La puerta no se abrió de inmediato. Ana Martínez tuvo tiempo de recuperar el aliento, aunque el sudor que le corría por la frente seguía resbalando en gotas molestas hasta sus cejas. Desde dentro, primero llegó un grito de sorpresa, luego el clic del cerrojo, y finalmente apareció en el umbral su hija, Lucía.
¡Mamá! ¡Dios mío! ¿Cómo has podido cargar con tantas maletas? ¿Y para qué? ¿Por qué no avisaste de que venías?
Alta, morena, con una expresión de desagradable sorpresa en el rostro, así la recibía su propia hija, a quien Ana no veía desde hacía más de un año. “¿Cuándo iba a venir ella a visitarnos, a sus padres? ¡No tiene tiempo!” Y así, impulsada por una preocupación justificada, Ana se había animado a hacer el largo viaje.
Las cogí y las traje, Luli, estoy acostumbrada respondió su madre a una de las preguntas. No podía venir con las manos vacías
Con un tirón, arrastró las dos maletas dentro del piso. Lucía ni siquiera intentó ayudar, quizás porque aún no salía de su asombro. Pero al fin se inclinó hacia una de las asas y apartó la maleta de la entrada para poder pasar.
Madre mía, ¿qué has metido aquí, un cerdo entero?
Su voz era tersa, como piedra pulida, y en ella no había alegría, solo desconcierto y fastidio. No abrazó a su madre, solo miró con impotencia la otra carga: una maleta anticuada, hinchada por todo lo que llevaba dentro, que se quedó plantada en medio del suelo de parquet como un artefacto fuera de lugar.
Ana dio un pequeño paso adelante. Sus dedos, temblorosos por el esfuerzo, jugueteaban nerviosos con la hebilla del cinturón de su abrigo.
Perdona, Luli Te he traído algunas cosas. Mermelada para nuestro Luis, ají, lo que te gusta. Todo del huerto, lo cultivamos con tu padre Su voz se quebraba por el cansancio y sonaba culpable.
Lucía suspiró. Era un suspiro hondo, lleno de un presentimiento agotador de problemas. Dirigió la mirada de la maleta a su madre: su vestido arrugado, el pañuelo torcido, las pequeñas gotas de sudor en su labio superior.
Ana, sin esperar invitación, se sentó en el puff de piel blanca más cercano. Se mantenía recta, a la antigua usanza, con las manos cansadas sobre las rodillas. El viaje la había dejado exhausta. El tren duró veintiocho horas, y luego tuvo que abrirse paso en el metro con aquella maleta torpe que se empeñaba en atascarse en los torniquetes.
Pero, ¿cómo iba a venir sin ella? Nunca había visitado a su hija con las manos vacías. Nunca. Y menos ahora, después de más de un año sin verla.
¿Es que has cambiado de número de teléfono? preguntó Ana, mirando alrededor. Llamé cuatro días seguidos, y nada, “el abonado no existe”. Tu padre ya el segundo día con la presión por las nubes, al tercero yo también histérica, el corazón en un puño pensando qué podría haber pasado Hizo un gesto con la mano, como apartando los recuerdos recientes. ¡Y al cuarto día, cuando seguía sin dar contigo, dije “basta, voy a por un billete!” Lo saqué para tres días después, y tú seguías sin aparecer. Nos tenías con el alma en vilo, y luego el traqueteo hasta esta Madrid vuestra ¿Qué pasó con tu teléfono? ¿Es que se puede tratar así a unos padres mayores? Ya tenemos setenta años, ¿no te acuerdas? Y yo aquí, cargada de bolsas
Lucía apartó la mirada. Su rostro moreno, siempre tan seguro, se tiñó de un leve rubor. Se tocó la coleta perfecta, alisó un mechón inexistente.
No pasa nada, mamá. Es que cambié de número, con las prisas, se me olvidó decírtelo Lo dijo rápido, casi atropellando las palabras.
Y el de Luis tampoco contestaba.
A él también se lo cambié. Cambiamos de operadora.
Sentada en aquel puff incómodo, Ana no pudo evitar admirar a su hija. Luli Su pequeña, la más deseada, la que llegó después de dos varones. En ella habían puesto toda el alma.
Como siempre, sus pensamientos derivaron hacia sus hijos. El mayor, Javier, estaba allende el océano, en Estados Unidos. Se fue hace años por trabajo. Rara vez llamaba, solo en fechas señaladas. Allí nacieron sus nietos, a quienes Ana solo conocía por fotos en el móvil. A veces imaginaba sus voces, sus risas, pero su mente se negaba a dibujar imágenes claras. Demasiado lejos.
Mamá, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras mal? La voz de Lucía, ahora preocupada, la sacó de sus pensamientos tristes.
No, hija, solo estaba pensando. Descansando del viaje. Ana esbozó una débil sonrisa. ¿Y Luisito? ¿Todo tranquilo?
El rostro de Lucía se suavizó.
Ha crecido mucho, mamá. Es todo un chaval. El entrenador de fútbol lo elogia. Solo que
Se calló, volviéndose como para arreglar un jarrón en la mesa.
Solo que a veces todavía pregunta cuándo iremos a la aldea, a casa de la abuela Ana y el abuelo Antonio. Sobre todo si está triste o enfermo. Dice que allí huele a manzanas y pasteles, y que aquí apesta a coches.
Ana cerró los ojos. Recordaba cada noche en que Luis, ya en la ciudad con su madre, lloraba al teléfono pidiendo volver con ella. Ya no llora. Recordaba cómo su viejo, Antonio, fumaba en silencio en el porche, secándose a escondidas alguna lágrima. Le habían dado a ese niño todo su cariño sencillo, y luego se lo llevaron como si fuera un objeto. Y no podían explicarle nada.
Tiene que estar con su madre se convencía Ana entonces, más a sí misma que a su marido. Es lo correcto.
Ana, aún en el tren, había intentado imaginarse a su nieto. “¿Cómo será ahora?” Si había salido a su padre un hombre alto y robusto, seguro que ya despuntaba. Antonio tanto quería verlo, le pedía: “Mujer, haz muchas fotos, aquí me voy a aburrir solo”. Él mismo habría ido, pero cayó enfermo una semana antes de su partida, con fiebre. Solo ayer se levantó, pálido pero terco.
¿Te las arreglarás solo? No puedo quedarme aquí sin saber nada, el corazón me duele se lamentaba Ana mientras guardaba tarros de mermelada en la maleta.
Me las arreglaré, me las arreglaré roncaba Antonio, ajustándose la manta. Vete. Pero mira bien que todo esté bien con Lucía. Algo me dice que no se aleja de nosotros sin motivo.
¡Venga, mamá, levántate que te voy a dar de comer! Lucía la guió hacia el interior del piso, y su voz sonó un poco más cálida. Justo compré sopa de fideos y filetes en la sección de comidas preparadas. ¡Ah, y ahí está Luis! exclamó al oír la llave en la cerradura.
La puerta se abrió, y apareció un chiquillo de diez años, despeinado, con una bolsa de deporte al hombro. Al ver a su abuela, se quedó paralizado un instante, con los ojos muy abiertos, y luego, quitándose las zapatillas de volada, casi saltó por el pasillo para abrazarla con fuerza.
¡Abuela! ¡Has venido!
Ana lo estrechó contra sí, sintiendo su cuerpo cálido, que olía a viento otoñ







