Decidida de firme, será feliz pase lo que pase

**Diario de un Hombre La Decisión de Julia**

En cuarto de la carrera universitaria, Julia se enamoró. Y no de un chico cualquiera, sino de uno que todas consideraban un auténtico partidazo: Adrián. Venía de una familia adinerada, con un apellido conocido en Madrid.

Julia, por su parte, era una chica guapa e inteligente, pero de origen humilde. Sus padres eran obreros de Valladolid. Sabía que pertenecían a mundos distintos, pero el amor se impuso.

“Julia, no pierdas el tiempo con ese Adrián”, le decían sus compañeras de residencia. “Él se cree mucho, mira a algunas por encima del hombro. Solo se junta con los de su círculo.”

“¿Y qué? Yo también valgo mucho”, respondía ella. “No soy ninguna perejil, saco buenas notas y sé hablar de lo que sea.”

“Ya verás cómo acabas llorando. Seguro que sus padres son de esos que ni te reciben si no vienes recomendada”, insistían.

“Ay, no me asustéis”, murmuraba Julia. “Lo único que me da miedo es conocer a su madre”

Al principio, ni siquiera imaginó que Adrián le correspondería. Pero, contra todo pronóstico, él fue quien dio el primer paso, invitándola al cine.

Durante casi todo el curso, estuvieron saliendo. Hasta que, cerca de las vacaciones, Adrián soltó de repente:

“Julia, el sábado vamos a casa de mis padres a comer. Mi madre no para de preguntar quién eres.”

“¡Ay, Adrián! Tan pronto No estoy preparada”, balbuceó ella, nerviosa.

“Tranquila, son normales. Mi padre es más callado, pero mi madre esa sí que es un personaje. Le encanta hablar, pero no temas”, dijo él, sonriendo.

Julia ya daba por hecho que terminarían casadas. Solo faltaba caerles bien a sus padres. Estudió protocolo durante días para no meter la pata.

Llegó el sábado. Adrián la recogió y entraron juntos en el piso de lujo en el barrio de Salamanca. El corazón le latía con fuerza al ver a su futura suegra, una mujer elegante que sonreía con naturalidad.

“Buenas tardes”, dijo Julia, manteniendo la compostura.

“¡Hola, Julia! Soy Elena Fernández. Adrián, pasa a la sala”, respondió ella, cordial.

En la mesa, el padre de Adrián, Javier, los recibió con un gesto serio y un leve asentimiento.

Julia se sentó recta, sin apoyar los codos, manejando los cubiertos con soltura. Comía poco, recordando que podían dirigirse a ella en cualquier momento. Pero el nerviosismo la traicionó: se le cayó el tenedor al suelo, sobre una alfombra persa que amortiguó el golpe.

“Perdón”, murmuró, ruborizada.

Elena la miró con calma y le dijo a su hijo:

“Adrián, qué mal anfitrión eres. No es para reírse. Tráele un tenedor limpio.”

“Vale, mamá”, respondió él, recogiendo el cubierto y yéndose a la cocina.

“Julia, relájate. Esto no es una cena de gala”, dijo Elena, sonriendo. “Come, que si no, pensaré que no te gusta. Lo he preparado yo.”

“¡Por Dios, Elena! Todo está riquísimo. Es que Adrián me dijo que teníamos a la señora Carmen.”

“Sí, pero hoy quise cocinar yo”, suspiró. “Quería impresionar a mi futura nuera.”

Julia casi no lo creía. “¡Vaya! Resulta que hoy no solo yo estaba nerviosa.”

“Así es”, rió Elena. “Pero nuestro hijo ha acertado. ¿Verdad, Javier?”

El hombre asintió: “Claro, cariño.”

La cena fue un éxito. Julia se sintió en confianza y charló animadamente. Dos semanas después, se prometieron, y a los dos meses se casaron.

“Adrián, ¿dónde viviremos?”, preguntó Julia.

“No lo sé, pero mis padres están maquinando algo”

La respuesta llegó en la boda: les regalaron las llaves de un apartamento en su mismo edificio, dos pisos más abajo.

Julia estaba eufórica. Sus padres, venidos desde el pueblo, no cabían en sí.

“Dios existe, hija. Tienes techo propio”, dijo su madre.

Julia creyó que el futuro sería perfecto. Pero en quinto curso, descubrió que estaba embarazada. Se lo contó a Adrián con alegría.

“Adrián, ¡voy a ser madre! Solo espero terminar la carrera a tiempo”

Él la miró fríamente. “¿Un hijo ahora? Somos estudiantes, vivimos de mis padres. Quería disfrutar unos años.”

Julia se quedó helada. “¿Quieres que lo aborte?”

“Sí. No vamos a arruinarnos la juventud.”

Ella salió llorando y se topó con Elena en el portal.

“¿Julia? ¿Qué pasa?”, preguntó su suegra, al verla así.

Entre sollozos, Julia lo contó todo.

“Tranquila, yo estoy contigo. No hagas caso de los hombres. ¿De cuánto estás?”

“Ocho semanas.”

“Pues el diploma lo sacas. Anda, come algo, y yo hablaré con mi hijo.”

No supo qué le dijo, pero Adrián volvió arrepentido.

“Perdona, Julia. Me equivoqué.”

Se reconciliaron. Julia terminó la carrera y dio a luz un niño. Aunque Elena y Javier estaban encantados, Adrián se mostraba distante.

Empezó a llegar tarde, bebido, hasta que una noche Julia lo encaró:

“¿Por qué llegas así cada día?”

“¿A ti qué te importa? ¿No puedo salir con mis amigos?”

El tiempo pasó. Cuando el niño cumplió dos años, Adrián empezó a llegar con perfumes ajenos y maquillaje en la ropa.

“¿Me estás engañando?”, preguntó Julia.

Él evitó su mirada y se fue.

Esa noche, habló con Elena.

“Julia, no tomes decisiones precipitadas.”

“No, Elena. Ya no hay vuelta atrás. Me voy a casa de mi madre.”

“¿Y dónde van a vivir? Quédate aquí. Nosotros te apoyamos. Busca trabajo, ocúpate, sé fuerte.”

“Gracias Solo sé que quiero ser feliz, pase lo que pase.”

“Y lo serás. Eres una mujer valiente.”

Julia le estaría eternamente agradecida. Elena fue su aliada.

Cinco años después, Julia se casó con un compañero de trabajo, Raúl. Ahora viven con sus dos hijos en otro barrio. Es feliz. Elena y Javier adoran a sus nietos y los llevan a su casa de campo en verano.

Julia lo había decidido: sería feliz, contra viento y marea. Y lo logró.

**Lección:** A veces, la familia que eliges vale más que la que te tocó. Y la felicidad no depende de un apellido, sino de la fuerza para seguir adelante.

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