Un vínculo especial

**Un Lazo Especial**

Víctor estaba seguro de que le iban a dar una buena reprimenda, y no por culpa del gamberro del barrio, el Chispas, sino por su propia madre.

Iba camino a casa silbando, pero el corazón se le encogía. Le esperaba una bronca de las gordas.

La tía Rosa, amiga de su madre, lo había visto con un cigarrillo. Podría haberse excusado, decir que solo lo estaba sujetando, pero ¡La tía Rosa lo había visto fumando! ¿Qué iba a decirle su madre? ¿Que se lo habían metido en la boca a la fuerza, como si eso fuera posible?

Víctor fingió no ver a la tía Rosa, y ella, por suerte, no gritó ni le dio un cachete. Solo lo miró fijamente y siguió su camino.

Pero Víctor no era tonto. Sabía que la tía Rosa ya había chivado a su madre, y que esta lo estaría esperando con el cinturón en mano. Iba dando su tercera vuelta alrededor del bloque cuando vio a la abuela.

«Vaya, artillería pesada», pensó. Era un recurso prohibido. La abuela empezaría con el drama: las lágrimas, el discurso de cómo ella, maestra ejemplar, había educado a cientos de niños, pero a su propio nieto lo había descuidado. Qué vergüenza, cómo se revolcarían en sus tumbas el abuelo, el bisabuelo y todos los antepasados.

De pequeño, a Víctor le daba miedo ese momento. Se imaginaba la tierra removiéndose bajo sus pies. Hasta que un día, cuando la abuela volvió con lo mismo, le soltó: «Pues mejor que se muevan, ¿no? Así no les salen úlceras como a la abuela de Paco».

La abuela se llevó las manos al corazón, su madre soltó una carcajada y se olvidó del cinturón, aunque luego recibió un tortazo con el paño de cocina.

Ahora, Víctor miraba a su abuela, que se acercaba apresurada.

¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en casa? preguntó la abuela, con los ojos inquietos, como si fuera ella la sorprendida fumando. ¿Te has peleado con tu madre?

No Es que aún no he llegado.

¿Cómo que no? ¿Dónde has estado?

En el colegio, luego entrenamiento y ahora iba para casa.

A ver Empezaba. Ahora le diría que soplara, luego el interrogatorio. ¿Qué tienes en las manos? ¿Por qué están tan rojas? ¿Dónde están tus guantes? ¡Dónde!

Los dejé en casa, abuela.

¿En casa? ¿Y tu madre? ¿Por qué no vigila? ¡Enséñame los pies!

Le levantó el pantalón y empezó a lamentarse.

¿Qué es esto?

¿El qué? se asustó Víctor.

¡Las pantorrillas! ¿Por qué están rojas? ¿Y dónde llevas la ropa interior térmica? ¿Y la bufanda?

A Víctor le entró una vergüenza tremenda, sobre todo al ver que desde el portal los observaba el Chispas, con su gorra roja. «Vaya, abuela, ¿quién te manda meterse? ¿Se le habrá subido la demencia?».

Abuela ¿Cuánto es cinco por cinco?

Veinticinco contestó sorprendida.

¿Cuál es el teorema de Pitágoras?

El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos ¿Víctor? ¿No has estudiado? ¿Y tu madre no ha revisado tus deberes? Esto no puede ser. Vamos, rápido. ¡Mira cómo lo tiene!

¿La abuela estaba de su parte? ¿Podría evitar la regañina? ¿Había caído en un universo paralelo? ¿O su abuela era un robot?

Abuela ¿De qué lado tengo la cicatriz de la apendicitis?

Derecha. ¿Qué cicatriz? No te han operado.

No, era ella.

Entraron en casa a paso rápido, la abuela lo arrastraba mientras resoplaba. Su madre estaba en la cocina, donde olía a comida rica. Llevaba un vestido bonito, rizos en el pelo, pendientes nuevos y ¡zapatos de tacón en casa! ¿Qué pasaba?

Víctor Su madre lo abrazó. Lávate las manos, que cenamos. Mamá, ¿te quedas?

¿Por qué el niño anda por la calle? ¿No quiere volver a casa? Claro, lo has conseguido ¡Cambiaste a tu hijo por eso! ¿Dónde tiene los guantes? ¿Dónde está su ropa térmica? ¡Hace un frío que pela! Pero a ti qué más te da

Mamá, basta. ¿Cenas con nosotros?

¡No! ¡Ni un paso más en esta casa! ¿Sabes qué? Víctor, cariño se giró hacia él, haz la maleta. Te vienes conmigo.

¿Por qué, abuela?

A vivir, hijo. A vivir conmigo.

Pero si no quiero

Se imaginó los sermones interminables. No, gracias.

Mamá, Víctor se queda en su casa, con su familia.

¿Qué casa? ¡Lo has cambiado todo! Víctor, prepárate.

Mamá, si no paras, tendré que

¿Qué? ¿Echar a tu madre?

¡Sí!

¡Desagradecida! ¡Después de todo lo que hice por ti!

Su madre no la dejó terminar. Víctor vio algo increíble: su madre agarró a la abuela del brazo y la sacó al rellano, cerrando la puerta.

La abuela gritó que llamaría a la policía, que le devolvieran a Víctor y que su madre viviera como quisiera. Algo sobre un «carc

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