¡Ya no aguanto más, quiero casarme ya!

Alicia ansiaba casarse bien. Ya lo había intentado sin éxito una vez. Tenía un hijo, Javier, de veinte años. Hace mucho tiempo, su marido fue sorprendido en una infidelidad escandalosa. Alicia regresó un día antes de un viaje de trabajo y lo encontró medio vestido, arreglando apresuradamente la cama en su dormitorio. Mientras, su mejor amiga preparaba café en la cocina ¡con su batín puesto! Un clásico. El divorcio fue inmediato. La amiga traidora fue borrada de su vida para siempre. Alicia no quiso indagar en los sórdidos detalles. Había culpa, habría castigo. Echó a su marido con sus cosas y prohibió a su hijo hablar con él. Alicia no había cumplido aún los treinta.

Pasaron más de diez años. Alicia defendió primero su tesis doctoral y luego logró una cátedra en la universidad. A los cuarenta, era una respetada doctora en Filología. Durante esos años de soledad, no perdió la esperanza de encontrar un compañero digno. No creía que tocase ya tejer calcetines o bordar cruces.

No le faltaron pretendientes, pero ninguno logró anclar en su corazón. Uno le pidió matrimonio tras la primera cita, le pidió prestado dinero (“casi somos familia”) y desapareció. Otro, viudo, buscaba madre para sus tres hijos. La invitó a su casa y le pidió que cocinase para todos. Alicia, aunque conmovida, supo que no podría cargar con esa familia. “Quizá soy egoísta”, se justificó.

Las opciones menguaban cada año. Cuando ya había perdido toda esperanza, apareció Él.

Karim, un antiguo alumno marroquí de veintiocho años. Tras graduarse, se quedó en Madrid y montó un negocio. Un día, Alicia fue a repostar y descubrió que la gasolinera era suya. Hablaron, rieron y él le dio su tarjeta. Alicia empezó a visitarlo cada semana, y Karim le demostró su interés: la invitó a restaurantes, a conciertos Ella, incrédula, rechazó sus avances.

Pero Karim insistió. Alicia lo recordaba como un estudiante excepcional, guapo y dedicado. En su época universitaria, le regaló una cajita tallada con una nota dentro: “Profesora Alicia, la amo”. Ella, creyéndose burlada, la rompió y huyó. Al día siguiente, él se disculpó, y ella lo perdonó.

Ahora, la situación se repetía. “Ya no soy su profesora. Somos un hombre y una mujer. ¿Por qué no intentarlo?”, pensó. Finalmente, se dejó llevar.

Su primer encuentro fue mágico. Karim era tierno, divertido, romántico. La diferencia de edad no importaba: él maduro, ella jovial. Él la llamaba Alia; ella, a él, Carlos. Alicia, feliz, se sintió deseada por primera vez.

Pero Karim no le propuso matrimonio. Debía volver a Marruecos, donde su familia le había buscado esposa: una joven llamada Fátima. Alicia no podía abandonar su vida en España. “Demasiado mayor, demasiado lejos”, pensó. Decidió disfrutar el tiempo que les quedaba.

Su madre se opuso: “¡Alisia! ¿Para qué ese extranjero? Tu exmarido, Miguel, sigue rondándote. Perdónalo, por Javier”. Alicia replicó: “Mamá, ¿por qué no perdonaste tú a papá?”. Su madre suspiró: “Él nos abandonó. Miguel solo cometió un error”.

Tres años después, Karim se despidió: “Seguiremos en contacto, Alia”. Le regaló la misma cajita, ahora con un anillo de ángeles sujetando un corazón de diamantes. “Te dejo mi corazón”, dijo, y se marchó.

Un año después, llegó una foto: “Mi esposa, Fátima”. Luego otra: “Mi segunda esposa, Mariam”. En Marruecos, la poligamia era legal. Alicia no sintió celos. “Al menos en sus ojos hay nostalgia”, pensó. Quizá aún la amaba… aunque el amor viejo se oxida cuando sopla el viento nuevo.

La historia terminó. Su hijo se casó, y cuando nació su nieta, Alicia pidió que se llamase Alia. Perdonó a Miguel, convencida por su madre: “Todos cometemos errores”. Ahora viven juntos, sin separarse. Y Alicia, entre tanto, aprendió a tejer calcetines para su nieta con motivos árabes.

Moraleja: El amor no siempre llega como lo esperamos, pero deja huellas que perduran. A veces, perdonar es la forma más sabia de seguir adelante.

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