Encuéntrale alguien, aunque sea cualquiera

**Diario personal**

No soporto más esto. Con ella, acabaré siendo una solterona de verdad. Escucha, Mari, llévate a mamá contigo, te lo pido. Que se ocupe de tus hijos, no de mí.

Elena Tú misma te lo buscaste. Montaste un número de pequeña y ahora pagas las consecuencias respondió María con calma, casi cansada. No tenías que montar tantos dramas.

¡Vale, me equivoqué, lo admito! Era una niña tonta. ¿Pero es que va a amargarme la vida para siempre?

Ahora no tiene vida propia, gracias a ti. Querías que viviera por ti: ahí lo tienes, disfrútalo.

¡Mari, por favor, inventa algo, que eres lista! Si os la lleváis, todos saldríamos ganando. Os ayudaría con los niños, y yo por fin saldría de esta cárcel suspiró Elena. O al menos habla con ella. A ti sí que te escucha.

Arregladlo vosotras María frunció el ceño. Solo puedo dar consejos. Le arruinaste su vida personal, así que ahora ayúdala a reconstruirla. Búscale amigas, aficiones, pretendientes. Cualquier cosa, hasta un perro o un gato. Distráela.

Elena, como siempre, quería que otros resolvieran sus problemas. María podría haberla ayudado, pues su relación con su madre era distinta, pero no quiso. Que recoja lo que sembró.

Su padre las abandonó cuando María tenía once años. Elena solo tres. Sin ayuda, María creció a marchas forzadas: recogía a su hermana del colegio, cocinaba, limpiaba y estudiaba de madrugada. Quizá por eso se volvió tan responsable. Elena, en cambio, nunca lo fue.

María dejó el nido pronto, apenas terminó el instituto. Quería libertad, cansada de ser una segunda madre. Además, intuía que a su madre, Valentina, le vendría bien. Sabía que era joven aún, que merecía una vida propia.

Valentina lo aprovechó y empezó a salir con Jorge, un compañero de trabajo. Pero Elena, con doce años, lo vivió como el fin del mundo. No quería intrusos en su vida. Además, ahora tenía tareas en casa, algo que la enfurecía.

Elenita, cuando termines, friega los platos pedía su madre.

Al principio lo hacía, aunque rezongando. Luego se negó.

No quiero.
¿Por qué? se sorprendía Valentina. Todos tenemos obligaciones. Yo cocino, Jorge trae la compra
¡No voy a fregar los platos de tu Jorge! la interrumpía. ¿Por qué tengo que revolver sus sobras?

Y lo decía delante de él. Jorge intentaba conectar con ella: le traía peluches, preguntaba por sus gustos, si alguien la molestaba en clase. Era paciente, pero no servía de nada. Quizá el abandono de su padre la hacía temer que su madre la dejase sola. O quizá solo le molestaba un extraño en casa. Sea como fuera, intentó echarlo.

Provocaba a Jorge, acusaba a su madre de cambiarla por «un cualquiera», montaba escenas. Dejó los estudios y hasta hizo huelgas de hambre aunque a veces asaltaba la nevera por la noche.

Valentina esperaba que se calmase, pero no. El colmo fue cuando anunció que se casaría.

Elenita, ¿qué te parecería que Jorge formase parte oficial de la familia? preguntó con cuidado.

Y entonces estalló todo. Elena se opuso rotundamente, acusando a Jorge de aprovecharse y querer su piso. Cuando se quedó sin argumentos

Si os casáis, me voy. Total, ya no os importo.
¡Elena! Eres mi hija, y la de Jorge también.
¡Ja! Seré la criada. «Tráeme esto, vete de aquí». Prefiero vivir con Mari antes que estorbar vuestra felicidad.

Valentina no supo qué hacer. Temía perder a su hija y, después, a Jorge, como su primer marido.

Atrapada, hablaba con María, quien veía las rabietas de Elena con escepticismo.

¿Crees que le abriría la puerta en esas condiciones? se reía. Aguantaría un rato en el portal y volvería con el rabo entre las piernas. O mejor: le daría tal bienvenida que saldría corriendo. Si quiere vivir conmigo, que colabore. No soy su sirvienta.

María estaba segura de que eran amenazas vacías, pero Valentina no quiso arriesgarse.

¿Y si se va de verdad? Si tú no le abres podría acabar en la calle.

Al final, el miedo venció, y Valentina rompió con Jorge. Primero dejaron de vivir juntos, luego las citas se esfumaron.

Como quería Elena, su madre se centró en ella pero no como esperaba. Valentina, ya sobreprotectora, se volvió un dragón guardián. La llevaba y traía del instituto, no la dejaba salir, la llamaba si se retrasaba.

Están los tiempos muy malos. Te pueden secuestrar. Mejor vamos al cine juntas cuando pueda.

Elena creía que era venganza. La verdad era que Valentina no tenía nada más. ¿Dónde volcar su atención si no tenía vida propia? Y si su hija desaparecía

Elena intentó escapar. Quería estudiar en otra ciudad, pero su madre montó un drama con lágrimas y el tensiómetro en mano.

¿Me vas a dejar sola? Solo te tengo a ti.
Mamá, necesito independizarme.
¿Dónde vivirás? ¿En una residencia? ¿Quién te protegerá? Además, no tenemos dinero.

Valentina se aferró a ella como a un salvavidas. Elena se quedó. Quizá por miedo, quizá por culpa.

Y empeoró. Cuando a Elena le salieron pretendientes, Valentina pareció declarar una cruzada por su pureza. Control total, críticas constantes: este es un fresco, aquel un mujeriego, el otro demasiado educado Las relaciones no duraban nada.

Mientras, con María, Valentina era la suegra perfecta: hacía pasteles, no se entrometía.

No es extraño que Elena estallase. Pero María no quiso meterse. Primero, porque no fue ella quien armó el lío. Segundo, porque acabaría pagándolo. Que Elena se las apañase.

Y, sorprendentemente, lo hizo.

Un día, María vio en redes que Elena ponía «en una relación». No lo creía y la llamó.

¿Se te puede felicitar? sonrió. ¿O es solo para llamar la atención?
Bueno, algo hay respondió Elena, extrañamente serena. Pero que no se entere mamá todavía
¿Qué tiene que ver mamá?

Entonces le contó todo. Había localizado a Jorge, descubrió que seguía soltero y quedó con él en un café, diciendo que quería disculparse. Luego invitó a su madre al mismo sitio y no fue.

Valentina se enfadó al principio.

¿Me has concertado una cita a escondidas? ¡Podría haberme arreglado!

Pero se notaba que ese encuentro inesperado le había devuelto algo olvidado. Esa noche, por primera vez en años, no se sintió solo madre, sino mujer.

Volvió a hablar con Jorge. Sin prisa, sin pasión juvenil, pero bastó para que tuviera vida propia. No hablaban de boda ni de convivencia, pero Valentina dejó de vigilar a Elena las 24 horas.

A Elena se le quitó un peso. Y María, al escuchar la historia, pensó: el círculo se cerraba. De pequeña, Elena arruinó el romance de su madre; ahora, lo rescataba. No era un cuento de hadas, solo vida con sus pérdidas, miedos y pequeñas victorias. Pero al menos, cada una tuvo lo que merecía y un poco de esperanza.

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Encuéntrale alguien, aunque sea cualquiera
SIN ALMA… Claudia Vázquez regresó a casa. Había ido a la peluquería, a pesar de su edad respetable; acababa de cumplir 68 años y seguía mimándose con visitas regulares a su estilista. Claudia Vázquez se arreglaba el cabello y las uñas, y estos pequeños gestos la animaban y le levantaban el ánimo. —Claudia, ha venido a verte una pariente. Le dije que llegarías más tarde. Prometió volver —le informó su marido, Julián. —¿Qué pariente? Si ya no tengo familia. Debe de ser una parienta de séptimo grado… seguro que viene a pedir algo. Tendrías que haberle dicho que me he ido al fin del mundo —contestó Claudia, molesta. —¿Por qué mentir? Yo creo que sí es de tu familia; es alta, elegante, se parece a tu suegra —que en paz descanse—. No me pareció que viniera a pedir nada. Es una señora educada y bien vestida —intentó tranquilizar Julián a su esposa. Cuarenta minutos después, la pariente llamó a la puerta. Claudia la dejó pasar. En efecto, se parecía a la madre difunta, y vestía con ropa cara: abrigo, botas, guantes, pendientes con pequeños brillantes. De eso Claudia sí entendía. Invitó a la mujer a sentarse a la mesa ya preparada. —Bueno, si somos familia, presentémonos. Soy Claudia, sin más, veo que tenemos edades similares. Este es mi marido Julián. ¿Por qué lado eres mi pariente? —preguntó la anfitriona. La mujer vaciló, se sonrojó levemente: —Soy Galina… Galina Valdés. Realmente, nos llevamos pocos años. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿No te dice nada esa fecha?— Claudia se quedó pálida. —Veo que lo recordaste. Sí, soy tu hija. No te preocupes, no quiero nada de ti. Solo vine a ver a mi madre de sangre. Toda mi vida viví sin saber, sin entender por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella ya hace ocho años que falleció. ¿Por qué solo mi padre me quería? Murió hace apenas dos meses. Antes de irse, me habló de ti. Me pidió que lo perdonaras, si pudieras —contó Galina, nerviosa. —No entiendo nada. ¿Tienes una hija? —preguntó el asombrado Julián. —Parece que sí. Ya te lo explicaré luego —respondió Claudia. —¿Así que eres mi hija? ¡Perfecto! ¿Ya me has visto? Si crees que me voy a arrepentir y a pedir perdón, no, no lo haré. Yo no tengo culpa de nada —contestó a Galina—. Espero que papá te lo haya contado todo. Si crees que vas a despertar sentimientos maternales en mí, tampoco, ni un poco. Perdona. —¿Puedo volver a verte? Vivo aquí cerca, en el área metropolitana. Tenemos una casa grande de dos plantas, podéis venir tú y Julián. Quiero que te acostumbres a la idea de que existo. Te he traído fotos del nieto y de la bisnieta, ¿quieres verlas? —preguntó Galina, tímida. —No. No quiero. No vengas. Olvídame. Adiós —le contestó Claudia, tajante. Julián pidió un taxi para Galina y la acompañó a la puerta. Cuando regresó, Claudia ya había recogido la mesa y veía tranquilamente la televisión. —¡Qué temple tienes! Podrías mandar en un ejército; ¿es que no tienes alma? Ya sospechaba que eras implacable, pero nunca pensé que tanto —le dijo su marido. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues, querido Julián, mi alma la quebrantaron mucho antes. Siempre fui una chica de pueblo soñando con la ciudad; por eso estudié más que nadie, fui la única del curso que entró en la universidad. Tenía 17 cuando conocí a Vicente. Lo amaba desesperadamente. Era casi 12 años mayor pero no me importaba. Tras una infancia pobre, la ciudad era como un cuento de hadas. La beca no alcanzaba para nada. Siempre tenía hambre y aceptaba encantada sus invitaciones a cafés o a tomar helados. Vicente nunca prometió nada, pero yo pensaba que, con tanto amor, acabaría casándose conmigo. Una noche me invitó a su chalet y fui sin dudar. Pensé que tras aquello, se uniría a mí para siempre. Las visitas al chalet se hicieron frecuentes. Pronto supe que esperaba un hijo. Se lo conté. Se alegró mucho. Viendo que pronto se notaría, pregunté cuándo nos casaríamos. Acababa de cumplir 18, ya podía firmar en el registro civil. —¿Cuándo dije yo que nos casaríamos? —contestó Vicente con otra pregunta. —No lo prometí, ni lo haré. Además, ya estoy casado… —siguió, tranquilo. —¿Y el niño? ¿Y yo? — —¿Y tú? Eres joven y sana, podrías ser estatua de atleta. Pídete una excedencia en la universidad. Mientras no se note, estudia; luego, mi mujer y yo te llevaremos con nosotros. No logramos tener hijos; quizá porque mi esposa es mucho mayor. Cuando nazca, nos lo quedamos. Eso de los papeles lo resolvemos; yo, aunque joven, no soy cualquiera en el ayuntamiento. Mi esposa es jefe de sección en el hospital. No te preocupes por el bebé. Cuídate, y después de dar a luz, vuelves a la uni. Te pagaremos además. Nadie hablaba de maternidad subrogada entonces. Yo debía de ser la primera. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver al pueblo y deshonrar a mi familia? Hasta dar a luz viví con ellos en la casa. La esposa nunca me habló, quizás celosa. Tuve a la niña allí mismo, con matrona; todo correcto. No la amamanté: la niña se la llevaron enseguida. No la volví a ver. Una semana después me despidieron educadamente. Vicente me dio dinero. Volví a la universidad. Luego, trabajé en la fábrica, primero como obrera, luego jefa de control de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie me pidió matrimonio hasta que apareciste tú. Tenía ya 28, ni quería casarme, pero tocaba. El resto ya lo sabes. Hemos vivido bien: tres coches, casa abundante, campo cuidado, veranos de viaje, la fábrica aguantó los 90 porque solo allí fabricaban los instrumentos para los tractores. El resto sigue vigilado por alambradas y torres de guardia. Nos jubilamos con privilegios. Tenemos de todo. No hace falta hijos; viendo cómo son ahora… —concluyó Claudia su confesión. —No hemos vivido bien. Yo te he querido, siempre he intentado calentar tu corazón, pero nunca pude. Ni hijos, ni un cachorro o un perrito has querido jamás. Mi hermana pidió ayuda para la sobrina, ni una semana la dejaste en casa. Hoy vino tu hija y, ¿cómo la trataste? ¡Tu hija! Tu sangre, y tú… Si fuésemos jóvenes, me habría divorciado, pero ya es tarde. Eres fría, tan fría —le reprochó Julián, enfadado. Claudia hasta se asustó; jamás su marido le había hablado así de brusco. Toda su tranquila vida fue alterada por esa hija. Julián se fue a la casa del campo. Últimos años, vive allí. Tiene tres perros rescatados y no saben cuántos gatos y gatas. Rara vez vuelve a casa. Claudia sabe que visita a la hija Galina, que conoce a todos y adora a la bisnieta. —Siempre fue un poco ingenuo, sigue siéndolo. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca sintió curiosidad ni por la hija, ni el nieto, ni la bisnieta. Viaja sola al mar. Descansa, se recupera y se siente de maravilla.