Lo siento por lo que sucedió

Oye, te cuento esta historia como si estuviéramos tomando un café…
“Lo siento por lo que pasó.”
Miguel, ¿estás seguro de que lo llevas todo? ¿No quieres revisar otra vez? grité, detenida frente a la puerta cerrada del baño.
Laura, ¡déjame en paz! Lo tengo todo un maletín lleno, lo viste respondió él sobre el ruido de la ducha. Pero su voz… le temblaba. ¿O me lo imaginé?
El maletín lo vi. Lo que metiste dentro… no murmuré, retrocediendo.
Laura, ¿me haces un café, por favor? Fuerte. Sin leche añadió con tono calmado, cerrando el grifo.
Fui a la cocina, saqué el cazo sin decir nada, vertí agua, puse café molido, un pellizco de sal como le gusta. Tenemos máquina de café, pero a Miguel le encanta el que le preparo yo. “Eres tan detallista”, me decía la noche anterior, llegando tarde del trabajo y viendo cómo, siguiendo la costumbre de la abuela, había envuelto la cena en un trapo para que no se enfriara.
Últimamente siempre llegaba tarde supuestamente por el trabajo. Hacía carrera. Se preparaba para un ascenso. Y yo… me quedaba en segundo plano. Cocinaba, planchaba, aguantaba.
¡Qué aroma divino tiene este néctar! dijo Miguel, entrando en la cocina y apartándose el pelo mojado de la frente. Se sentó a la mesa, alargando la mano hacia la taza.
Laura, hoy viene el mensajero pedí una funda para el coche. Recíbela, por favor. Pago contra reembolso dijo, echando una cucharadita de azúcar en el café.
Claro. Como siempre respondí, sentándome frente a él.
Este viaje no viene en el mejor momento continuó, suspirando. Pero no puedo decir que no. Es una oportunidad, quizá la única. Gerente superior… no es cosa de broma.
Ya… No pensé que en un puesto así tendrías que irte por provincias.
Caprichos de los jefes. Bueno, tengo media hora más, trabajaré desde el móvil.
Se levantó, fue a la otra habitación. No recogió su taza. No importa. ¿Qué le pides? Está muy estresado.
Alargué la mano hacia su taza, y entonces el móvil vibró un mensaje. Lo abrí.
*”Laura, Miguel miente. No hay ningún viaje. Vuela a Italia con Claudia Morán. Detenlo antes de que sea tarde. Va a arruinar su vida con esto.”*
Sofía. Su hermana pequeña.
Algo hizo clic en mi cabeza. ¿Él… con Claudia? No puede ser. ¿Una broma? Pero Sofía no es de las que bromean con estas cosas. Y desde luego no mentiría.
Todo dio vueltas ante mis ojos. El aire se volvió pesado, como de hormigón. Apenas podía respirar, me levanté con dificultad, me serví agua y volví a caer en la silla.
Quería gritar. Romper todo. Y en mi mente solo quedaba una pregunta: *”¿Por qué?”*
Apreté los puños de rabia. Quería correr hacia él, montar un escándalo, arrancarle la máscara. Pero… no lo hice. No valía la pena.
Que se fuera. Y yo le prepararía una sorpresa. No con gritos con hechos.
Abrí la aplicación del banco. En la cuenta común doce mil euros. Sorprendentemente, aquí sí había tenido tiempo de actuar tres mil ya no estaban. Mi dinero, por cierto. Mis honorarios por proyectos, noches enteras trabajando. Y él… con mis ahorros se llevaba a su primer amor de vacaciones.
De Claudia ya sabía. El propio Miguel me lo contó, y Sofía lo mencionó una vez. Amor de instituto, una chica rebelde. Lo dejó dos veces primero por un hombre mayor, luego por uno con “futuro”. Ahora había vuelto. Y Miguel había caído otra vez. Y seguía mintiendo.
Podría al menos haber sido honesto: *”Laura, me gusta otra persona. Lo siento.”* Habría dolido, sí. Pero no de esta manera tan ruin. En cambio, actuó como una rata. Cogió el dinero, mintió con el viaje, llenó el maletín…
Bueno. Yo me quedaría con el resto del dinero. Hoy. Hasta el último céntimo. Después divorcio. Sus cosas por mensajero a sus padres.
Miré el calendario mañana al mediodía había una presentación importante en línea. Si salía bien me iba de vacaciones. No a Italia, no. A España, quizá. O a algún sitio donde él no hubiera pisado.
Laura, me voy, he decidido salir antes dijo, entrando en la cocina bien vestido, con corbata.
Buen viaje. Que te vaya bien respondí, apretando la taza entre mis manos.
¿Qué tono es ese?
Te lo has imaginado.
Vas a echarme de menos…
Dudo que tengas tiempo para eso.
¿No me ayudas con el maletín?
Prefiero fregar los platos.
Vale, me voy.
Vete.
La puerta se cerró de golpe. Miguel ni siquiera sospechaba que se iba para siempre. Mañana cambiaba las cerraduras.
Me senté en la silla. Rompí a llorar. Amargo. De dolor, de humillación. Traidor.
Otro mensaje de Sofía:
*”Laura, ¿estás bien?”*
Me sequé las lágrimas, marqué su número.
Sofía, ¿cómo lo sabías?
Una amiga de Claudia me lo contó. Se ha pegado otra vez a Miguel. Y él ha picado. Laura, lo siento mucho…
Gracias por avisarme. No lo he detenido. Que se vaya.
Es un idiota. Ella lo pisoteará por tercera vez.
Es su elección. Sofía, no le digas que lo sé.
Ni siquiera quiero hablar con él. ¡Estoy harta!
Gracias. Nuestra relación debe seguir. Aunque nos divorciemos.
Claro, Laura. Ánimo.
Abrí de nuevo la aplicación del banco. Faltaban mil euros. ¡Qué prisa tenía! No. Respiré hondo. Lo transferí todo a mi madre, cerré el móvil y miré por la ventana cómo el sol se ponía, sabiendo que mañana volvería a salir, sin él.

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