué?
Porque desperdicias oportunidades que Lucía desearía tener. Ella estudia con libros prestados, a la luz de una vela cuando se va la luz. Y aún así saca mejores notas que tú.
Me sentí la peor persona del mundo.
¿Puedo… ayudar en algo?
¿De verdad quieres ayudar?
Sí.
Pues estudia. Sé el alumno que puedes ser. Y si quieres hacer más, ayuda a tus compañeros que lo necesiten.
Ese día salí del instituto viendo todo distinto. La profesora Delgado no era la ogresa que había imaginado. Era una mujer que cargaba con las penas de cincuenta familias, que gastaba su sueldo en alumnos que no eran sus hijos, que era dura con unos para prepararlos y amable con otros para no romperlos.
Empecé a estudiar en serio. Organicé grupos de ayuda para los que tenían dificultades. Dejé las bromas en clase.
Al final del curso, cuando me entregó mi boletín de notas con un 9, la profesora Delgado sonrió. Era la primera vez que la veía hacerlo.
Muy bien, Álvaro. Sabía que podías lograrlo.
Gracias por no rendirse conmigo.
Nunca me rindo con mis alumnos. Aunque a veces ellos se rindan conmigo.
Años después, al graduarme en la universidad con una beca de excelencia, lo primero que hice fue buscarla. Seguía en el mismo instituto, igual de estricta, igual de generosa con los que más lo necesitaban.
Profesora, quiero darle las gracias.
No tienes nada que agradecerme, Álvaro. Tú hiciste el esfuerzo.
Sí tengo que agradecerle. Me enseñó que exigir es una forma de amar. Y que a veces quien más nos quiere es quien menos nos consiente.
Ahora soy profesor universitario. Y cuando debo ser firme con mis alumnos, recuerdo a la profesora Delgado. Que la dureza también puede ser cariño. Que exigir lo mejor es creer en el potencial de alguien.
Mis estudiantes probablemente me odian tanto como yo la odiaba a ella. Pero espero que algún día, como me pasó a mí, entiendan que los profesores más severos son a veces los que más nos quieren.







