Caíste, chaval…

Ay, chico, qué lío te has metido

Javier no tenía prisa por volver a casa después del trabajo. Y eso que llamar “hogar” a un piso de alquiler era demasiado, más bien un refugio temporal. Dio una vuelta extra por la ciudad. La lluvia azotaba los cristales del coche, el viento arrancaba hojas de los árboles. Una hoja amarilla se quedó atascada en el limpiaparabrisas del lado del acompañante. Se acabó el veranillo de San Miguel. Su padre solía decir: “Dime qué mujeres hay y te diré qué verano hace”.

Su padre. No era ningún santo, le gustaba el vino. Su madre se quejaba, pero a Javier le encantaba cuando volvía achispado. Se ponía cariñoso y le daba unas monedas. Al día siguiente, después del cole, corría a la tienda a cumplir su sueño: comprar una navaja plegable como la de Sergio o una botella de Coca-Cola con unas patatas fritas.

Qué tiempos. Todo parecía sencillo y emocionante, con sus padres ahí para protegerle, explicarle, aconsejarle. Y en aquel pasado lejano estaba una niña, Lucía. Frágil, con el pelo claro y unos ojos azules como el cielo. Parecía que un soplo de viento más fuerte la arrastraría lejos. Por eso siempre la agarraba de la mano.

Pero no dio tiempo a que su relación creciera. Solo la besó una vez, rozando sus labios contra los suyos un instante. Lo único que deseaba era irse muy lejos, de la mano con Lucía.

Su padre era militar, llegó a su colegio en segundo de la ESO. Y al empezar bachillerato, lo trasladaron, y toda la familia se mudó a Zaragoza.

Cuántas veces quiso llamarla o escribirle. ¿Y luego qué? Ellos no volverían, y él difícilmente iría a Zaragoza. ¿Para qué darle esperanzas? Quizá ella pensaba igual, porque tampoco llamó ni escribió nunca.

Pero su memoria, caprichosa, guardó su imagen en el corazón. Solo salía con chicas que se parecían a Lucía. Pero ninguna era como aquel recuerdo (o invención, quién sabía ya).

Y luego se casó con alguien totalmente distinta. Bueno, más bien ella le eligió a él. Estudiaban juntos en la universidad, en el mismo grupo. Salía con otros chicos, y ni siquiera era su tipo. Pero en tercero hicieron las prácticas en la misma empresa. Volvían juntos a casa. Alba venía de un pueblo perdido, aunque decía que era una “localidad”.

En verano, la residencia universitaria se vaciaba, casi todos se iban a hacer las prácticas a sus casas. Pero Alba no volvió. Un día lo invitó a su habitación: había hecho un cocido riquísimo y no quería comer sola.

No tenía otra cosa que hacer, así que Javier fue. Sus amigos le advirtieron: “Las de pueblo quieren pillar a un tío para casarse y quedarse en la ciudad. Por eso son tan complacientes. Cuidado, o sin darte cuenta te clavan un hijo y te ves liado”.

El cocido estaba buenísimo, ni su madre lo hacía tan bien. Y luego pasó lo que tenía que pasar: acabaron en la cama. En el último momento, Javier recapacitó, pero Alba dijo que tomaba pastillas. Durante las prácticas, se lo pasaron en grande. Javier no quería a Alba; la deseaba, pero no como a Lucía.

Volvieron a clase y solo se veían en la uni. Hasta que un mes después, Alba lo paró en el pasillo y le soltó que estaba embarazada.

Dijiste que tomabas anticonceptivos no se lo creía.

Me olvidé un par de veces. Antes no pasaba nada, contigo no hubo suerte. Tengo miedo de abortar, ¿y si luego no puedo tener hijos? se lamentaba con lágrimas sinceras.

Le dio pena, y además se había acostumbrado a ella. Se lo contó a sus padres, les presentó a Alba. Ella ayudó a poner la mesa y de paso le dio un par de trucos de cocina a su madre, ganándose su aprobación.

Qué hacendosa. Ahora sé que mi hijo no comerá comida basura dijo su madre.

Se casaron antes de Navidad. Todo en regla: vestido blanco, tarta, juegos ridículos. ¿Quién demonios inventó eso de llevar a la novia en brazos por un puente? Los amigos le chinaban:

Abre más las piernas, Javi. Acostúmbrate, que ahora toca cargar así para siempre.

Alba era “sana como una manzana”, nada frágil, le costó lo suyo, pero Javier no quedó en ridículo, lo hizo bien.

Ahí se dio cuenta de que estaba atrapado. Pero la vida matrimonial empezó bien. Sus padres se esforzaron y les compraron un piso de una habitación. Alba se preparaba para ser madre, hacía su nidito, y nunca faltaba comida en la nevera. Su madre alababa a su nuera cada vez que iba de visita.

Como suele pasar, todo cambió con el bebé. Alba dejó la uni. Su madre aún trabajaba, pero ayudaba por las tardes. Javier se pasó a distancia y empezó a trabajar en la empresa de las prácticas.

Iba medio dormido al trabajo. La pequeña Marta no paraba de llorar por la noche. En cuanto llegaba, Alba le soltaba a la niña en brazos. Pero cuando venía su madre, como por arte de magia, todo se calmaba. Marta se callaba y dormía, Alba descansaba, y su madre cocinaba mientras canturreaba.

Al irse, le susurraba:

No os déis prisa con el segundo. Hijo, por favor, ten cuidado.

Tras casarse y ser madre, Alba se volvió disciplinada con las pastillas. Hasta se despertaba de madrugada para comprobar si se las había tomado. Qué tarde.

La niña creció, el piso se quedó pequeño, y no había dinero. Javier se graduó y buscó algo mejor. Cambió de trabajo mil veces: o pagaban poco, o le pedían hacer trampas.

No se gana dinero siendo honrado. Los demás se buscan la vida, tú también deberías le regañaba Alba cada vez que dimitía.

Pero él no podía traicionarse. Sostenía la familia solo; Alba terminó la carrera y encontró trabajo como asistente de dirección. No ganaba mucho, pero tenía futuro. Dos sueldos, y aún así faltaba dinero.

Si compraras menos ropa refunfuñaba Javier.

Trabajo en dirección, debo ir presentable. Tú podrías buscar algo mejor.

Alba se quedaba hasta tarde. O había reuniones, o cenas con clientes. Javier se ponía celoso, las peleas eran diarias. Un día, Alba dijo que no quería seguir juntos.

Sabes que tenemos una hija. No nos echarás a la calle, y con un piso tan pequeño no hay opción.

Hace tiempo que lo esperaba. Has tardado mucho en dejarme reconoció Javier. ¿Encontraste a alguien con más dinero?

Si me hubieras escuchado, no estaríamos así.

Nunca me quisiste. Solo me usaste para quedarte en la ciudad

Nunca has vivido en un pueblo, no sabes lo que es calentar agua en una estufa.

Javier sonrió. Al fin admitía que era de pueblo.

Recoge mis cosas, no vaya a ser que me lleve algo que no es mío pidió.

Alba lo hizo todo ordenadamente. No fue a casa de sus padres, alquiló un piso. Y así se quedó solo, sin familia, sin casa, pero con una pensión para su hija. Empezó a beber, no podía dormir sin whisky. Su vecino a menudo le hacía compañía.

Qué suerte tienes, vives solo, bebes lo que quieres, nadie te regaña le envidiaba. Pero cuando su mujer venía a buscarlo, corría feliz tras ella.

Tras perder otro trabajo, Javier entendió que debía dejar el alcohol o ac

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three × 1 =

Caíste, chaval…
Levanté a mi suegra de la cama, pero estoy enfadada porque no quité las malas hierbas del huerto. —¿Qué haces aquí? —gritó mi suegra desde el centro de los parterres de cisnes—. Nunca había visto semejante vergüenza. Y yo no necesito esconderme tras un niño, ¡tuve siete y ni una sola mala hierba! A su grito acudieron ya los vecinos. Se pegaron a la valla como grajos y enseguida comentaron todo lo que oyeron. Al ver público, mi suegra se creció. Dijo de todo, y yo me quedé muda. Al fin, cansada del jaleo, tomó aire y, bien alto para que se enteraran todos los vecinos, dijo: No pronuncié ni una palabra. Pasé tranquila junto a mi suegra y apreté más fuerte a mi hijo contra el pecho. En casa, fui al armario y separé en una caja especial todo lo que mi suegra debía llevarse aquella tarde y la mañana siguiente. Sin pensarlo, metí mis cosas y las de mi hijo en una bolsa. Salí sin decirle una palabra. Tres días después, sonó el teléfono. Era mi suegra: —¿Qué hiciste con esas cosas que el profesor puso allí? Pedí a la vecina que comprara unas cuantas, pero dice que un bote cuesta carísimo. Y de las que vienen escritas en otro idioma, ni hablamos, no se venden ni se cambian. ¿Qué hago? Te has ido, ofendida vaya usted a saber por qué motivo, y aquí estoy yo, esperando a entregar el alma a Dios. No respondí. Apagué el móvil y retiré la SIM. Ya está, hasta aquí llego, no tengo fuerzas físicas ni mentales. Hace un año, poco antes de que naciera mi hijo, mi marido perdió el control en una carretera mojada. Apenas recuerdo cómo fui a despedirlo en aquella última senda, cómo se lo llevó la ambulancia, cómo a la mañana siguiente me convertí en madre… No tenía ganas de nada. Todo me parecía inútil e insignificante sin mi marido. Daba el pecho y acunaba al niño sólo porque debía hacerlo. Me sacó del aturdimiento una llamada. “Tu suegra está mal. Dicen que no sobrevivirá mucho tras la muerte de su hijo”. Tomé una decisión inmediata. Al recibir el alta, vendí mi piso de Madrid y usé parte para construir un hogar nuevo, que mi hijo tuviera algo propio de mayor. Y fui a cuidar de mi suegra. Este año no viví: sobreviví. No dormía, ocupada entre mi suegra y el niño, que andaba intranquilo, y la otra que me necesitaba día y noche. Por suerte, tenía dinero. Llamé a los mejores especialistas de España para examinarla. Compré todo lo recetado, y por fin mi suegra volvió a la vida normal. Primero la paseaba por la casa, luego por el patio. Al final, se fortaleció tanto que empezó a andar sola… y entonces… No quiero volver a verla ni oír de ella. Que se las apañe para permanecer sana. Al menos tuve la sensatez de no gastarme todo el dinero en ella. Nos mudamos a un piso nuevo mi hijo y yo. No imaginé que esto acabaría así. Quise convivir con la madre de mi marido, soy huérfana. Pero ahora ya estoy, sola. Sólo me queda enseñar a mi hijo: no todos merecen buen trato. A veces les importa más tener la huerta impecable.