La luz del sol, filtrándose a través de las cortinas semitransparentes, acariciaba suavemente una fotografía enmarcada en plata: la imagen de una mujer cuya sonrisa se había congelado en el tiempo, cuya vida se había truncado demasiado pronto. Javier permanecía inmóvil en su sillón, como una estatua, contemplando el rostro de Lucía. Sus ojos ya no lloraban, pero por dentro todo se contraía, como si unas manos invisibles le apretaran el corazón. Las lágrimas se habían secado, dejando tras de sí un regusto amargo, como la sal en los labios después de llorar desconsoladamente.
«Dios, Lucía Solo 34 años Toda una vida por delante» Los pensamientos atravesaban su mente como balas. Nueve días. Nueve días desde que estuvo junto a su tumba recién abierta, sintiendo cómo la tierra se hundía bajo sus pies. Nueve días desde que escuchó su voz por última vez, desde que vio su perfil, desde que inhaló su aroma, ligero, con notas de vainilla y algo etéreo.
Javier era ocho años mayor que su esposa. A sus 42, se consideraba un hombre maduro, equilibrado, responsable. Siempre había visto a Lucía como un ser frágil, necesitado de protección, como una flor que se marchitaría sin cuidados constantes. Creía que era delicada, incapaz de enfrentar la crudeza del mundo. Pero se equivocaba. Se había equivocado desde el principio. Detrás de su apariencia delicada y su voz melodiosa se escondía una mente afilada, astuta y calculadora. Lucía sabía manipular, mentir, desaparecer cuando le convenía. Vivía bajo sus propias reglas, sin preocuparse por las consecuencias.
Su historia comenzó diez años atrás, en una noche en la que el destino los unió en medio de una fiesta ruidosa y luminosa, en casa de amigos comunes. Para entonces, Javier ya era un empresario exitoso. Su negocio crecía, sus ingresos aumentaban, y las oportunidades se desplegaban como un mapa de un mundo por descubrir. Él era el centro de atención, pero su mirada se clavó en una figura solitaria junto a la ventana.
Una joven de pelo oscuro, vestida con un ajustado vestido negro, parecía sacada de la portada de una revista de moda. Sus ojos, profundos como un lago al anochecer, miraban hacia la distancia mientras sostenía una copa de vino tinto. Lucía. En ese momento, no solo le pareció hermosa, sino un enigma, un desafío, un imán al que era imposible resistirse.
Esperó a que su copa se vaciara y, con otra llena, se acercó como el protagonista de una película romántica.
¿Puedo hacerte compañía? preguntó con una sonrisa ligera.
¿No te da miedo que te diga que no? respondió ella, con un brillo travieso en la mirada.
Sí admitió con honestidad. Pero el riesgo vale la pena.
Su conversación fluyó como música, sin esfuerzo. Hablaron de libros, de viajes, de las estrellas. Lucía era inteligente, ingeniosa, con un humor afilado como una navaja. Javier quedó hechizado. Sentía su corazón latir más rápido, como si, por primera vez en años, recordara cómo amar.
Más tarde descubriría que Lucía había llegado allí por casualidad. Trabajaba en una floristería donde los invitados habían comprado rosas y lirios. Al escuchar una conversación, decidió entrar, solo por curiosidad. Pero Lucía nunca hacía nada sin un motivo. No fue la curiosidad lo que la llevó allí, sino la oportunidad. Y la oportunidad la aprovechó.
Por entonces, Javier estaba casado. Tenía un hijo de ese matrimonio, pero su relación con su esposa se había convertido en una rutina fría. Solo el pequeño Mateo los mantenía unidos. Pero cuando apareció Lucía, todo cambió. Ella fue como un huracán: hermoso, destructivo e inevitable.
A los seis meses, Javier pidió el divorcio. Al año, se casó con Lucía.
Sin embargo, la idilio familiar fue una ilusión. Lucía, convertida en esposa y madre, no cambió. Seguía frecuentando salones de lujo, gastando dinero en bolsos de diseñador, reuniéndose con amigas en bares de moda. A su hijo, Daniel, apenas le prestaba atención. «Es un estorbo», decía. «¡Necesito respirar!»
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