¡Señora Juana, esa niña debe seguir estudiando! Cabezas tan brillantes no se ven todos los días. Tiene un don especial para las lenguas, para la literatura. ¡Si vieras sus escritos!
Mi hija tenía tres años cuando la encontré bajo un puente, cubierta de barro. La crié como si fuera mía, aunque la gente murmuraba a mis espaldas. Ahora es maestra en la ciudad, y yo sigo aquí en mi casita, repasando recuerdos como si fueran cuentas de un collar.
El suelo cruje bajo mis piesotra vez pienso que debería arreglarlo, pero nunca encuentro el momento. Me siento a la mesa, saco mi viejo diario. Las páginas están amarillentas como hojas de otoño, pero la tinta aún conserva mis pensamientos. Fuera, el viento azota, y una encina golpea la ventana con sus ramas, como queriendo entrar.
¿A qué vienes con tanto ruido? le digo. Espera un poco, que ya llegará la primavera.
Es gracioso, claro, hablarle a un árbol, pero cuando vives sola, todo parece tener vida. Después de aquellos tiempos terribles, me quedé viudami Esteban murió. Conservo su última carta, amarillenta por el tiempo, desgastada en los plieguesla he releído tantas veces. Escrita con promesas de regreso, de amor, de un futuro feliz… Y una semana después, supe la noticia.
Dios no me dio hijos, quizá fue lo mejoren aquellos años ni siquiera había qué comer. El alcalde del pueblo, Miguel Ángel, siempre me consolaba:
No te apenes, Juana. Eres joven aún, podrías volver a casarte.
No me casaré nunca más respondía firme. Amé una vez, y con eso basta.
En el pueblo trabajaba de sol a sol. El capataz, don Rafael, solía gritarme:
¡Juana, ya es hora de irte a casa, que se hace tarde!
Todavía me da tiempo contestaba. Mientras las manos trabajan, el alma no envejece.
Tenía poco ganadouna cabra, Manuela, tan testaruda como yo. Cinco gallinasme despertaban mejor que cualquier gallo. Mi vecina Clara siempre bromeaba:
Oye, Juana, ¿no serás tú la gallina? ¿Por qué tus pollas cantan antes que las demás?
Cultivaba mi huertopatatas, zanahorias, remolachas. Todo salido de la tierra. En otoño hacía conservaspepinillos en vinagre, tomates, setas. En invierno, al abrir un tarro, era como si el verano volviera a casa.
Aquel día lo recuerdo como si fuera ahora. Marzo fue frío y húmedo. Por la mañana lloviznaba, por la tarde heló. Fui al bosque a por leñala chimenea necesitaba combustible. Tras las tormentas de invierno, había ramas caídas por doquier. Las recogí y, de vuelta, junto al puente viejo, oí un llanto. Al principio pensé que era el viento, pero no, era inconfundibleun sollozo infantil.
Bajé al puente y allí estabauna niña pequeña, cubierta de barro, el vestido mojado y roto, los ojos asustados. Al verme, se calló, pero temblaba como un junco.
¿De quién eres, pequeña? pregunté suavemente, para no asustarla más.
No habló, solo parpadeó. Los labios azules por el frío, las manos rojas e hinchadas.
Estás heladadije casi para mí. Vamos, te llevaré a casa, te calentarás.
La levanté en brazosligera como una pluma. La envolví en mi pañuelo, la apreté contra mi pecho. Y pensé¿qué clase de madre deja a su hija bajo un puente? No podía entenderlo.
Tuve que dejar la leñano era momento para eso. Todo el camino a casa, la niña no habló, solo se aferró a mi cuello con sus deditos fríos.
Al llegar, los vecinos no tardaron en aparecerlas noticias corren rápido. Clara fue la primera:
¡Dios mío, Juana! ¿De dónde la has sacado?
La encontré bajo el puentedije. Abandonada, parece.
¡Qué tragedia! exclamó, llevándose las manos a la cabeza. ¿Y qué vas a hacer con ella?
¿Qué voy a hacer? Quedármela.
¿Estás loca, Juana? intervino la vieja Martina. ¿Cómo vas a mantener a una niña?
Con lo que Dios me décorté.
Lo primero fue encender el fuego, calentar agua. La niña estaba llena de moratones, flaca, los huesos marcados. La bañé con agua tibia, la envolví en mi vieja chaquetano tenía ropa infantil.
¿Tienes hambre? pregunté.
Asintió tímidamente.
Le serví un plato de cocido del día anterior, le di pan. Comió con avidez, pero con cuidadose notaba que no era una niña de la calle.
¿Cómo te llamas?
Nada. ¿Miedo? ¿O no sabía hablar?
La acosté en mi cama, yo dormí en el banco. Esa noche me desperté varias vecesa comprobar cómo estaba. Dormía enroscada, sollozando en sueños.
Por la mañana, fui al ayuntamientoa denunciar el hallazgo. El alcalde, Juan Manuel, se encogió de hombros:
No hay denuncias por una niña perdida. Quizá alguien la dejó aquí desde la ciudad
¿Y ahora qué?
Por ley, hay que llevarla al orfanato. Llamaré al distrito hoy mismo.
Me dolió el corazón:
Espera, Juan Manuel. Dame tiempoquizá aparezcan sus padres. Mientras tanto, se queda conmigo.
Juana, piénsalo bien
No hay nada que pensar. Está decidido.
La llamé Maríapor mi madre. Esperé, pero nadie vino por ella. Y gracias a Diosme había encariñado con toda el alma.
Al principio fue difícilno hablaba, solo miraba alrededor como buscando algo. Por las noches se despertaba gritando, temblando. La abrazaba, le acariciaba el pelo:
Tranquila, hijita, tranquila. Todo va a estar bien.
Con retales le hice ropala teñí de azul, verde, rojo. Sencillo, pero alegre. Clara, al verla, se sorprendió:
¡Juana, tienes manos de oro! Pensé que solo sabías manejar la azada.
La vida te enseña de todorespondí, orgullosa del halago.
Pero no todos en el pueblo eran comprensivos. Sobre todo Martinacada vez que nos veía, se santiguaba:
No es bueno, Juana. Un expósito en casa trae mala suerte. Su madre no debía ser decente, por eso la abandonó. De tal palo
¡Cállate, Martina! la interrumpí. No juzgues lo que no sabes. La niña es mía, y punto.
El alcalde del pueblo también frunció el ceño al principio:
Piénsalo, Juana. Quizá el orfanato sea mejor. Allí la alimentarán, la vestirán
¿Y quién la va a querer? pregunté. En el orfanato ya hay suficientes huérfanos.
El alcalde terminó ayudandoleche, harina, lo que podía.
Poco a poco, María se fue abriendo. Primero palabras sueltas, luego frases. Recuerdo su primera risame caí de la silla colgando cortinas. Allí tirada, quejándome, y ella se echó a reírtan dulce, tan infantil. Hasta el dolor se me pasó.
En







