**CAMPANILLAS**
A Alba y a su madre les faltó solo un paso para alcanzar el tranvía. El viejo vagón tintineó y se alejó de la paranda. Ahora tendrían que esperar unos quince minutos, como mínimo.
¡Siempre vas despacio! ¿Cuántas veces te he dicho que, al volver de la guardería, cuelgues tu ropa y dejes los zapatos en su sitio? Así no perderíamos tanto tiempo. ¿Y para qué necesitabas buscar tus ceras? ¿No podías esperar a casa?
¡Mamá! ¡No lo entiendes! Se lo prometí a Lucía ayer. Y tú siempre dices que una promesa hay que cumplirla, ¿verdad? Alba guiñó un ojo con picardía.
Bueno sí lo digo. ¿Y ahora qué? ¿Llegar tarde? Tengo turno de noche, y todavía debo planchar tu vestido y preparar la cena y el desayuno. ¿Quién lo hará? ¿La abuela Lola?
Mamita, no te preocupes. Todo saldrá bien, no te pongas nerviosa. Eso dice la abuela Lola. ¡Oh! ¡Mira, mamá! ¡Flores! ¿Cómo se llaman? Sobre el banco yacía un pequeño ramo mustio.
Son campanillas. Crecen en el bosque. Alguien las cortó y las tiró aquí. O las olvidó.
¡Mamita, son preciosas! ¡Vamos a llevárnoslas!
¿Poco moco tenemos en casa? Bueno, llévalas, y date prisa, que ya viene nuestro tranvía.
Durante todo el trayecto, hasta su parada, Alba no soltó el ramo. Los tallos estaban rotos, los capullos marchitos, pero para ella eran las flores más hermosas. Moradas, con un aroma sutil, casi mágico, como de cuento. Un señor comentó que, si las plantaban en tierra, revivirían. Una mujer con una gran barriga negó con la cabeza: «Nada de tierra, solo agua». Otra, al bajar, refunfuñó: «Tonterías, mejor comprar claveles». La madre de Alba miraba por la ventana en silencio, mientras la niña olía las flores y susurraba: «Cuando lleguemos, os esconderé. ¡Que digan lo que quieran!».
Alba y su madre vivían en el segundo piso. Bajo ellas, la abuela Lola y su marido, a quien todos llamaban «Don Emilio» con respeto, aunque Alba le decía «abuelo Emi». No eran familia, solo vecinos, pero su relación era más fuerte que la sangre. La abuela ayudaba en las tareas de casa, y el abuelo arreglaba lo que se rompía: puertas, cerraduras Si había que hacer un pastel o llevar a Alba a la guardería, ahí estaba la abuela. Ellos nunca pedían ayuda, decían que tenían de todo y aún podían con sus cosas. Así vivían.
Bajo su balcón crecía un jazmín, y bajo el jazmín, el escondite secreto de Alba. Un lugar que, en teoría, solo ella conocía. Aunque el abuelo Emi y la abuela Lola lo sabían. Pero guardaban el secreto. ¿De qué serviría, si no?
De la paranda a casa, Alba fue saltando. Necesitaba agua, tierra, y salvar sus campanillas antes de que murieran, como dijo aquella mujer en el tranvía. Mientras su madre cocinaba y planchaba, Alba cavó un hoyo bajo el jazmín, plantó las flores y las regó. Pero no revivían. «Quizá todavía duermen», pensó. «Bueno, descansad, voy a despedir a mamá y vuelvo».
Después de cenar y lavar los platos, corrió a ver sus campanillas. Hasta olvidó las ceras que le debía a Lucía.
El sol se había ido, y las sombras envolvieron la ciudad. La abuela Lola terminó sus quehaceres y fue a buscar a Alba. Cuando su madre trabajaba de noche, la niña dormía con ellos. Pero el abuelo Emi la llamó al balcón, señalando en silencio. Allí, agachada junto a su escondite, Alba lloraba. Las campanillas seguían mustias en un charco.
La abuela entendió. Salió de puntillas y se acercó.
¿Qué pasa, Albita?
¡Abuela Lola! sollozó ¡Mis campanillas no quieren vivir! Les he dado agua, pero no se levantan. ¿Se han muerto?
No, cielo, solo están enfermas. Todas las flores se ponen así cuando las cortan.
Yo no las corté. Las encontré en el banco. Alguien las tiró.
Pues mira qué cosa. No llores. Tengo un polvo mágico. Espera aquí.
La abuela volvió a casa, sacó harina de una lata, la puso en una caja de cerillas y regresó.
Aquí está. Ya casi no me queda, pero es suficiente.
¿Qué es?
Polvo mágico para flores. Mira. Esparció un poco sobre las campanillas, murmurando: *«Bruja buena, brujo viejo, cien años de alegría les dejo»*. Luego esparció el resto alrededor. Listo. Ahora necesitan descansar. El polvo hará su trabajo.
¿De verdad es mágico?
Claro, mi vida.
¿Y cuándo despertarán?
Mañana lo veremos. Ahora, a dormir.
Alba suspiró, miró con preocupación sus flores y se fue con la abuela.
Cuando ya llevaba diez sueños, el abuelo Emi, gruñendo, sacó su vieja bicicleta del balcón.
Emi, ¿llevas la linterna?
Sí, mujer, claro.
¿Y la palita?
¡Como si fuera sin ella!
Te llené el termo con té.
¿Té? ¿Para qué?
Por si te cansas.
No es una excursión.
No tardes en el bosque, me preocuparé.
Bah, vuelvo enseguida. ¿Pusiste el plástico?
Sí, Emi. Vamos, con Dios.
El abuelo salió con cuidado, y la abuela cerró la puerta en silencio.
Por la mañana, los gorriones despertaron temprano, y con ellos, Alba. En zapatillas y pijama, corrió a su escondite. Y allí estaba el milagro: en lugar del charco, un hermoso ramo de campanillas vivas. Las olió, acarició sus cabezas moradas y les susurró cosas dulces. Desde el balcón, la abuela Lola y el abuelo Emi sonreían. Y quién sabe quién era más feliz: Alba con sus flores «resucitadas», o ellos, por haberle regalado esa alegría.






