Mamá, te presento”, dijo Javier sacando a una chica delante de él, “esta es Alba. Mi prometida.

Mamá, te presento dijo Víctor, sacando a la chica de detrás de él. Es Alba. Mi prometida.

Ana María se quedó sin palabras y, afortunadamente, había una silla justo donde la necesitaba. Su niño, su Viti, parecía un chiquillo de colegio al lado de aquella mujer con pinta de directiva.

¡Hola! Alba, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y mascando chicle, saludó a su futura suegra como si fuera la dueña del mundo.

Holamusitó la madre, completamente descolocada. ¿Pero esto cuándo ha sido?

¡Mamá, relájate! Víctor se quitó los zapatos y, con un gesto, invitó a Alba a hacer lo mismo. Nos vamos a vivir a su piso, ¿verdad, Albita?

Ajá asintió ella, sin dejar de masticar.

Hijo, ¿puedo hablarte un momento? Ana María se levantó y se dirigió a la cocina.

Hablad delante de mí dijo Alba, desplomándose en el sofá, cruzando las piernas y cogiendo el mando de la tele para cambiar de canal. Viti y yo no tenemos secretos. ¿Verdad, elefantito?

Es verdad, mamá confirmó él, ruborizándose.

Bueno, vale la madre respiró hondo. Hijo, ¿estás seguro de que esta chica es para ti? Es que te lleva como mínimo diez años.

¡Ocho! aclaró Alba. Y eso no importa. ¿O es que tiene algún problema conmigo? Soy una mujer independiente, con trabajo, madura

¡Eso mismo! ¡MADURA! ¡Y mi niño solo tiene veinte años! Ana María se agarró la cabeza.

Bueno, alguien tenía que hacer de él un hombre, ya que hasta ahora nadie lo ha conseguido soltó Alba con una risotada.

La pobre madre abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua.

Mamá intervino Víctor, que hasta entonces había permanecido callado, hemos venido porque necesitamos dinero para la boda.

¿Y yo qué tengo que ver? bufó la madre, aún más asombrada por el descaro de su futura nuera.

¿Cómo que qué tiene que ver? Alba arqueó una ceja. Desde siempre, los padres del novio pagan la boda. Mis padres piensan lo mismo.

¡Vaya tela! Ana María alzó las manos. ¡Muy bien pensado! Os quitáis de encima a la solterona y, encima, me pedís dinero. ¡Deberíais pagarme vosotros a mí por llevarte a mi niño! ¡No pienso daros un duro!

La madre negó con la cabeza, tajante.

Bueno, bueno Alba se levantó, sonriendo con ironía, y se acercó a su futura suegra. Sigue viviendo en el siglo pasado, cuquita. ¡Vamos, elefantito, nos las arreglaremos solos!

Salió al recibidor y ya estaba abriendo la puerta cuando Víctor la siguió. Al pasar junto a su madre, le lanzó una última mirada suplicante, pero ella se giró. Aun así, alcanzó a preguntar:

¿Por qué elefantito?

¡Porque tiene las orejas grandes! gritó Alba desde la puerta antes de empujar al novio escaleras abajo.

¡Adiós, mamá! logró decir él antes de que la puerta se cerrara de golpe.

¡Dios mío! ¿En qué he pecado para merecer esto? Ana María se dejó caer en una silla de la cocina, ahogando sus penas en café con magdalenas. Nunca imaginó que su hijo, tan inocente y bueno, acabaría en las garras de semejante arpía.

Sus orejas son normales murmuró entre lágrimas, demasiado tarde.

¿Y ahora qué hacemos? Alba se rascó la cabeza al salir de casa de su futura suegra. No tenemos dinero para alquilar un salón, contratar un animador ni montar un banquete. Mis padres tampoco quieren soltar un euro.

¿Y si lo hacemos en la casa de campo? Luego nos vamos de viaje propuso Víctor con esperanza. Él tampoco tenía ahorros y acababa de empezar a trabajar.

¿Y por qué no me lo has dicho antes? Alba le dio una palmada en la espalda. Vuelve a pedirle las llaves a tu madre. Yo te espero aquí, no quiero traumatizar más a la pobre señora con mi “modernidad” se rió.

Ana María acababa de calmarse cuando sonó el timbre de nuevo.

¿Quién más habrá traído el diablo? refunfuñó, yendo a abrir.

Era su hijo, solo.

¿Te ha dejado? preguntó, esperanzada.

¡Mamá, por favor! se quejó él. Nos queremos.

¿Entonces? preguntó, decepcionada, mientras volvía a la cocina.

Mamá, ¿nos dejas las llaves de la casa de campo? Haremos la boda allí pidió Víctor, siguiéndola.

¡Ni hablar! protestó ella. Lo vais a destrozar todo, y luego, ¿quién limpia?

¡Lo dejaremos impecable, te lo prometo! insistió él. Habrá mucha gente, todos ayudarán. Vamos, mamá, ¿no quieres que sea feliz?

Sabía cómo presionarla. Ana María casi se atraganta con el café.

¡Claro que quiero que seas feliz, pero no así! exclamó, desesperada.

Con Alba soy muy feliz. Es una buena persona insistió él.

A mí no me lo parece suspiró la madre. Bueno, está bien.

Fue al recibidor, revolvió las llaves y le entregó las de la casa de campo.

¡Pero que quede todo perfecto!

¡Eres la mejor, mamá! agarró las llaves, la besó y salió corriendo antes de que se arrepintiera.

¡Mira, Albita! agitó las llaves al salir.

¡Ves? Cuando te lo propones, lo consigues lo besó, escupiendo el chicle.

A Ana María la invitaron a la boda, lo cual la sorprendió.

¿Cómo voy a poner cara de felicidad? se lamentó con su vecina. Tengo ganas de ahogarla en la ensaladilla, y en vez de eso, tendré que sonreír y brindar por ellos.

Bah, no le des vueltas dijo la vecina. Los jóvenes hoy en día no duran nada. Mi hija ya va por el tercer marido. Lo importante es que no tengan hijos.

¿Y para qué se casan, entonces?

Cada uno tiene sus razones se encogió de hombros la vecina. Unos por amor, otros por coleccionar maridos, quién sabe.

La boda fue un día soleado.

¡Qué suerte con el tiempo! comentaban los invitados. Unos treinta, ni pocos ni muchos. Los padres de Alba lucían tan serios como pavos reales. Su madre se quejaba de los mosquitos y el polvo, mientras su padre, tras unos tragos, se relajó y empezó a coquetear con las amigas de la novia.

¿Qué le ve a él? sollozaba la madre de Alba. ¡Tenía pretendientes con dinero, atletas!

A mí tampoco me entusiasma su hija replicó Ana María, alejándose para no arruinar el festejo.

La suegra se dio cuenta de su error y se esfumó.

Ana María salía de vez en cuando al jardín, horrorizada. Habían colocado las barbacoas entre los tomates, arrancado cebollas y pisado las lechugas. La leña para la chimenea ardía en las parrillas.

¡El baño está ahí! gritaba, señalando la caseta con un corazón en la puerta, a los invitados que hacían sus necesidades tras los árboles.

¡Sí, señora! se reían, abrochándose los pantalones.

¿Pero qué clase de gente es esta? gemía Ana María, sin disfrutar de la fiesta. Solo esperaba que al día siguiente limpiaran todo.

La celebración duró hasta la madrugada. Los cultivos de Ana María quedaron fertilizados con restos de comida y regados con champán y licores. Al amanecer, los invitados se fueron desplomando, pero la madre del novio no podía dormir.

El jardín estaba lleno de basura: botellas, envoltorios, servilletas Algunos seguían durmiendo entre las plantas. De las ramas colgaban pañuelos de seda.

Menos mal que no hay ropa interior murmuraba, recogiendo los accesorios.

Cuando los recién casados aparecieron, sonrientes, Ana María los interceptó.

¿Adónde vais? ¿Y quién limpia esto?

Mamá, tenemos prisa dijo Víctor, apartándola. Ya tenemos los billetes para el viaje.

¿Y los invitados?

Tienen piernas contestó Alba. Cuando se despierten, se irán solos. Vamos, elefantito, que esto parece un cortijo abandonado.

¿Cortijo abandonado? Ana María se quedó sin habla.

Poco a poco, los invitados fueron desapareciendo sin limpiar nada. Hasta los suegros, con resaca, se marcharon sin disculparse.

Ana María recorrió su propiedad, desolada. En el dormitorio de los novios, entre los regalos, encontró un sobre blanco.

¡Qué despistados! exclamó al ver el dinero de los invitados. Contó una buena suma.

Con lo cutres que parecían murmuró, sorprendida. Tal vez los suegros habían sido generosos.

Después de pensarlo, sacó el teléfono y marcó un número.

¿Empresa de limpieza? Necesito que vengan a mi casa de campo. Sí, todo está hecho un desastre. El precio me parece bien colgó, guardando parte del dinero y dejando el resto en el sobre.

Buen viaje, hijos míos sonrió, satisfecha, antes de volver a su café con magdalenas.

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Mamá, te presento”, dijo Javier sacando a una chica delante de él, “esta es Alba. Mi prometida.
Mi perro nunca antes había ladrado a extraños, pero al ver a aquel hombre se abalanzó sobre él – me quedé impactada cuando descubrí la razón