Por la mañana, el día antes de cumplir cincuenta años, Natalia Desamparados se despertó de mal humor. Y, viendo los últimos acontecimientos de su vida, nadie la hubiera juzgado por su falta de optimismo. Estaba tumbada en la cama, con los ojos cerrados, hablando solamás bien constatando su situación: «¡Mañana cumplo cincuenta! ¡Es demasiado! ¿Y qué tengo? Estudié mucho. Me casé joven. Nunca le fui infiel a mi marido. Crié a una hija maravillosa, que también se casó pronto. Llevo dieciocho años trabajando en el mismo sitio. Enseño geografía a los niñosles hablo de lugares donde nunca he estado y nunca estaré. A menos que, por algún milagro, un huracán traiga el océano y la Gran Muralla China hasta mi casa. Pero espero que no, porque el océano lo ensuciarían en un día y la muralla la llenarían de grafitis. Tengo tres diplomas del gobernador y unas hemorroides en fase aguda. La mayoría de mis alumnos me odian a mí y a mi asignatura. ¿Para qué les sirve la geografía? ¿Para qué necesitan saber todo eso? Para ellos, pierdo su juventud hablando de sitios donde nunca estarán. La profesora de geografía es un elemento inútil del sistema educativo, y ellos no se cortan al decirlo. Tengo esa belleza especial de la que no se habla. Cuando una mujer es así, suelen decir que es buena persona y una gran ama de casa. Soy un tomate rosa, y si me da el sol, pues rojo. Y el pelo del color de un ala bueno, no, el pelo canoso, simplemente. Y encima, mi marido se atiborró de peras. No en sentido figurado, literalmente. Mi esposo, Pedro, estaba en casa de su madre, que vive en el quinto pino, como nosotros, pero en el extremo opuesto de Españacomo si viviéramos en una nalga y ella en la otra, con un abismo en medio. Se hinchó a peras verdes, recién cogidas del árbol, y se perdió el tren. Y lo de “perderse” tampoco es metafórico. El próximo tren pasa en una semana. Mi hija y mi yerno estaban en el lejano Japón porque “mamá, total tú no celebras nada, y el viaje era casi gratis”. Así que mi cumpleaños lo pasaré sola. En resumen: mi marido es un inútil, mi hija prefiere al “cuco nocturno” con su viaje gratis antes que a su madre. Nadie me quiere ni me respeta. Solo me necesitan para comer y para que les ponga un cuatro».
Con estos pensamientos nada alegres, Natalia Desamparados se levantó de la cama, se metió los pies en unas zapatillas peludas y arrastró los pies hacia la cocina. Detrás de ella, trotando casi a la par, iba un perrito gordito llamado Gucci, un regalo reciente de su hija. Era el único artículo de lujo que poseía Natalia.
Mientras hervía agua para el té, abrió su red social y lo primero que vio fue un anuncio: «SOLO HOY. Webinario “Métete dentro de ti y encuentra a tu princesa”. Por primera vez en España. Lo imparte el “nada que ver con doctor” Víctor Engaña. Víctor te enseñará a quererte y a mandar a todos a paseo. Pero no garantiza el éxito. Al final, cada participante dará a luz a su princesa en directo. Empieza en media hora».
«¡Esto es! ¡Mi oportunidad! ¡Esto puede cambiar mi vida gris e insulsa! Total, no tengo nada mejor que hacer», pensó nuestra protagonista, y se sumergió en el mágico mundo de extraerse a sí misma una princesa.
No sabemos exactamente qué pasó ahíno pagamos el webinario, pero cuando terminó y el “falso doctor” dijo por última vez «Mereces nacer de nuevo», el aspecto de Natalia Desamparados dejaba claro que había encontrado dentro de sí a una princesa no tan pequeña y la había sacado por donde tenía las hemorroides inflamadas.
Natalia Desamparados había renacido.
Claro, lo ideal habría sido tener tiempo para transformarse por completo: ponerse en forma, cultivarse, ganarse el respeto de los demás, cambiar hábitos y entorno. El “seudodotor” habló de uno o dos meses, pero no había tiempo. Natalia estaba decidida a celebrar su cumpleaños como una princesa, no como un triste tomate corazón de buey.
Y como bien se sabe, cualquier método puede acelerarse si hay voluntad.
Las siguientes veinticuatro horas fueron una locura. La princesa recién nacida lo quería todo y ya. Era hiperactiva y, en cuestión de horas, se tragó por completo a la antigua Natalia. La princesa buscó frenéticamente fotos de bellezas y las últimas tendencias. El resultado: pestañas postizas, uñas acrílicas, unos tacones de aguja, unos shorts vaqueros con el logo de Gucci y una camiseta en inglés que decía “Chica salvaje, hoy libre”, con unos labios rojos enormes y una lengua azulada que sobresalía.
«Qué rara la lenguapensó Natalia, pero debe de estar de moda».
Además, la princesa hizo unos micromódulos de internet: “Maquillaje sexy”, “Pole dance en una hora” y “Tragones profesionales”. El último venía de regalo con el maquillaje.
La princesa ordenó a Natalia que se presentara como “Lola” y que no flojeara. Le prometió que, al día siguiente, despertaría junto a un musculoso millonario después de una noche de pasión. También habló de viajes, compras y Gucciclaramente no refiriéndose al perro, pero la antigua Natalia no entendió la mitad.
Intentó protestar, hablando de su amor por Pedro, su hija y el respeto que debe inspirar un docente, pero la princesa solo soltó una carcajada, mostrando su recién adquirida habilidad de trago profundo.
Natalia Desamparados emitió un último chillido y se disolvió en su nuevo *alter ego*.
Luego vinieron los preparativos para salir. Maquillaje sexy, meterse en los shorts, practicar caminar con los tacones por el piso. Mientras, llamaron Pedro, su suegra y su hija para felicitarla. La antigua Natalia les habría dado las gracias, pero la nueva Lola soltó todo lo que llevaba años callandocomo enseñaba el “seudodotor”. No se sintió mejor, pero quizá el efecto llegaría más tarde.
A las 23:00, entró al bar localcon el original nombre de “El Bar”una espectacular “Lola”, tambaleándose un poco, lista para aventuras y, en particular, para el desenfreno.
El Bar se rindió a sus pies tras el primer cóctel, uno llamado “B-52”.
Eso fue lo último que recordó al despertar.
Le dolía la cabeza y, por alguna razón, las piernas. La resaca devolvió a Natalia Desamparados su personalidad original, mucho más presente que la de la princesa.
Abrió los ojos y los cerró de nuevo. Estaba alucinando. Creía ver en la puerta de su habitación a un exalumno suyo, un gandul y repetidor, Javier Morillo, en calzoncillos.
«Dios mío, qué cosas se me ocurren», murmuró.
«Buenos días, señorita Natalia. No es una alucinación. En el salón están durmiendo Paco “el Rana” y Dani “el Chino”. Anoche la trajimos del bar y nos quedamos por si necesitaba algo. ¿Quiere un caldito?», dijo la “alucinación” con la voz de Javier, que había terminado el instituto el año pasado.
Natalia gimió y palpó su cuerpo bajo las sábanas, temiendo lo peor.
Los shorts estaban, la camiseta también. No llevaba sujetador.
La voz del supuesto fantasma la interrumpió: «Perdone, señorita. La dejamos como estaba. Si no necesita nada, nos vamos. Llámenos si quiere algo, se lo traemos en seguida».
Natalia respiró aliviada al confirmar que no había pasado nada inapropiado.
Sonó el teléfono. Número desconocido.
«¿Sí?», susurró ronca.
«Señorita Natalia, buenos días. Soy Iván, ¿se acuerda? El que le dio clase, Iván Castillo. Anoche dejó el DNI en mi bar y bueno, nunca pensé que le diría esto también el sujetador. ¿Quiere que se lo lleve? Ahora no puedo, vienen los fontaneros. Ayer, cuando bailaba en la barra, la rompió un poco. Y cuando intentó usar la tubería como pértiga, se partió».
La asustada princesa empezó a retroceder hacia el lugar del que el “seudodotor” y Natalia la habían extraído.
Las hemorroides protestaron, el corazón le dio un vuelcolos partos inversos también duelen.
«¡Iván, lo siento mucho! ¡Te lo compenso todo!».
«No hace falta, señorita. Usted fue mi profesora favorita. Hace poco estuve en Francia y les conté a todos lo que usted nos enseñó. Hasta me preguntaron si era guía. ¡Y nunca había estado allí! Todo gracias a usted. Ahora pondré una barra de metal, y baile usted lo que quiera. Hasta le instalaré una pértiga».
El teléfono sonó de nuevo. Era su hija, pidiendo perdón y anunciando que tendría un nieto. Si era niña, “el cuco nocturno” quería llamarla Natalia, como su abuela.
Natalia lloró de alegría y le mandó besos al yerno.
Luego llamó Pedro, su marido, para decirle que volvería esa noche en un camión con un amigo. Que la quería y que le compraría un abrigo de piel, porque una mujer como ella merecía uno.
Natalia lloró de nuevo, diciendo que lo único que quería era a él.
Se duchó, se sirvió una taza enorme de té y se sentó en el sofá.
Mientras bebía, pensó que, en realidad, tenía una vida maravillosa. Justo la que quería. Un marido al que amaba, una hija y un yerno estupendos, alumnos increíbles. Le gustaba su vida sencilla, sus botes de conserva, y no quería ser otra persona.
A veces reía, a veces lloraba, recordando cosas importantes de su vida.
De pronto, el perrito Gucci se subió a su regazo, rascándose para que lo acariciara.
Natalia lo miró y dijo: «Oye, no es por nada, pero Gucci no pega contigo. No es que me moleste, pero no. ¿Un carlino llamado Gucci? Eres a Gucci lo que yo a Lola. ¿Qué tal si te llamas Ebro? Es un nombre original, y esa es la gran arteria de España, ¿sabías? El río más importante que».
El perrito Ebro resopló contentolos carlinos hacen eso. Le daba igual el nombre, solo quería mimos.
En ese momento, en algún lugar dentro de Natalia Desamparados, la princesa se acurrucó en su rincón para siempre, sin fastidiar más su vida.







