**El Fideo**
¿Qué haces? preguntó Ana, mirando cómo su marido metía un papel con su número bajo el limpiaparabrisas del coche que acababa de rozar al dar marcha atrás.
Les dejo mi número para que me llamen. Hay que pagar los daños.
¿Para qué? Está oscuro, nadie nos ha visto susurró su mujer, mirando alrededor. Ni siquiera es nuestro barrio, vámonos ya.
No está bien hacer eso. ¿Y si me chocaran a mí y se fueran sin decir nada?
¡Pero mira ese coche! Vale como un piso. Para ellos, ese abollón no es nada.
No puedo, ¿entiendes?
Volvieron al coche y Luis salió con cuidado del aparcamiento.
¿Con qué piensas pagar el arreglo? No tenemos nada, apenas unos euros que necesitamos para el alquiler insistió Ana.
En el nuevo trabajo me pagarán bien. Lo devolveré en un año, ni lo notaremos intentó calmarla Luis, siguiendo las indicaciones del GPS.
Ni siquiera has empezado y ya estás endeudado refunfuñó Ana, observando los edificios desconocidos. Te lo dije, esta honestidad tuya nos dejará en la calle. ¡No puedes ser tan recto!
Luis no respondió.
Media hora después, con el sol asomando entre los tejados, llegaron al piso de alquiler. El dueño, un hombre meticuloso de traje, los esperaba.
¿Vivirán solo ustedes dos? preguntó mientras Luis y Ana inspeccionaban la vivienda.
Sentado a la mesa de la cocina, comenzó a rellenar el contrato.
Y un gato añadió Luis. Ana cerró los ojos, exasperada.
¿Un gato? frunció el ceño el dueño. Su esposa no mencionó nada.
Ana deseó hundirse en el suelo de la vergüenza.
No les habría alquilado sabiendo eso dijo el hombre, dejando el bolígrafo.
Vaciló un momento, nerviosismo que contagió a la pareja, pero al final cedió:
Bueno, veo que son buena gente, además de venir de tan lejos.
En su rostro se adivinaba el cálculo mental.
Subiré el alquiler cien euros al mes, por si el “inquilino” extra causa problemas. Si les parece, pueden mudarse ya.
No creo que empezó Ana, pero Luis la interrumpió:
Aceptamos. Disculpe por no avisar antes.
De acuerdo, trato hecho sonrió el dueño, terminando el contrato.
***
¿Por qué le dijiste lo del gato? ¡Lo dejé en el coche a propósito! Ana se lanzó contra Luis en cuanto el dueño se fue.
No está bien ocultar cosas protestó él, ordenando sus cosas.
¿Y pagar mil doscientos euros más al año sí lo está? Ana arrojó su ropa con rabia. Te quiero por sincero, pero hay límites.
Lo importante es que tenemos dónde vivir. No te preocupes, ganaré bien en el nuevo trabajo.
Sí, claro. Primero consíguelo. Con tu honestidad, no te tomarán como jefe regional. Allí quieren a gente que sepa vender humo, no a alguien que devuelve dinero si la máquina le da un café más caro.
¿Crees que no me contratarán? Luis palideció. Dejó caer la taza, que se rompió contra el suelo de baldosas, agrietándolo.
Podemos taparlo con una alfombra y no decir nada. Pero tú preferirás pagar el arreglo, ¿verdad? Ana lo miró con ironía.
Luis asintió, culpable.
No te tomarán sentenció ella.
¿Qué hago entonces? Luis se desplomó en una silla, derrotado.
El nuevo trabajo era la razón del viaje. Debía sacarlos adelante, ayudarles a ahorrar para una hipoteca, para formar una familia.
Demuestra que puedes ser astuto cuando hace falta. Aprende a vender humo de vez en cuando. Todos mienten.
Luis asintió, resignado. Sabía que su honradez solo le había traído problemas. Era hora de cambiar. La entrevista era su oportunidad.
Tienes razón. Lo haré.
***
En la entrevista, Luis fue impecable. Su currículum hablaba por sí solo. El director asentía, satisfecho. Luis estaba seguro de que el puesto era suyo.
Por lo que veo, encaja perfectamente dijo el director, apartando los papeles. Solo una pregunta más: ¿estaría dispuesto a actuar en beneficio de la empresa, incluso si eso significa engañar a un cliente?
¿Perdón? Luis no entendió.
¿Podría vender humo? ¿Actuar, digamos, sin escrúpulos, si la empresa lo requiere?
El director lo miró fijamente. Luis sintió un nudo en el estómago. Quería decir “no”, pero recordó las palabras de Ana y, sin dudar, respondió:
Sí, sin problema. Haré lo que sea por el negocio.
Se reclinó, seguro de su victoria.
No es el perfil que buscamos. Adiós cortó el director. El corazón de Luis se hundió.
¿Por qué?
Nuestra empresa valora la honestidad. No somos unos estafadores. Nos importa nuestra reputación.
Pero ¡yo no miento nunca! ¡Déme otra oportunidad! su voz temblaba.
¿Para que me sigas vendiendo humo? No necesito mentirosos aquí. Adiós.
Luis salió, derrumbado. No llevaría a casa más que deudas y decepción. Había fallado. Todo por no ser él mismo.
***
Sí, me contrataron, no te preocupes mintió Luis por teléfono a Ana.
*Si voy a mentir, que sea completo*, pensó. *Fingiré que voy a trabajar hasta encontrar algo. Quizá haya suerte.*
En ese momento, sonó su móvil. Un número desconocido.
Hola, soy por lo del coche que golpeó. Venga, hay que arreglarlo dijo una voz.
Luis olvidó el incidente de la mañana. Sus ahorros se esfumarían.
Al llegar, con las piernas temblorosas, llamó al dueño.
Minutos después, apareció el último hombre que esperaba ver: el mismo director que lo había rechazado. Luis sintió que el mundo se le venía encima.
¡Vaya, otra vez tú! el director arqueó una ceja. ¿Por qué le abollaste el coche a mi mujer?
Fue sin querer, estaba oscuro balbuceó Luis.
¿Más humo? el director se acercó.
No. Pagaré los daños.
¿Con qué? No tienes trabajo.
Encontraré la manera firmó Luis.
Claro que sí. Te lo descontaré del sueldo sonrió el director, dándole una palmada.
¿Del sueldo? los ojos de Luis se abrieron.
Sí. Pediste una segunda oportunidad. Aquí la tienes. Necesitamos gente como tú. Pero dime: ¿por qué mentiste en la entrevista?
Todos mienten encogió Luis los hombros.
Solo está mal si perjudica a otros. En esta empresa también usamos ciertas estrategias.
¿Cómo? Luis se animó.
Te lo explicaré si trabajas con nosotros guiñó el director, tendiéndole la mano.
No planeaba descontarle nada: el seguro cubriría todo. Pero Luis no lo sabría hasta dentro de un año.
**Lección aprendida:** A veces, la honestidad es lo único que vale la pena vender.







