EL LUGAR DE LA CITA NO SE PUEDE CAMBIAR.
Asunción caminaba despacio junto al estanque, acercándose al lugar acordado. Estaba segura de que él no aparecería, pero en su corazón aún latía una débil esperanza.
El viento helado, cortante como una cuchilla, parecía empeñado en disuadirla. Se colaba bajo su abrigo, calándole hasta los huesos, como si le advirtiera que desistiera y volviera al calor de su casa.
Las posibilidades de que aquella cita, pactada por Valerio veinte años atrás, cuando apenas tenían diez, se cumpliera eran casi nulas. Demasiado tiempo había pasado.
Pero ¿y si él no lo había olvidado?
Su mente volvió una y otra vez al pasado. Los recuerdos más vívidos de su infancia desfilaron ante sus ojos, tan nítidos como si hubieran ocurrido ayer.
Las carreras locas desde el puentecito hasta el islote, las travesuras, el escondite, las flores de cardo que se le enganchaban al vestido, las rodillas de Valerio, siempre llenas de raspones
Su amigo, un auténtico trasto, acumulaba tantos golpes y moretones que a veces Asunción sospechaba que lo hacía a propósito. La expresión de satisfacción en su rostro cuando ella le curaba las heridas con cuidado no dejaba lugar a dudas.
Un día, sentada junto al estanque frente al pintoresco islote con aquel árbol solitario que crecía sin explicación, Asunción observaba a Valerio saltar y corretear como siempre. Hasta que, tras un resbalón torpe, acabó metido en el agua.
Me pregunto cómo serás dentro de veinte años dijo Asunción, moviendo la cabeza con reproche. ¿Habrás madurado o seguirás siendo el mismo gamberro?
No lo sé respondió Valerio, saliendo del agua sin preocupación. Pero tú lo tengo claro. Serás médico. Una gran médica.
Ya veremos se encogió de hombros Asunción. Ni siquiera lo he pensado
Entonces, a Valerio se le ocurrió una idea.
¡Oye! ¿Y si nos vemos aquí dentro de veinte años? exclamó, iluminándose. Apunta bien: 20 de abril de 2022, a las tres de la tarde, frente al islote. Así veremos en qué nos hemos convertido.
Vale rió Asunción. Trato hecho. Pero nada de cambiar la hora o el lugar, ¡que luego nos perdemos!
Desde entonces, aquella promesa se convirtió en su secreto. De vez en cuando, se preguntaban el uno al otro si aún la recordaban. Aquella fecha quedó grabada en sus memorias para siempre.
Pasaron los años. La amistad infantil comenzó a transformarse en algo más. Cada vez con mayor frecuencia, Asunción captaba las miradas de Valerio, en las que ya no había travesura, sino algo serio y profundo.
Hasta que, al terminar el instituto, el padre de Valerio, un ingeniero militar, fue destinado a una base remota en Canarias, donde ni siquiera había buena cobertura. Así se separaron.
En su último encuentro, apenas hablaron. Valerio, visiblemente afectado, buscó las palabras para decir algo importante, pero al final solo soltó una broma torpe:
No te olvides del 2022, ¿eh? El lugar de la cita no se puede cambiar.
Al principio, Asunción sintió un vacío enorme. La vida parecía haber perdido su color. Para escapar de esa tristeza, decidió entrar en la facultad de medicina.
¿Por qué medicina? Ni ella misma lo sabía. Quizá porque Valerio lo había predicho. Pero eso ya no importaba.
Los nuevos estudios y amistades la ayudaron a seguir adelante. Se sumergió en los libros, convirtiéndose en una excelente médica.
La universidad, las prácticas, la residencia Diez años de esfuerzo. Y ahora, llevaba tres trabajando en una clínica privada. La profecía de Valerio se había cumplido.
«Una médica exitosa con una vida personal en pausa», pensó Asunción, estremeciéndose por el frío. Miró el reloj: faltaban cinco minutos para las tres. Llegaría puntual.
Aunque sabía que lo más probable era llevarse una decepción, no podía evitar la emoción que la embargaba. Cuanto más se acercaba al lugar, más fuerte latía su corazón.
Allí estaba el islote con su árbol solitario. En el camino, solo un par de dueños de perros valientes. ¿Quién más se aventuraría al estanque con este tiempo?
De pronto, su corazón dio un vuelco. En la orilla, un hombre con uniforme militar y boina observaba el islote con curiosidad.
¿Valerio? susurró Asunción, casi sin voz.
El militar se giró de golpe y se levantó. Pero no era Valerio, sino un joven desconocido.
Su corazón se hundió.
¿Es usted Asunción? preguntó el soldado con una sonrisa.
Ella asintió en silencio.
Lo siento, Valerio no ha podido venir explicó el joven. Está destinado lejos. Pero me pidió que le dijera que nunca ha olvidado su promesa. Cuando vuelva, la buscará.
El corazón de Asunción volvió a latir con fuerza, como un martillo en su pecho:
«¡Lo recuerda! ¡Lo recuerda!».
Abrió su bolso, sacó una tarjeta y se la entregó.
Tome esto. Para que me encuentre más fácil. Y dígale que le esperaré. El tiempo que haga falta.
Se lo diré asintió el joven con seriedad. Para él es muy importante.
Se despidió con un gesto rápido y echó a andar hacia la parada del autobús.
Asunción se quedó allí, sin importarle el viento gélido. Dentro de ella, una cálida certeza se expandía.
Ella esperaría. Sin duda alguna.
El lugar de la cita no se puede cambiar.







