**Una terrorífica descubierta en la cazuela de la suegra**
La suegra echó un vistazo a la olla y soltó un grito de horror.
María del Carmen se despertó al amanecer y, como de costumbre, se dirigió a la cocina de su casa en las afueras de Sevilla. Para su sorpresa, su nuera ya estaba trajinando frente a los fogones.
Buenos días sonrió Anastasia mientras removía algo en la cazuela.
Buenos días refunfuñó María del Carmen arrugando la nariz. ¿Qué estás preparando?
Una sopa de pistou contestó la nuera sin levantar la vista. A Adrián le encanta.
¿Sopa de pistou? La suegra olfateó con desconfianza. ¿De verdad huele así normalmente?
¿Y cómo debería oler? Anastasia encogió los hombros, tapó la olla y salió de la cocina.
María del Carmen, sin perder un segundo, se abalanzó hacia los fogones, levantó la tapa y miró dentro. Lo que vio le arrancó un grito de espanto.
¿Qué mezcla es esta? murmuró retrocediendo como si fuera veneno.
Anastasia volvió con los platos y, al notar la reacción de su suegra, explicó con calma:
Sopa de pistou, María del Carmen. Las verduras son de nuestra huerta, frescas, recién cogidas. Cocinar con lo que uno cultiva es como una fiesta.
¿Una fiesta? la suegra soltó una risotada mientras cruzaba los brazos. ¡Esa huerta es más bien una condena! ¿Perder el tiempo cavando la tierra cuando puedes comprarlo todo en el supermercado? No os entiendo.
A mí me gusta respondió Anastasia con dulzura mientras servía la sopa. El aroma de la albahaca, las judías y los tomates llenó la cocina. La tierra da mucha energía cuando trabajas con ella.
¿Energía? María del Carmen puso los ojos en blanco. Es un pasatiempo para gente sin nada mejor que hacer. La gente normal Se interrumpió al ver que Anastasia seguía sonriendo, como si no oyera sus pullas. ¿Y para quién has hecho tanto?
Para nosotros contestó la nuera. Para varios días. Adrián siempre repite.
María del Carmen dio un paso atrás con exageración, como si el olor de la sopa le diera náuseas.
¡Yo no voy a comer eso! declaró con énfasis. ¡Solo el olor me revuelve el estómago! ¿Qué le has echado?
Anastasia suspiró, evitando mirar a su suegra. Por el rabillo del ojo, vio a Adrián, que acababa de entrar en la cocina y observaba la escena en silencio.
María del Carmen no entendía qué le había pasado a su hijo. Hace apenas dos años, Adrián era un joven urbanita prometedor en informática. Iban juntos a exposiciones, hablaban de restaurantes nuevos, soñaban con su carrera. Y ahora, esta vida de pueblo, esta huerta, ¡esta Anastasia tan sencilla! Solo su nombre le provocaba escalofríos de irritación.
Adrián siempre había sido un buen partido alto, inteligente, encantador. ¡Cuántas chicas de buena familia habían suspirado por él! ¿Por qué había elegido a esta chica de campo y a esta casita perdida? María del Carmen esperaba que se cansara y volviera a la ciudad. Pero los meses pasaban, y Adrián se hundía cada vez más en esa “idílica vida rural”.
Decidió actuar. La invitación de Anastasia era la excusa perfecta. La suegra tenía un plan: recordarle a su hijo quién era en realidad y sacarlo de ese pueblo antes de que fuera demasiado tarde.
Adrián entró en la cocina, abrazó a su mujer y se volvió hacia su madre:
Mamá, prueba la sopa. ¡Anastasia la hace perfecta!
Adrián, sabes que tu padre y yo nunca hemos comido esas sopas de campesinos re







