El último invitado
El reloj del vestíbulo dio las tres, pero el sonido se ahogó en la niebla espesa como la leche que envolvía la casa por todos lados. Se extendía por el jardín, se enredaba en las ramas de los manzanos, resbalaba por el tejado de tejas y se filtraba por las rendijas de las ventanas, haciendo que el mundo tras los cristales pareciera irreal. El viento, al parecer, evitaba este lugar, como si también sintiera que no era conveniente quedarse. Solo el crujido seco de las contraventanas rompía el silencio denso, recordando que la casa aún respiraba.
Lucía estaba sentada junto a la chimenea, apretando una taza de té frío entre sus manos, los dedos levemente temblorosos por el frío o la expectativa. No apartaba la vista de la puerta, como si pudiera adelantar el momento con la fuerza de su pensamiento. Sabía que vendría hoy.
No porque alguien se lo hubiera prometido. No porque hubiera cartas o llamadas. Simplemente lo sabía, igual que se sabe que nevará en la noche cuando el aire se vuelve transparente, las estrellas brillan demasiado y el silencio se aprieta alrededor.
La casa era vieja, y siempre crujíalas tablas del suelo, las vigas, los alféizares. Pero hoy los sonidos eran distintos: sordos, prolongados, como si alguien caminara con cuidado sobre tierra mojada justo al otro lado de las paredes, deteniéndose de vez en cuando para escuchar. Lucía intentó convencerse de que era su imaginación, pero cada nuevo crujido era un paso más cerca de lo que esperaba y temía a la vez.
Tres años atrás, esta casa estaba llena de gente. Aquí se reían, discutían, cerraban puertas de golpe, alguien siempre ponía la tetera al fuego, y el silbido del vapor competía con la radio, que alguien ponía demasiado alta. El olor a pan recién horneado y humo de tabaco flotaba por los pasillos; en el jardín resonaba el golpe de un balón, y en la cocina alguien dejaba caer cucharas sin parar. Luego todos se fueronunos se marcharon, otros murieron. Y el silencio ocupó cada habitación, empapando las paredes, el suelo, las viejas fotografías colgadas. Solo quedó ella. Y los recuerdos, de los que no había escapatoria, fueran dolorosos o cálidos.
Lucía cerró los ojos y volvió a escuchar aquella voz. Grave, con un rastro de ronquera, como si llegara desde lejos. Le había dicho entonces: “Volveré. Pero no me esperes de día”. Ella preguntó por qué no de día. Él inclinó ligeramente la cabeza, sonrió con una esquina de los labios y respondió: “Porque de día no estaré aquí”.
Un golpe. Uno, breve, como si alguien comprobara si estaba en casa. Luego otro, más fuerte, más insistente. Y otra vez el silencio, en el que su propio latido resonaba con claridad. Lucía se levantó, dejó la taza sobre la repisa de la chimenea, miró fugazmente las brasas apagadas y caminó lentamente hacia la puerta. Cada paso sobre las tablas crujientes retumbaba en su pecho. El pomo estaba frío como el hielo y ligeramente húmedocomo si alguien ya lo hubiera tocado. Lo giró con esfuerzo.
En el umbral había un hombre. Con un abrigo gris, gotas de agua en los hombros, como si hubiera atravesado una lluvia persistente o la misma niebla. Su rostro era casi invisible bajo el ala ancha del sombrero, pero entre las sombras se distinguían sus labiospálidos, ligeramente azulados, sin rastro de sonrisa.
Has venido dijo Lucía, y su voz sonó más baja de lo que esperaba.
Asintió y entró. Sin quitarse el sombrero, sin limpiarse los zapatos, como si trajera consigo un frío ajeno. Su presencia llenó la habitación, como si las paredes retrocedieran y el aire se volviera más denso.
Sabía que me esperarías murmuró, suave pero con palabras que parecían adherirse al aire. Siempre esperas.
Lucía no respondió. Su mirada cayó sobre sus manoslargas, delgadas, con una piel pálida como la de quien ha pasado demasiado tiempo sin sol. Sus dedos estaban inmóviles, pero en esa quietud había algo inquietante, como si recordaran cómo la habían sujetado por los hombros con tanta fuerza que dejaron moretones oscuros y calientes al tacto durante semanas.
¿Por qué estás aquí? preguntó al fin, notando que su voz traicionaba un temblor.
Tú ya lo sabes.
Dio un paso adelante, y las tablas del suelo respondieron con un quejido apagado. La chimenea ardió más intensamente, aunque ella no había añadido leña. Las sombras se deslizaron por las paredes, y Lucía creyó distinguir figuras moviéndose apenas, casi imperceptiblemente, tras ellos.
Pensé que tendría más tiempo susurró Lucía, sin apartar la mirada.
Nunca hay suficiente respondió él, sin reproche ni consuelo, solo un hecho.
Estuvieron mucho tiempo sentados junto al fuego, cuyas llamas danzaban perezosamente reflejadas en sus ojos inexpresivos. Habló de lugares donde no hay luz, pero siempre se oye el sonido del agua, un rumor que, según él, calma más que cualquier silencio. De gente a la que se llevó y de quienes se fueron por su cuenta, como presintiendo su llegada. A veces callaba, y en esas pausas Lucía escuchaba el crepitar de los leños y el viento moviendo olas invisibles en la niebla tras las paredes.
Su voz era suave, sin amenaza, y Lucía se sorprendió al no sentir miedo. Al contrariohabía algo atractivo en sus palabras, algo que invitaba a escuchar hasta el final, como quien oye una historia sabiendo que el desenlace es inevitable.
¿Estás lista? preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella.
Lucía recorrió la habitación con la mirada. La taza en la repisa, el viejo sillón con el cojín hundido, la foto en el marco de plata deslustrado por el tiempo. Todo seguía igual que tres años atrás, como si el tiempo se hubiera detenido en la casa. Solo ella había cambiado.
Sí contestó, y su voz sonó sorprendentemente firme.
Él se levantó, tendió una mano. Ella la tomó. Hielo. Pero no quemaba, sino que adormecía, como prometiendo que el miedo podía quedarse allí, junto a la chimenea.
Cuando, al amanecer, el vecindario notó que no salía humo de la chimenea, asumieron que Lucía se había marchado. La puerta estaba cerrada, no encontraron la llave, y las ventanas, como el día anterior, permanecían herméticamente cubiertas. El silencio dentro parecía aún más profundo. En el hogar, las últimas brasas se consumían, y una fina capa de ceniza conservaba un tibio rescoldo.
Solo quedaban dos tazas sobre la mesauna vacía, con el rastro de unos labios en el borde; la otra, medio llena, de la que aún ascendía un vapor leve, casi imperceptible.






