Vaya Metedura de Pata

**Un pequeño error**

El taxi se detuvo cerca de la entrada de la discoteca, que en la oscuridad brillaba con luces de colores. Lucía abrió la puerta y bajó, agradeciendo al conductor antes de despedirse. Llevaba unos vaqueros ajustados y un top de tirantes que le sentaban de maravilla. Nunca fue fan de los tacones altos, y esa noche tampoco hizo excepción, aunque su amiga le había suplicado que se pusiera unos sandalias y un vestido elegante.

Dentro, la música retumbaba y el local estaba lleno de gente joven, aunque desde fuera apenas se escuchaba nada.

¡Hola, guapa! La cumpleañera, Marta, se abalanzó sobre Lucía y la abrazó con fuerza. ¿Lista para recibir felicitaciones y regalos? dijo, sonriendo y moviéndose al ritmo de la música.

A Marta le encantaba ser el centro de atención y las fiestas bulliciosas, algo que no podía decirse de Lucía. Esta última se sentía fuera de lugar entre luces parpadeantes y caras apenas visibles en la penumbra. Habría preferido una tarde tranquila en un café o viendo una película en casa, pero la amistad a veces exige sacrificios.

¡Voy a presentarte a unos chicos geniales! Marta la agarró del brazo y la arrastró hacia la barra, donde dos chicos altos charlaban y reían. El moreno se giró y dijo con voz grave:

Hola, soy Alejandro. Y este es mi hermano, Pablo.

Lucía sintió que el corazón le latía más rápido. Sus ojos oscuros parecían traspasarla, y por un instante, fue como si estuvieran solos en medio del bullicio.

Encantado de conocerte. Eres como un rayo de sol en este antro oscuro dijo Alejandro con una sonrisa, y Lucía soltó una risita.
¡Gracias por el piropo! Creo que nos llevaremos bien.
Eso no lo dudes. Ya verás, Lucía, este tío te volverá loca bromeó Pablo, terminando su cóctel.

La noche, llena de música, risas y copas, pasó volando. Alejandro se mostró todo un caballero y la acompañó hasta su portal. Camino a casa, charlaron con una naturalidad que parecía de años.

Ya es tarde. Gracias por esta noche tan agradable dijo Lucía, y un silencio incómodo flotó en el aire.
Ha sido un placer conocerte. Eres increíble ¿Puedo llamarte mañana? preguntó Alejandro, algo tímido.
¡Te esperaré con ilusión! Lucía le dio un beso en la mejilla y desapareció tras la puerta.

Era tarde, sus padres ya dormían, aunque no estaban acostumbrados a que llegara a esas horas. Subió de puntillas a su habitación, pero le costó dormirse: el recuerdo de la sonrisa de Alejandro no la dejaba en paz.

A la mañana siguiente, se despertó y, al entrar en la cocina, se sorprendió a sí misma sonriendo. Un cosquilleo cálido le inundaba el pecho, y el estómago le revoloteaba como si tuviera mariposas.

Estoy enamorada susurró, riéndose suavemente.

El domingo lo pasó entre quehaceres, y por la tarde quedó con Marta en su café favorito. Compartieron risas y detalles de la fiesta.

¡Se te veía la cara cuando te miraba! Pronto iremos a tu boda le guiñó Marta.
Creo que es la primera vez que me enamoro de verdad confesó Lucía, bajando la mirada.
¿Creo? ¡Niña, estás perdidamente enamorada! se rio Marta.

Marta siempre tuvo éxito con los chicos, pero sus romances eran aventuras pasajeras. Lucía, en cambio, era todo lo contrario, aunque eso nunca afectó su amistad.

Pasó el lunes, el martes y el miércoles, pero la llamada prometida nunca llegó. Lucía revisaba el móvil cada veinte minutos, pero solo encontró decepción.

¿Se olvidó? ¿Cambió de opinión? ¿Está ocupado? ¿Apareció otra? Su mente no paraba de inventar excusas.

Al salir de clase, vio a Alejandro esperándola con un ramo enorme. Sintió alegría, rabia y, finalmente, alivio.

¡Perdóname! Todo fue muy repentino explicó.

Un amigo suyo lo llamó porque se le averió el coche en medio de la nada. Pasaron horas intentando sacarlo, y luego se les agotó la batería del móvil.

¡Menuda historia! Y yo ya me había inventado mil dramas se rio Lucía.
Para compensar, te invito a cenar esta noche dijo él con su sonrisa irresistible.

Esa noche, en un restaurante íntimo, la música en vivo y la comida exquisita hicieron que a Lucía se le

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