PRELUDIO DE AMOR

EL PRELUDIO DEL AMOR.

De vuelta a casa después del trabajo, a Gonzalo le entró un antojo irresistible de macarrones con carne picada. Tanto, que casi sin darse cuenta, sus pies lo llevaron al supermercado. Tragando saliva, se dirigió a toda prisa hacia el pasillo de la pasta.

En ese momento, su móvil vibró. Era un mensaje de su mujer.

“Me he apuntado a la manicura, llegaré en una horita. Para cenar, apañaos algo. O esperadme.”

“Una horita” en boca de su esposa era un concepto bastante elástico. Gonzalo no tenía intención de esperar sentado. Y además, Arturo, su hijo, seguramente tendría hambre. Había que revisarle los deberes rápidamente y ponerse con los macarrones.

Bien, carne picada, espaguetis cebolla había en casa un par de cervezas también por cierto, podía llevarse un bote de salsa boloñesa. A Arturo le encantaba, y a su mujer también.

Tras comprar lo necesario, Gonzalo se apresuró hacia casa.

El responsable niño de segundo de primaria le enseñó sus tareas hechas y, con la satisfacción del deber cumplido, se sentó a jugar a la consola.

Arturo, ¡hoy cenamos macarrones a la marinera! anunció Gonzalo.

¿Con salsa? preguntó el pequeño.

Con salsa.

Arturo asintió contento y volvió a su juego.

Los macarrones a la marinera no llevaban mucho tiempo. Gonzalo hirvió los espaguetis mientras doraba la carne con cebolla. Solo faltaba mezclarlo todo. Quien quisiera, le añadiría salsa.

Entonces, el móvil volvió a vibrar. Otra vez su mujer.

“¿Estás en casa?”

“Sí.”

“Perfecto. Se me ha olvidado el monedero. Ven a rescatarme.”

Cogiendo la cartera, Gonzalo salió disparado hacia la casa de al lado, donde estaba el salón de belleza.

Como pronto descubrió, no había tenido que correr tanto. Tuvo que esperar unos diez minutos. Para matar el tiempo, hojeó una revista que había sobre la mesa.

El tiempo pasó, pero le entraron ganas de estrangular al que publicaba semejante cosa.

Publicidad, más publicidad, todo era publicidad. ¿Y qué quedaba para leer? Algún artículo de vez en cuando, pero todos absurdos: cómo casarse bien, cómo adelgazar, cómo llamar la atención de un hombre, e incluso cómo preparar el terreno para las relaciones íntimas.

No en el sentido de desmontar la cama, sino de caricias preliminares y demás calentamiento. El preludio del amor, le llamaban. Ahí sí que llegaba el colmo de la estupidez.

El autor, con toda seriedad, enseñaba cómo lanzar miradas sugerentes, cómo rozar sin querer la mano, la pierna u otra parte del cuerpo del objeto de deseo.

Soltaba tonterías sobre aromas, pétalos de rosa, velas románticas y demás. Daba la impresión de que el tipo vivía en un mundo de fantasía, de ramos de flores y cajas de bombones.

Diez años de matrimonio le habían enseñado a Gonzalo algo muy distinto.

En la realidad, las cosas no eran como en la revista. El noventa por ciento de las mujeres casadas llegaban a casa pensando: “Ahora hay que hacer la cena, poner la lavadora, revisar los deberes de los niños, planchar esto y lo otro” ¿Pétalos de rosa?

Si querías romance, lo mejor era encargarte al menos de fregar los platos después de cenar y de revisar los deberes del niño. No había mejor preludio en el día a día.

Ni hacían falta aromas ni pétalos, y además, a tu mujer le dolería menos la cabeza. Hablando de la cual ahí estaba ella.

¡Ya estoy! Ve a pagar a la esteticista. ¿Tenemos que pasar por el supermercado?

Su mujer estaba de buen humor. Le brillaban los ojos, sonreía de oreja a oreja. ¡Eso sí que era el poder rejuvenecedor de la manicura! Era el momento perfecto para añadir leña al fuego.

No hace falta dijo Gonzalo, moviendo la cabeza con indiferencia. Ya fui. Y he preparado la cena.

¡Genial! ¿Qué hay?

Pasta a la boloñesa contestó él, lo más casual que pudo.

Un segundo después, cincuenta y cinco kilos colgaban de su cuello.

Mientras abrazaba a su mujer, Gonzalo miró de reojo la revista que había quedado sobre la mesa y levantó el dedo corazón hacia el autor desconocido.

Así era como surgía la chispa del amor. Que por la noche aquello se convirtiera en llamas, no había duda.

Eso no eran pétalos y velas.

Eso era el verdadero preludio.

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PRELUDIO DE AMOR
La Realidad del Fuego