**Boda por Casualidad**
El verano estaba siendo abrasador, y Lucía paseaba por su casa en bañador. ¿A quién iba a molestar? Vivía sola, así que podía hacer lo que le viniera en gana. Además, su ansiado descanso había llegado, y si sus dos amigas lograban convencer al jefe de darles una semana sin sueldo, las tres se irían directas a la playa.
Una mañana, Lucía entró en la cocina para poner la cafetera cuando sintió que alguien la miraba. Al alzar la vista, vio a un hombre de mediana edad observándola con interés desde el balcón del edificio de enfrente, a unos veinte metros. Aunque no estaba desnuda, se cubrió rápidamente con una toalla. Desde ese día, el desconocido no perdió detalle de sus movimientos. «Se acabó la libertad», pensó. Ahora tenía que llevar bata pese al calor sofocante, porque en su cocina no había aire acondicionado.
Un día, decidió salir a la calle y, al mirar hacia el quinto piso del edificio contiguo, allí estaba él, en su puesto habitual. Lucía le hizo señas para que bajara. Él señaló a sí mismo, como preguntando: «¿Yo?». Ella asintió. «¿A quién si no?».
Apareció enseguida: hombre regordete, pelo rizado y una incipiente calva brillando bajo el sol.
«¡Vaya personaje! pensó Lucía. Es todavía peor que desde la ventana».
Hola dijo él, inclinando ligeramente la cabeza con una sonrisa torpe.
Hola respondió ella. ¿Por qué me estás espiando?
¿Ya nos tuteamos? se sorprendió él, descolocado por su franqueza.
Después de haberme visto en bañador, lo mínimo es que te cases conmigo.
Pues no me importa contestó él sin dudar.
¿Cuándo presentamos los papeles? siguió ella el juego.
Ahora mismo. Llevo el DNI dijo, dándose una palmada en el bolsillo del chaleco mientras la miraba fijamente. Lucía rebuscó en su bolso.
El mío también está aquí.
¿Vamos entonces?
Vamos encogió los hombros, como diciendo «qué más da».
«¿En qué me he metido?», se preguntó en el taxi, pero no dio media vuelta. Presentaron los papeles y solo en el registro civil supieron sus nombres completos: él era Gonzalo. Gonzalo Méndez López.
¿Adónde vamos ahora? Una pena no tener el coche, pero no pensé que
A casa. Y no me mires así, no habrá fase de enamoramiento. Después del sí quiero, empezamos la vida de casados directamente.
¿Pero te has vuelto loca? se escandalizaron sus amigas cuando Lucía les anunció la boda, programada para un mes después. ¿Estás tonta o qué?
Bueno, siempre podemos retirar los papeles.
¿Y él? ¡Va a sufrir!
Eso es problema suyo. Que no ande fisgoneando a mujeres ajenas.
¡Pero si eres soltera! Lucía, ni siquiera lo quieres.
¿Y de qué sirvió que tú te casaras por amor?
Ahora lo odio.
Pues yo ahora no lo quiero, pero quizá después no pueda vivir sin él.
Gonzalo seguía observando a su futura esposa, desconcertado por su comportamiento. Aunque él tampoco se quedaba atrás: se iba a casar con una desconocida solo porque era guapa. Notó que Lucía, consciente de su vigilancia, evitaba pasar tiempo en la cocina. Él se escondía tras la cortina, pero no cejaba en su empeño. Y no fue en vano.
Un día la vio salir de casa con una maleta enorme y perderse tras una esquina.
«Ah, por eso no me deja entrar. Quiere darse un último festín antes de casarse. Bueno, veremos si merece la pena».
Se vistió rápido, metió un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón (no había tiempo para hacer la maleta) y se fue directo al aeropuerto. La encontró enseguida: Lucía estaba con sus dos amigas. Volaban a Mallorca, así que él compró un billete para el mismo destino, aunque salió unas horas después.
«¿Y qué hago aquí? pensó Gonzalo, sentado en la playa. Podría estar en cualquier sitio. Menuda pérdida de tiempo».
Hasta que vio un bañador familiar. ¿Era ella? Sí, era Lucía.
«¡Vaya suerte!».
Las chicas bebían vino en la playa, sin preocuparse por nada. Lucía ni imaginaba que su futuro marido sabía dónde estaba. Él averiguó el hotel donde se alojaban y reservó una habitación sin problemas. La vigilancia era fácil, y ella no sospechaba nada. Gonzalo confirmó que Lucía solo quería divertirse, sin ningún otro hombre alrededor, lo cual le dejó satisfecho. Pero un día se toparon por casualidad en la calle, y Lucía, recordando que la mejor defensa es un buen ataque, le espetó:
Así que así preparamos la boda, ¿eh? Paseando por la playa.
Tú tampoco has venido aquí por trabajo.
No te veía por ningún lado, así que decidí tomarme un descanso.
Yo te vi escaparte con la maleta y te seguí.
¿Me estás espiando?
Qué va. Solo descanso antes de la boda.
Yo también. ¿Has estado casado antes?
Sí.
¿Hijos?
Ninguno. ¿Tú?
Divorciada. Tampoco tengo hijos. ¿Te casas conmigo para fastidiar a alguien? Ni siquiera te quejaste.
No, para nada. Pero, viendo mi físico, tú sí que lo haces por despecho.
Tampoco.
Entonces, ¿por qué?
Estoy harta de que siempre me busquen guapos y atletas. ¿Tan difícil es probar con un tipo normal?
Con un operario de grúa.
Sí, con un operario de grúa. Por cierto, ¿cómo está la grúa sin ti? ¿Te echa de menos?
Estoy jubilado.
¿¡Qué!?
Trabajé en un taller con altas temperaturas. Me jubilé a los cuarenta y cinco.
Menos mal. Yo solo tengo treinta y ocho.
Lucía, nunca te arrepentirás de haberte casado con un simple operario de grúa.
Eso espero.
Pasaron diez años.
¿Recuerdas cómo nos conocimos? preguntó Lucía, abrazando a su marido con cariño.
¡Claro! rio Gonzalo.
Shhh, no despiertes a los niños.
Te prometí que no te arrepentirías. Nunca te lo he preguntado ¿Cumplí mi palabra?
La superaste. Mis amigas están que trinan de envidia.
Qué le vamos a hacer, ellas buscan el amor
Y está bien. Nosotros no somos como los demás.
Da igual. Lo importante es que seamos felices.







