EXPEDICIÓN PROFESIONAL: UN VIAJE DE TRABAJO IMPRESCINDIBLE

VIAJE DE NEGOCIOS

Mediados de otoño. No puedo decir que haga buen tiempo. No hay rastro del “veranillo de San Miguel”… Parece que la naturaleza tiene otros planes.
Las hojas se vuelven amarillas rápidamente y se enroscan como pergaminos. Una llovizna persistente cae sin cesar todo el día. El viento cortante empuja a refugiarse en el calor, aunque solo hay 6 grados. Un frío maldito para finales de septiembre…
Y yo, por obra del destino, me vi obligado a viajar por trabajo a un pueblo pequeño.

Me alojaron en un viejo edificio de dos plantas, en la planta baja. Antaño, eran apartamentos para jóvenes especialistas y sus familias, pero ahora, ni siquiera hay especialistas, así que reconvirtieron el lugar en una pensión.
Aun así, me gustaba. Junto a mi ventana crecía un arce viejo y alto, y cada vez que abría la ventana para fumar, no podía evitar admirar aquel árbol robusto y hermoso.

Pasaba la mayor parte del día trabajando, pero por las noches disfrutaba del silencio y de leer mi libro favorito.
En mi ruidosa ciudad natal, precisamente eso era lo que me faltaba.

Hasta que una noche, sentí una mirada fija a través de la ventana. Alguien me observaba, me estudiaba…
Lo sentía en la piel.
Intenté descubrir quién era, pero entre el cristal y la oscuridad, no distinguí nada.
Aun así, la sensación de ser observado no me abandonaba.
¿Quién sentía curiosidad por mí? ¿Un animal o un humano?
No tenía respuesta.

Una tarde, agotado y hambriento, regresé a mi habitación y volví a sentir esa mirada desde la calle.
Como no había almorzado, improvisé una cena sencilla con embutido, conservas y pan. Casi por instinto, abrí la ventana…
Y de pronto, un gato gris grande, de ojos ámbar, saltó al alféizar. Un auténtico señor gato.
Parecía que había sido él quien me observaba, escondido entre las ramas del arce.

Bueno, pasa le invité.
¿Tienes hambre? Pues adelante.

El gato, que llevaba días vigilándome, debía de haberse formado una opinión sobre mí. Así que, con cautela pero con elegancia, se acercó a la mesa.
Le puse en un plato un trozo de chorizo, un poco de pescado y una miga de pan. No sabía si los gatos comen pan, pero de lo demás estaba seguro…
El gato empezó a comer con parsimonia y dignidad.
Me alegró muchísimo, no sé bien por qué, pero sentí una calidez en el pecho. Quizá era la soledad.

Así cenamos juntos. Al terminar, quedaba un poco de embutido, y el gato me lanzó una mirada tan intensa que no pude evitar decir:
Si quieres, llévatelo.

El gato agitó la cola con entusiasmo, agarró el chorizo con los dientes y, como un acróbata, saltó al alféizar antes de perderse en la oscuridad…
Por supuesto, me sorprendió. Habría querido hablar más con aquel animal magnífico, y me entristeció que se marchara.

Al día siguiente, todo se repitió. Compré más embutido y algo de pollo asado en la cafetería, pensando en él.
Esta vez, el gato no esperó a que abriera la ventana: golpeó el cristal con su pata, impaciente.
Cenamos juntos, y esa noche parecía que no tenía prisa. Empezamos a… comunicarnos.
No era de extrañar que me fascinara. Era un gato inteligente, majestuoso.

Poco a poco, le conté cosas de mí, de mi vida, de mi trabajo… Él me escuchaba con atención, como si esos ojos dorados miraran directo al alma…
Pero al cabo de una hora, como la vez anterior, me pidió un trozo de pollo, maulló suavemente y desapareció en la noche.

Empecé a preguntarme de quién sería, dónde viviría…
Y sí, me había encariñado. Soñaba con llevármelo.
Así, al volver a casa, tendría un amigo fiel con quien hablar de cualquier cosa, y todo quedaría entre nosotros.
Otra alma bajo el mismo techo…

Los días pasaron. El gato venía cada noche, cenábamos, charlábamos…
Sus ojos expresivos respondían a mis preguntas o mostraban empatía si mi relato era emotivo.

Quedaba un día para el final de mi viaje, y me angustiaba pensar cómo explicarle que me iría… y que quería que viniera conmigo.
¿Dónde encontrarlo si siempre se marchaba?

Ese día salí antes del trabajo. Caminé lentamente por el pueblo, sin ganas de volver aún a la pensión. Sabía que el gato no aparecería hasta el anochecer.
Mientras, miré escaparates, compré provisiones para el viaje… y una bolsa grande, por si acaso.

Sin darme cuenta, llegué a una zona de garajes abandonados.
De pronto, un maullido desgarrador me golpeó los oídos. Escuché gruñidos, siseos… y luego chillidos de perros. Una pelea.

Corrí hacia el ruido y, junto a un garaje medio derruido, vi una escena que no olvidaré.
Una gatita blanca y gris protegía a dos crías, mientras un perro enorme les enseñaba los colmillos. Otros tres perros rodeaban a aquella presa fácil.
Gritos, aullidos, ladridos…

Y allí estaba él. Mi gato, mi compañero de cenas, clavando sus garras en el hocico de uno de los perros. La sangre salpicaba por todas partes.
La gatita gritaba de terror, cubriendo a sus pequeños, mientras el gato gris se lanzaba contra los perros, desgarrando sus caras, defendiéndolas…
Era un torbellino de furia.

Los perros vacilaron…
Yo solo tenía mis bolsas de la compra. Agité la más grande para ahuyentarlos, pero casi no hizo falta.
Mi gato se bastó solo. Los perros huyeron, avergonzados.

Acaricié a la gatita, recogí a los cachorros y los deposité con cuidado en la bolsa.
Vamos, chicos. A casa.

El gato gris nos siguió, cojeando.
En la pensión, revisé a la madre y a los pequeños. No tenían heridas.
Pero mi gato… cojeaba de una pata delantera, y tenía sangre seca cerca de la oreja.

Mañana volveré a casa y lo llevaré al veterinario.
Dicen que los sueños se cumplen… Quería llevarme un gato, y me voy con una familia entera.

Pero soy feliz. Ahora tengo una familia… gatuna, pero familia al fin.
Y quizá, con suerte, algún día la mía propia.

Regreso a mi ciudad con el tesoro más valioso.
Cuando eres feliz, contagias felicidad.
Eso creo.
¿Y tú?

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