Tres sábados seguidos mi mujer salió ‘a trabajar’. Lo que descubrí lo cambió todo

Tres sábados seguidos, mi mujer se iba “al trabajo”. Lo que descubrí lo cambió todo.

¿Otra vez vas a llegar tarde? Marcos intenta hablar con calma, pero la voz le tiembla.

Vega se queda quieta con el bolso en la mano. Se gira despacio, como si quisiera ganar tiempo.

Sí, el proyecto es urgente. El jefe está como loco, todos están corriendo.

¿En sábado? ¿Tres semanas seguidas?

Marcos, no seas infantil. El trabajo es el trabajo.

Le da un beso en la mejilla, rápido, formal, como si fuera la vecina del ascensor. Huele a un perfume que no es el suyo. Algo dulce, infantil. Marcos frunce el ceño.

Vega, ¿hablamos?

Esta noche. Lo hablamos todo esta noche, ¿vale?

La puerta se cierra de golpe. Marcos se queda en medio del recibidor, apretando los puños. Tercer sábado. Tercer maldito sábado en el que su mujer sale temprano y vuelve agotada, callada, distante.

No aguanta más. Coge las llaves del coche.

Vega sale del portal, mira alrededor. Marcos se agacha dentro del vehículo, afortunadamente estacionado detrás de una furgoneta. Ella toma un taxi. Él enciende el motor.

El trayecto es largo. No va a la oficina, eso lo sabe desde el principio. Terminan en un barrio residencial al otro extremo de Madrid. El corazón le late descontrolado. Va a descubrirlo. Todo va a encajar.

Vega baja frente un bloque de pisos descuidado. Marcos aparca a distancia, la sigue a pie. Ella entra en el portal. Él espera, cuenta los pisos por las ventanas. Tercero. La de la izquierda.

Media hora sin novedad. Hasta que Vega reaparece. Pero no sola.

Con un carrito de bebé.

Marcos casi se desploma. ¿Un bebé? ¿Un niño? No tienen hijos, solo lo hablaban, hasta que empezaron estos sábados…

El niño llora. Vega mece el carrito, murmura algo. Parece torpe, insegura. Del portal sale corriendo una chica Marcos reconoce a la hermana pequeña de Vega, Lucía. La misma Lucía irresponsable que, a sus veinticinco, ya ha estado casada dos veces y divorciada otras tantas.

¡Vega, gracias! Seré rápida, dos horas como mucho.

¡Lucía, dijiste que solo una!

¡Por favor, Vega! ¡Es importante!

Lucía se va corriendo, dejando a su hermana con el bebé que no para de llorar. Vega empuja el carrito de un lado a otro, perdida.

Marcos se aparta tras una esquina, se apoya contra la pared. No hay amante. Hay un sobrino. ¿Pero por qué el secreto? ¿Por qué mentir?

Vuelve al coche, conduce a casa. Necesita llegar antes que ella. Necesita pensar.

En casa, Marcos deambula por las habitaciones. Podría preguntar: “Vega, ¿dónde has estado?”. Pero mentiría lo sabe. Como él también miente.

Porque él también tiene un secreto.

Carla. La secretaria del departamento de al lado. Nada serio solo charlas después del trabajo, cafés, alguna película. Ella escucha sus historias sobre programación, se ríe de sus chistes, lo mira con admiración. Como Vega lo miraba antes. Antes de que su vida se convirtiera en “compra pan”, “paga el recibo”, “otra vez los calcetines tirados”.

Con Carla es fácil. Le recuerda a la Vega que conoció hace siete años. Alegre, despreocupada, capaz de escuchar sus divagaciones sobre código y algoritmos durante horas.

La llave en la cerradura. Marcos se sobresalta, coge el mando, enciende la tele.

Hola Vega asoma la cabeza por la puerta. ¿Te has quedado en casa todo el día?

Sí. No tenía ganas de salir.

Ella pasa a la cocina. Marcos oye el agua correr, los platos chocar. La sigue.

Vega está frente al fregadero, lavando una taza. Hombros caídos, ojeras. En los vaqueros, una mancha parece leche infantil.

Vega.

¿Qué?

Estás agotada.

Se gira, sorprendida.

Sí. Estoy agotada.

¿Cenamos fuera? En ese italiano al que fuimos por nuestro aniversario.

Marcos, estoy destrozada. ¿Pedimos pizza?

Asiente. La observa mientras busca el número a domicilio. Las manos le tiemblan.

Vega, ¿qué pasa?

¿Qué dices?

Estás distinta. Desde hace un mes.

Se queda inmóvil. El móvil se le escapa de las manos, cae sobre la mesa.

Es el trabajo, Marcos. Mucho trabajo.

¿En sábado?

¡Sí! ¡En sábado! ¿Por qué insistes?

Estalla. Marcos ve que está a punto de llorar. Se acerca, la abraza. Ella se tensa, luego cede, entierra la cara en su hombro.

Perdona. Es que estoy muy cansada.

Huele a talco y a algo agrio el bebé habrá regurgitado. Marcos acaricia su espalda, siente su corazón acelerado.

Vega, si pasa algo, dímelo. No soy un extraño.

Se separa, se seca los ojos.

No pasa nada. En serio. Es una mala racha. Pronto mejorará.

La pizza llega en cuarenta minutos. Cenan en silencio, sin mirarse. Luego Vega se ducha y Marcos se queda en la cocina, mirando su trozo frío de jamón y queso.

Podría decirlo. “Vega, te vi con un carrito. ¿Es tu sobrino?”. Pero tendría que admitir que la siguió. Y entonces ella preguntaría: “¿Y tú? ¿Dónde pasas los viernes por la noche?”.

¿Qué respondería? ¿Que toma café con otra mujer? ¿Que le cuenta cosas que hace años no comparte con su esposa? ¿Que a veces piensa: “¿y si”?

El móvil vibra. Un mensaje de Carla: “¿Quedamos el lunes? Quiero enseñarte esa película de la que hablamos”.

Marcos lo borra. No. No quedarán. Basta.

Vega sale del baño en albornoz, el pelo mojado, la cara enrojecida. Se sienta junto a él.

Marcos, mañana no salgamos. Quedémonos en casa. Solos.

¿Y el trabajo?

Al diablo el trabajo.

Sonríe. ¿Cuándo fue la última vez que habló así?

Vale. Nos quedamos.

Ella le toma la mano. Los dedos, fríos pese al agua caliente.

Hemos perdido algo, ¿no?

¿El qué?

Nosotros. Hemos perdido lo nuestro.

Marcos aprieta su mano.

Lo recuperaremos.

A la mañana siguiente, se despiertan tarde. Vega hace tortitas la primera vez en un año. Marcos prepara café, corta fruta. Desayunan en el balcón, aunque hace fresco.

¿Te acuerdas de aquel desayuno en Barcelona? dice Vega. En esa terracita minúscula.

¿Donde casi le tiras la taza a un peatón?

¡No la tiré! ¡Solo la dejé mal!

Se ríen. ¿Cuánto hacía que no reían juntos?

El día transcurre raro. Como si fingieran ser recién casados. Ven una serie abrazados en el sofá. Cocinan juntos Marcos pica verduras, Vega prepara la salsa. No hablan de trabajo, de dinero, de planes. Solo del aquí y ahora.

Por la noche, Vega se duerme sobre su hombro. Marcos la observa el rostro relajado, sereno. La arruga entre sus cejas ha desaparecido. Se parece a la chica que, siete años atrás, derramó café en su cam

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

19 − 8 =

Tres sábados seguidos mi mujer salió ‘a trabajar’. Lo que descubrí lo cambió todo
¿Vas a decir algo? – Me preguntó mientras estaba de pie en mi cocina Hace año y medio, en pleno invierno, mi hijo tenía solo cinco meses. El hermano de mi marido nos pidió si él y su novia podían quedarse una semana en casa. ¿Cómo decir que no? La verdad, no me hacía mucha gracia, acabábamos de tener al niño, yo sin dormir, sin apenas comer, sin tiempo para nada, y la familia sin dejarme descansar. Pero pensé: quizá me echen una mano, podré descansar un poco, conversar y compartir un té. Llegaron con las manos vacías, listos para pasar una semana, ni siquiera trajeron un sonajero para el bebé. Yo tengo la norma de jamás presentarme en una casa con un niño sin llevar algún detalle, así me educaron, pero este debía de ser otro caso. Venían por negocios, pero no dijeron de qué se trataba. Fui una buena anfitriona, cocinaba, limpiaba, les conocí bien. Todo parecía normal, pero en esos días, ella jamás se ofreció a ayudar con la cocina, la limpieza ni con el niño mientras yo me afanaba en las tareas. Ella salía por la mañana, su chico dormía hasta el mediodía, mi marido iba a trabajar y yo corría por el piso con el bebé. Cuando ella volvía, se tumbaba en el sofá hasta la noche, descansando o viendo la tele. Yo, con mi bebé a cuestas, fregaba los suelos llenos de barro por el invierno; preparar la comida, darle de comer y bañar al pequeño. Al tercer día ya no podía más. Se lo conté a mi marido, pero él solo encogió los hombros: que un hombre no debe meterse en asuntos de mujeres. Al cuarto día, mi marido regresó del trabajo y aquellos dos se fueron felices al cine. Entre cuatro terminamos rápidamente la cena, comimos, y cuando todo estaba listo, ellos volvieron. Trajeron cerveza y snacks, por supuesto nada para una madre lactante: al menos podrían haber traído un pastel… La feliz pareja cenó y se fue a ver una película, llamando a mi marido: “Ven, vente con nosotros.” Yo me ofendí, la llevé aparte y le dije: – Perdona, pero podrías ofrecerme tu ayuda al menos una vez; tengo un bebé y estoy agotada. Al menos pela unas patatas para la sopa o simplemente ofrécete a ayudar. – ¿Vas a echarme la bronca? ¡No creo que sea lo adecuado! Yo también estoy cansada. (¿De qué? ¿De estar en el sofá?) – Mira cariño, estás en mi casa. Yo no soy tu invitada, eres tú quien es mi invitada. – ¡No pienso escucharte! – Pues mira, bonita, recoge tus cosas y lárgate de aquí. Hicieron las maletas y se marcharon. Después, estuve mucho tiempo llorando de la rabia. ¿Qué pensáis, es normal comportarse así?