Lo entiendo todo… pero entiéndeme tú también a mí”: la verdad que rompió las ilusiones

“Lo entiendo todo pero entiéndeme tú también”: la verdad que rompió las ilusiones
Ese día, como de costumbre, Lucía estaba preparando la comida en la cocina. El aroma de cebolla llenaba el aire, la grasa chisporroteaba en la sartén y, de repente, sonó el teléfono. Su marido, Javier, contestó con voz serena:
¿Dígame?
Luego, un silencio. Largo. Como si alguien hablara sin parar y él solo escuchara. Lucía se secó las manos en el delantal y salió de la cocina. En el pasillo, nada. El cable del teléfono se extendía hacia la habitación de los niños. El corazón se le encogió. Sin saber por qué, avanzó en puntillas, como si fuera una ladrona.
Desde la puerta entreabierta, oyó su susurro. Un tono que nunca usaba con ella:
Isabel, por favor, cálmate Lo entiendo, de verdad. Pero entiéndeme tú también. Tengo una familia, no puedo ir ahora Yo también te quiero. Mucho. Pero ahora no puedo hablarLucía podría entrar en cualquier momento. Se lo diré todo, pero aún no es el momento Mañana. Por favor, no me llames aquí ahora. Y sí Te quiero.
Fue como si un rayo la atravesara. La mano, a punto de abrir la puerta, quedó suspendida en el aire. El corazón le latía tan fuerte que apenas podía respirar. “Te quiero”. Se lo había dicho a otra. No a ella.
Lucía no montó un escándalo. La voz de su madre resonó en su cabeza: “Nunca actúes en caliente”. Respiró hondo y volvió a la cocina. Tomó el cuchillo, pero la mano le temblaba. Los trozos de carne cayeron sobre la tabla de forma desigual. A sus pies, la gata se frotaba contra ella; Lucía le lanzó un pedazoun gesto automático de cariño.
“Yo también te quiero”
Esas palabras giraban en su mente como un hechizo. Se aferró a otra frase suya: “Tengo una familia” ¿Significaba que aún importaba? ¿Que aún tenía valor?
Pero entonces, ¿qué era ella? ¿Solo la madre de sus hijos? ¿La dueña de la casa? ¿Una costumbre? El dolor le oprimió el pecho. Hasta ahora, todo había ido bien. Él era cariñoso, atento. Sin señales de distancia. Nunca le había dado motivos.
Veinte minutos después, Javier regresó a la cocina, aspiró el aroma de la comida y sonrió:
¡Qué bueno huele! ¿Falta mucho?
Media hora. Corté la carne más pequeña para que se cocine antes ¿Quién llamaba?
¿Eh? Ah, del trabajo. Me pidieron que vaya mañanapara recibir un cargamento de madera.
Siempre te piden cosas los fines de semana. No me gusta.
Es verano, todos están de vacaciones
Mmm
Estás rara, Lucía.
Es que estoy cansada. Pensaba que mañana estaríamos juntos, que iríamos a la casa del pueblo.
Trabajaré, pero por la tarde iremos.
Javier
¿Qué?
¿Me quieres?
Claro, qué dices. Te quiero, Lucía. Y a nuestros hijos también. Sabes que para mí la familia lo es todo.
Se acercó, la abrazó y le besó el cuello. Pero, por primera vez en su vida, ese beso le resultó desagradable.
Más tarde, estaba tumbada en el sofá, mirando a sus hijos jugar. La gata saltó sobre su vientre y le clavó las uñasagradecida por el bocado. Lucía le apretó las patitas y hundió la cara en su suave pelaje.
Esa mujer tenía que desaparecer.
Lucía no podía compartir a su marido. No podía acostarse con él sabiendo que estaba con otra. Pero perderlo era insoportable. La decisión vino sola: ocuparse de la amante. Sin que él supiera.
Al día siguiente, cuando Javier llevó a los niños al colegio y se preparó para “ir a trabajar”, Lucía llamó a su empresa diciendo que se sentía mal y se quedó en casa. Prestada por la vecina, se puso una bata y un pañuelo”voy a pintar en la fábrica”. Luego, directa al parque de la ciudad. Minutos después, salió Javier. Lucía lo siguió, escondiéndose por las calles.
Entró en el mercado, compró seda y fruta, luego se dirigió a una urbanización de chalés. Lucía lo entendió: allí vivía ella. Su marido desapareció tras las rejas.
Se sentó en un banco. Esperó. Y entonces él salió acompañado. Una rubia alta a su lado. Caminaron hacia el bosquedonde ellos solían pasear. Lucía volvió a casa. La cabeza le ardía. El alma, en pena.
Días después, logró ver bien a Isabel. Hermosa, pero traidora. Unos treinta años. Luego, la suerte: la encontró con una amiga. Esta, sin malicia, lo contó todo.
¿Isabel? Sola, con un niño enfermo. Su marido la dejó. Ahora tiene un amante. Casado. Dice que “dejará a su mujer por ella”susurró la amiga, y en el corazón de Lucía ardió la venganza.

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Lo entiendo todo… pero entiéndeme tú también a mí”: la verdad que rompió las ilusiones
La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del GPS. Todo correcto, había llegado a la dirección prevista. Solo le quedaba reunir valor y llevar a cabo lo planeado. Mila respiró hondo y, decidida, salió del asiento del conductor. Caminó unos cincuenta metros y se detuvo ante la entrada de una pequeña cafetería. En el letrero se leía: “El Paraíso del Café”. “Vaya nombre… paradisíaco”, pensó Mila con sorna. Tenía que entrar, pero de repente le faltaron las fuerzas. ¿Y si mandaba todo al diablo, se sentaba en el coche y se marchaba lo más lejos posible? No, ella no haría jamás algo así. No había venido hasta aquí para echarse atrás. Tiró de la manecilla y, abriendo la puerta hacia sí, entró. Iba a ver a ELLA: la amante de su marido, la mujer que había dinamitado su hogar. ¿Qué sabía de esa chica? Realmente, no mucho. Al parecer, la pérfida rival a la que su marido llamaba “Gatito” trabajaba allí, de camarera. Mila escogió una mesa junto al ventanal y se dispuso a esperar a que vinieran a tomarle nota. Entonces apareció la camarera. ¡Era ella, sin duda! Mila la reconoció: era la chica que había visto de refilón en una foto. La vio dirigirse hacia su mesa. Unos segundos le parecieron una eternidad. Por su mente pasaron tantos pensamientos que darían para escribir un libro de miles de páginas. —Buenos días —saludó la camarera, y Mila, disimuladamente, miró su chapa identificativa—. “Katya”. Así que ese es su nombre. Vaya, qué poca imaginación tiene mi marido para ponerle ese mote… Mientras tanto, Katya, ajena a la tormenta mental de su clienta, continuó: —¿Le traigo la carta? Cuando esté preparada para pedir, me avisa. Mila le dedicó su mejor sonrisa, pero, entretanto, la escrutaba con una mirada estudiosa, como si analizara a su rival bajo un microscopio. ¿Cómo había terminado cara a cara con la amante de su marido? Es una larga historia. Pero todo a su debido tiempo. **Hace ya diez años que Mila era felizmente casada con Álex.** O al menos eso creía. Tienen una hija, Eva, de ocho años; Álex la adora y la mima en exceso. Mila a menudo, con mirada de reproche, le pregunta: “¿Otra muñeca más?” y él solo se encoge de hombros. Eva también adora a su padre, a veces parece que incluso más que a su madre. Pero Mila no se ofende: es psicóloga de profesión, terapeuta, y sabe lo importante que es el amor de un padre para una niña, que será la base de todas sus relaciones futuras. Mila siempre procura hablar abiertamente con su marido de cualquier problema, por eso apenas discuten ni se enzarzan en conflictos serios. Son una familia de lo más común y corriente. Un piso con hipoteca, un coche, y una pequeña casita en la sierra madrileña, a cincuenta kilómetros de la capital. **Y de repente, como un rayo en medio de cielo despejado: ¡existe una amante!** Mila se enteró de casualidad. Días atrás, Álex estaba en la ducha cuando sonó su móvil. —Debe de ser mi padre, dijo que llamaría por la tarde. ¿Puedes cogerlo? Ahora no puedo. Mila nunca antes había respondido llamadas destinadas a su marido, pero como lo pedía él, ¿por qué no hablar con su suegro? Fue hasta la mesilla donde estaba el teléfono dispuesto a contestar, cuando vio que llamaba otra persona. Era una videollamada por WhatsApp: aparte de que el contacto se llamaba “Gatito”, se veía la foto de perfil… y Mila no pudo creer lo que veía: una desconocida muy joven en brazos de su marido. ¿Cómo interpretar eso? Mareada, no sabía si contestar o salir corriendo. La llamada cesó. Intentó alejarse del móvil cuanto antes, pero llegó una notificación: un mensaje decía “Alex, la semana que viene trabajo 2/2 a partir del lunes. Pásate por el Paraíso del Café al final de mi turno, quiero invitarte a un café especial. Te quiero, te echo de menos…”, seguido de emoticonos. Mila apartó la mano del teléfono como si quemara. Dudas no cabían: “Gatito” abrazada a su marido, llamada, mensajes… por doloroso que fuera, estaba claro que su marido tenía una amante. Pero ¿desde cuándo? ¿Es solo un lío o algo serio? Pero ¿qué más da? Para Mila fue un golpe terrible. Necesitaba pensar. Cuando Álex salió de la ducha y preguntó si había hablado con su padre, Mila dijo que no le dio tiempo a contestar y que le dolía la cabeza, así que iría a la farmacia. Claro está, no fue a ninguna farmacia. Se sentó en el banco de un parque cercano y dejó que la realidad la golpeara de frente. Repasó mentalmente su vida con Álex, sin dar con el momento en que el matrimonio se resquebrajó. Pero debía ser honesta consigo misma. Ella no era como tantas que fingen no ver los boquetes de un barco que ya está a punto de hundirse. Tampoco era de montar escenas ni escándalos. No, prefería hablarlo y tomar decisiones meditadas, por duras que fueran. Primero quiso preguntar abiertamente a Álex por el mensaje de “Gatito”, pero entonces tendría que confesar que vio su móvil… No, mejor algo distinto. Recordó entonces que sabía el nombre del café donde trabajaba la amante de su marido. Sabía incluso su horario. Y conocía su cara por la foto. ¿Y si iba a verla en persona? Tal vez incluso a hablar con ella… Los días siguientes, Mila no pegó ojo. Fingía normalidad, pero tanto su hija como Álex notaron que no era la misma. Atribuía su decaimiento al trabajo, pero ni Eva ni Álex terminaban de creérselo. Por fin Mila se decidió: tenía que ir a ese café y mirar a “Gatito” a la cara, si no, nunca se quedaría tranquila. *** —Un café latte y algún postre —pidió Mila—. ¿Qué me recomienda? —La tarta de miel está muy bien —sugirió Katya. —Bien, póngame la tarta. Cuando la “amante de su marido” le trajo el pedido, Mila apenas lo tocó. El café era mediocre y la tarta de miel, nada especial. Apenas había clientes; por eso eligió esa hora, para poder sonsacar algo a la camarera. Funcionó. Diez minutos después, Katya se acercó amablemente: —Apenas ha tocado el postre, ¿no le ha gustado? ¿Le traigo otra cosa? —No, no, no es la tarta. Simplemente no tengo hambre. Estoy dándole vueltas a muchas cosas. —Perdone, no quiero molestarle. —No me molesta, Katya. ¿Qué haría usted: acabar el postre o pedir el divorcio? —le preguntó de golpe Mila, examinándola. La camarera parecía asustada ahora. —Nunca he tenido que elegir… —¿Pero si tuviera que hacerlo? ¿Y si descubriera que su marido le engaña? Katya guardó silencio, incómoda. Mila cambió de tema: —¿Lleva mucho aquí trabajando? —Un año, más o menos… —¿Estudias? —Sí. —¿Qué estudias, si se puede saber? —En la Complutense, una carrera de arte. —¿Debe de tener mucha imaginación? —No sé a qué se refiere… —¿Sería capaz de meterse en la piel de una esposa engañada o de una amante? Katya enmudeció, visiblemente incómoda. Entonces Mila decidió zanjar el encuentro. Se dio cuenta de que no tenía sentido. Había visto a Katya, ¿y qué? ¿Arrancarle los pelos a la rival? ¿Lanzarle un café frío encima? ¿De verdad se sentiría mejor? Claro que no. Pidió la cuenta. Cuando Katya volvió, Mila ya se había marchado, dejando en la mesa el dinero y una generosa propina. Katya miró por la ventana y suspiró con tristeza. *** En el café aquella tarde, Mila tomó una decisión: celebraría el décimo aniversario de boda con Álex como habían planeado. No iba a fastidiarle la ilusión a Eva: la niña llevaba días preparando una pancarta para los padres. Dejaría pasar ese día y después lo hablaría todo con Álex. Así que celebraron el aniversario, los tres juntos, en su restaurante favorito de Chamberí. Diez años casados. ¿Bodas de estaño? ¿De madera? “Mejor de cristal: mi matrimonio está a punto de romperse y yo fingiendo que todo va bien”, pensaba Mila. Se acercaba el final de la cena cuando Álex guiñó un ojo a Eva y dijo: “¿Qué sería de una fiesta sin tarta?” —¡Quiero la parte más grande! —rió Eva. Álex hizo una señal, y sacaron la tarta. Y entonces Mila vio quién la traía. Sorpresa monumental: era Katya en persona, “Gatito”, la presunta amante. No había duda. Katya dejó la tarta sobre la mesa y se quedó allí, mientras Álex le dedicaba una sonrisa cómplice antes de decirle a Mila: —Feliz aniversario, cariño. Esta tarta es para ti. Un animador llamó a Eva para un juego y la niña se fue. Mila no podía hablar. Entonces Álex vino en su rescate: —¿Ves? Ya conoces a Katya… Ella asintió cortés, y Álex prosiguió: —Nuestra relación no teme a ninguna prueba. Gracias por estar a mi lado —e intentó besarla, pero Mila se apartó. —¿Qué demonios significa todo esto? —preguntó Mila por fin. —Cariño, era UNA BROMA. Sí, una broma. Quizá de mal gusto, lo reconozco. Recurrió a una agencia que organiza eventos especiales; cada uno tiene su propio guion, actores y todo. Para nosotros, mi “infidelidad”. Pero tú eres tan fuerte y sabia, que te admiro más todavía. ¡Qué suerte tengo contigo! Quiso abrazarla, pero Mila se apartó otra vez. —¿De modo que no tienes amante? —No —respondió Álex encantado. —¿Y Katya es actriz profesional? —Estoy en ello —dijo Katya—. Aquí trabajo de camarera y en la agencia, claro. Usted se comportó con mucha dignidad. No como otras: algunas me han tirado el café, me han gritado… Pero usted fue educada y hasta dejó propina. —No tengo palabras —Mila miraba atónita de uno a otro—. ¿De verdad este engaño te parece gracioso, Álex? ¿Oportuno? ¿Aceptable? —la voz se le quebró y casi gritó—. ¿A esto hemos llegado? Katya intentó retirarse, pero Mila se lo impidió con un gesto. Álex nunca había visto pegar un grito así a su esposa, siempre tan tranquila. Pero ahora no pudo más. —¿Sabes cómo he vivido estos días? ¿De dónde has sacado este numerito justo antes de nuestro aniversario? —Mira, Mila, tú siempre eres tan calmada… Me faltaba un poco de… chispa. Quise animar la relación. Sí, fue una estupidez. Perdóname. Mila estaba fuera de sí. Entonces Katya aprovechó para escabullirse, discreta. —¿Que te faltaba chispa? ¡Pues toma chispa! —y, de pronto, levantó la tarta y la estampó en la cara de su marido—. ¡Aquí tienes toda la chispa… y el relleno! Álex intentaba limpiarse la nata de la cara, sin éxito. —¿Te has vuelto loca? —No, cielo —canturreó Mila con voz zalamera—. Simplemente me apetecía animar un poco nuestro matrimonio. —Y se levantó y se dirigió a la puerta. —¿Pero qué te pasa? —le gritó Álex—. ¡Al fin y al cabo no te he sido infiel! Mila se detuvo, se dio la vuelta y contestó con sentimiento: —¡Pues casi hubiera preferido que me engañaras de verdad! Luego fue junto a Eva, la tomó de la mano y salieron del restaurante. Afuera, Mila respiró el aire fresco del anochecer y empezó a reír. —¿Qué te hace gracia, mamá? —Nada, hija. Solo me he acordado de un chiste. —¿Me lo cuentas? —Claro, pero primero tenemos que hablar en serio. Verás, durante un tiempo vamos a vivir separadas de papá… —¿Para siempre? —preguntó Eva, asustada. —No lo sé todavía —respondió Mila con sinceridad—. El tiempo lo dirá. ¿Estás conmigo? Eva asintió, y así, cogidas de la mano, caminaron hacia adelante por la calle madrileña, bajo la noche.