Un hombre volvió a casa y, sin siquiera quitarse la ropa, exclamó de inmediato: ‘Necesitamos hablar en serio’

El hombre llegó a casa y, sin siquiera quitarse la chaqueta, exclamó de golpe: “Tenemos que hablar en serio.”
Entró, con los zapatos puestos y el abrigo aún encima, y soltó:
¡Carmen! Tenemos que hablar
Y ahí mismo, casi sin aliento, con los ojos como platos, añadió:
¡Me he enamorado!
“Ahí vamos”, pensó Carmen. “La crisis de los cuarenta ha llegado a esta casa. Pues nada, bienvenida”, pero sin decir una palabra, miró a su marido fijamente a los ojos, algo que no hacía desde hacía cinco, seis ¿o quizá ocho años?
Dicen que antes de morir, la vida pasa ante tus ojos, y a Carmen le vino a la mente su historia juntos. Se conocieron de la forma más típica: por internet. Ella se quitó tres años de la edad, él añadió tres centímetros a su altura, y así, con esfuerzo, lograron cumplir sus criterios mutuos y encontrarse. Carmen ya no recordaba quién escribió primero, pero sí sabía que su mensaje no fue vulgar y tenía un toque de ironía, algo que le encantó. Con treinta y tres años y un aspecto normalito, era realista sobre sus opciones en el mercado matrimonial. Sabía que si no estaba en la última fila, andaba por la penúltima, así que decidió cerrar los ojos, ponerse unas gafas de color de rosa, lucir su mejor lencería y meter en el bolso unas galletas caseras y un libro.
La primera cita, contra todo pronóstico, salió bien (¡vaya lo que hace una buena primera impresión!). Su romance avanzó rápido e intenso. Se divertían juntos, así que, tras seis meses de citas y las insistentes súplicas de sus padres ya desesperados por ver algún nieto, él le pidió matrimonio. Presentaron a sus familias, la condición de casarse pronto y en privado fue aceptada por todos, y, por miedo a que alguien se echara atrás, escogieron la primera fecha disponible.
Según Carmen, vivían bien. En su hogar reinaba un clima tropical, sin pasiones descontroladas pero con cariño y respeto. ¿Qué más se podía pedir? Él, típico representante del género masculino, era sencillo y directo. A las pocas semanas de la boda, dejó atrás su pose de “macho empático, romántico y con manos de oro” y se mostró tal cual: un hombre simple, trabajador y cariñoso, cómodo en sus pantuflas y pijama de rayas.
Carmen, como buena representante del género femenino, fue soltando poco a poco su papel de “ama de casa misteriosa, sexy e inteligente”. Se relajó, y el embarazo aceleró el proceso, así que al año ya iba por casa en bata, sin complejos.
El hecho de que, a pesar de dejar atrás sus máscaras, ninguno sintiera decepción ni reclamos, la convenció de que había tomado la decisión correcta. La rutina y la crianza de sus dos hijos zarandearon su barca, pero no la hundieron, y tras cada tormenta, volvían a navegar en aguas tranquilas.
Los abuelos les echaban una mano siempre que podían, avanzaban poco a poco en el trabajo, viajaban y disfrutaban de sus hobbies. Llevaban doce años casados, y en todo ese tiempo, él nunca había sido infiel ni coqueteado con nadie. Carmen no era celosa, y él podría haberlo hecho sin consecuencias. Se lo imaginaba ligando y sonreía, porque la imagen en su cabeza era ridícula. Su marido, al darse cuenta de que no se le daban los piropos tradicionales, había cambiado de estrategia: ahora los expresaba en silencio (¿o con ultrasonidos que ella no captaba?), simplemente abriendo los ojos como platos.
Con los años, Carmen aprendió a leer todas sus emociones en esos ojos: asombro, satisfacción, sorpresa, susto Hasta indignación total. Así que se imaginó a su marido lanzando piropos a alguna ratita, abriendo los ojos cada vez más
Se le secó la garganta, sonrió nerviosa y preguntó:
Bueno ¿y cómo se llama tu ratita?
Los ojos de él subieron casi hasta la frente, y con las manos temblorosas, tartamudeó:
¿Cómo? ¿Cómo has sabido que me enamoré de una rata? No, no te lo vas a creer No pude evitarlo cuando la vi. Es increíble, suave, preciosa se parece a ti
Sacó de debajo de la camisa una pequeña rata gris, con orejas rosadas, nariz sonrosada y ojos como cuentas negras.
Carmen ya no escuchaba nada. Admiró a su marido, a su nueva amiga, a sus labios sonrientes, y se sintió infinitamente feliz de que se hubiera enamorado de una rata que se parecía tanto a ella.

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Un hombre volvió a casa y, sin siquiera quitarse la ropa, exclamó de inmediato: ‘Necesitamos hablar en serio’
La traición de los propios hijos Dasha contemplaba una vez más, embelesada, a su hermano y hermana. ¡Qué guapos eran! Altos, morenos, de ojos azules. De nuevo les daban un premio. Habían vuelto a ganar en una competición. Ella se levantó para intentar llegar la primera. Cojeando de la pierna derecha, se apresuró. Había tejido para su hermano y hermana dos conejitos: uno con faldita y otro con pantalones de cuadros. Quería regalarles eso. Torpe, muy rellenita, los pocos cabellos apenas recogidos, y con una sonrisa ingenua flotando en sus labios. Cristina y Marcos fingieron no ver a su hermana. Dasha se esforzaba por llegar hasta ellos. —Por favor, dejadme pasar. ¡Son mi hermano y mi hermana! ¡Dejadme! —decía con alegría Dasha. —Cris, hay una chavala gorda ahí chillando que es tu hermana. ¿Eso es verdad? —le preguntó a Cristina su amiga, la rubia Elisa. Cristina apenas se giró, vio a Dasha y pensó: —¡Gorda tonta! Viene porque seguro que mamá se lo ha dicho. ¡Qué vergüenza! Y en voz alta respondió: —No, claro que no. Yo sólo tengo un hermano. Marcos. —Ya me lo imaginaba. ¿Quería subirse al carro de la fama? ¡Qué pena da! Además os trae unos muñecos o algo —rió Elisa. —Debe de ser una fan local. Toma los muñecos, Elisa. Alcánzanos luego, Marcos y yo nos vamos al escenario —Cristina mandó un beso al aire, agarró a su hermano y empezó a abrirse paso entre la gente. Elisa recogió los conejitos de Dasha asegurándole que los entregaría. —¡Bien! ¡Yo os espero en casa! ¡Voy a hacer rosquillas! —dijo la niña, marchándose cojeando. —Toma, ya te lo he dado. Ha dicho que os espera en casa, que va a hacer rosquillas. Parece una rosquilla ella misma. Cris, ¿de verdad no es de tu familia? ¿Por qué se pega tanto a vosotros? —insistió Elisa. —¡No! ¡No la conozco! Siempre hay gente que quiere acercarse a la fama… Vámonos —tirando los conejitos a una papelera, Cristina se fue con Elisa y Marcos a recoger su premio. Pero había mentido a su amiga. Dasha sí era su hermana. Hermanastra. La madre de Cristina y Marcos, Inés, acogió a Dasha cuando murió una familiar lejana… [El resto de la historia continúa según la adaptación original, manteniendo los nombres, lugares y detalles adaptados a la cultura española.] Así terminó, en una tarde cualquiera, el largo camino de Dasha: la hermanastra humilde y generosa, la única que, en el ocaso de la vida de Inés, supo ser verdaderamente hija. —No pasa nada, Dashita. Ahora todo irá bien. —¡Niñas! ¿Qué, nos tomamos un té? —entró en la habitación el abuelo Protasio. Y riendo, dándose la mano, los tres se marcharon a la sala. Y a una nueva vida…