– ¡Aquí está toda la verdad sobre tu prometida! – dijo el padre con frialdad, entregándole al hijo una memoria USB

**Diario personal**

Aquí tienes toda la verdad sobre tu prometida dijo mi padre con voz seca, alargándome un pendrive.

Miré el reloj con impaciencia. Había reservado mesa en “El Jardín de Lujo”, el restaurante más exclusivo de Madrid. Lucía ya llevaba diez minutos de retraso, y eso siempre me sacaba de quicio. La puntualidad era una de las virtudes que más valoraba en las personas. Respiré hondo, hojeando el menú por enésima vez, aunque ya sabía perfectamente qué pediría.

El cansancio acumulado y la reciente conversación con mi padre me tenían la mente revuelta. Justo cuando iba a llamar a Lucía, la puerta del restaurante se abrió.

¡Cariño! ¡Perdón por llegar tarde! Se acercó a la mesa como un remolino, vestida con un vestido azul claro que resaltaba su figura esbelta. Se inclinó y me dio un beso fugaz. Olía a flores de primavera y a algo tan familiar que mi enfado se esfumó al instante.

Sabes que no soporto esperar intenté mantener el tono serio, pero mis labios traicioneros esbozaron una sonrisa. Era imposible enfadarse con ella.

Pero a mí me lanzó una mirada pícara me encanta que un hombre tan guapo me espere en un sitio así. ¡Imagínate, me quedé atascada en un semáforo! Luego una anciana cruzó la calle tan despacio que casi me vuelvo loca.

Me reí sin poder evitarlo:

Seguro que estuviste media hora arreglándote.

¡Qué va! fingió indignación. Solo veinticinco minutos.

No podía apartar la vista de ella. Su pelo castaño caía en ondas suaves sobre los hombros, sus ojos azules brillaban, y esos hoyuelos en las mejillas hacían su sonrisa irresistible.

Cada vez que la miraba, me costaba creer lo afortunado que era. Nos conocimos hace dos años, llevamos año y medio juntos y un año comprometidos. Y ahora

¿Brindamos? levanté mi copa de champán.

Por nosotros respondió Lucía, con una sonrisa en la que asomó algo que me hizo revolverse por dentro.

Pedimos y charlamos sin parar sobre el día. Ella, como siempre, hablaba animadamente de su trabajo en la clínica, de un niño que la había hecho reír, de cómo el director la llamaba “la enfermera de oro”.

¿Y tú? ¿Cómo va el proyecto con tu padre? preguntó mientras probaba un trozo de salmón.

Bien me encogí de hombros. Todo según lo planeado, aunque los plazos aprietan.

Asintió y, como al descuido, preguntó:

Hablando de plazos ¿Cuándo fijaremos la fecha de la boda?

Me quedé helado. Otra vez.

Lucía, ya lo hablamos. Cuando terminemos el proyecto

Sí, sí, lo sé agitó la mano con impaciencia. ¡Pero ya llevamos medio año así! No quiero esperar más. Llevamos un año comprometidos. ¿Por qué lo retrasas?

No lo retraso. Es que ahora no es el momento.

¿Y cuándo lo será? ¿Cuando tenga cincuenta años? Quiero ser tu esposa, ¿entiendes? No tu novia, no tu prometida ¡Tu esposa!

Lucía, tengo tanto trabajo que no levanto cabeza

¡Por favor! Como si para la boda tuvieras que hacer algo más que presentarte el día indicado.

No es eso empecé a irritarme. Quiero que todo sea perfecto.

¡Yo también! exclamó. ¿Y sabes qué sería perfecto? ¡Una boda en una isla! Ya lo hablamos. Hasta he mirado catálogos: Mallorca, Canarias, Ibiza ¡Tú eliges! Allí lo organizan todo, solo tenemos que ir.

¿Otra vez con lo de la isla? ¿Necesitas tanto lujo? ¿O solo quieres que todos mueran de envidia?

Empujó su plato con brusquedad:

¿Así que piensas que estoy contigo por dinero? ¿Que solo quiero una boda de cuento?

¿No es así? las palabras se me escaparon antes de pensarlo. Solo hablas de bodas, viajes, lugares que visitar Nunca dices que solo quieres estar conmigo.

¡Eres insoportable! sus ojos se llenaron de lágrimas. Solo quiero ser tu esposa, y tú pones excusas. Si no quieres casarte, dilo.

¡No son excusas! alcé la voz, atrayendo miradas. ¿Por qué me presionas?

¡Porque te quiero, idiota! Pero no lo entiendes. O quizá no te importa.

Me levanté de un salto y tiré varios billetes sobre la mesa:

Sabes qué? No voy a discutir esto aquí. Llámame cuando te calmes.

Corrí hacia la salida, ignorando la mirada confusa del camarero y los sollozos de Lucía a mis espaldas.

***

Conduje por Madrid a toda velocidad, el BMW serpenteando entre las curvas. Subí la música al máximo para ahogar mis pensamientos, pero no sirvió de nada.

¿Por qué todo se había vuelto tan complicado con Lucía? Al principio fue diferente. Recordé nuestro primer encuentro: había ido a la clínica de mi padre por unos documentos. Javier López Mendoza, uno de los mejores cardiólogos del país y dueño de una red de clínicas privadas, nunca separó trabajo y familia.

“El negocio debe quedarse en casa,” solía decir.

Yo, único hijo y heredero, crecí rodeado no solo del cariño de mis padres, sino también de la atención especial de todos. En el colegio, la universidad, el trabajo siempre me trataron distinto.

A los veinticinco, ya estaba harto de chicas que solo veían mi cuenta bancaria y apellido. Modelos, ejecutivas ambiciosas, chicas de alta sociedad todas llevaban la misma máscara, ocultando miradas calculadoras tras sonrisas.

Hasta que conocí a Lucía.

Aquel día, estaba en recepción, rellenando papeles. Llevaba un uniforme blanco sencillo, el pelo recogido en una coleta. Nada más. Cuando levantó la vista y me sonrió, algo dentro de mí cambió. En su mirada no había falsedad, solo calidez y una luz especial.

Encontré una excusa para hablarle, luego la invité a un café, después a cenar

Lucía era distinta a todas. Creció en una familia humilde, trabajó desde los dieciséis, pagó sus estudios sola. Me cautivó su autenticidad, su humor, su falta de pretensiones. Nada que ver con las chicas de mi mundo.

Mi madre, Elena, la aceptó al instante.

“Es auténtica, hijo. Aférrate a ella,” me dijo tras conocernos. Desde entonces, la llamaba “mi niña”, incluso cuando empezamos a salir.

Pero mi padre Javier nunca habló mal de ella. De hecho, la valoraba como profesional. Pero cada vez que mencionaba planes serios, algo extraño asomaba en su mirada.

“Es una buena chica, Daniel pero no para ti,” dijo una vez. Esa frase se me quedó grabada, sembrando dudas.

¿Acaso él veía algo que yo no? ¿Era Lucía como las demás, solo que mejor ocultando sus intenciones?

Esos pensamientos crecían en situaciones como esta. Cuando hablaba de la boda, del lujo, recordaba a mis ex. Todas querían fiestas caras, regalos costosos, el estatus de esposa de un heredero.

¡Maldita sea! grité al frenar en un semáforo.

La amaba, sin duda. Pero hoy me había herido tanto que, por primera vez, pensé en romper. Por mucho que mi corazón la anhelara, no permitiría que nadie me usara ni siquiera

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– ¡Aquí está toda la verdad sobre tu prometida! – dijo el padre con frialdad, entregándole al hijo una memoria USB
Encontré la excusa perfecta para pedirle matrimonio. Relato Gracias de corazón por vuestro apoyo, por los “me gusta”, por el interés, los comentarios en mis relatos, las suscripciones y, sobre todo, MUCHÍSIMAS GRACIAS por vuestras donaciones de parte mía y de mis cinco mininos. ¡Compartid, por favor, los relatos que más os gusten en vuestras redes sociales, eso alegra mucho al autor! —¿Tu hija quería un perro de raza? —le preguntó un día un vecino a una mujer. —Quería, sí, pero no nos sobra el dinero, ya sabes que vivimos sin un hombre en casa —respondió la mujer. El vecino solo sonrió y dijo—: Te lo regalo, venid conmigo. Por casualidad, la pequeña Paulita ya había vuelto del cole. Al oírlo, se le iluminó la cara y se pegó a su madre: —Mamá, vamos, ¡es gratis, mamá! Prometo que yo lo paseo, y que solo sacaré sobresalientes, ¡te lo juro, mamá! —¡Jolines, Antonio, menuda se ha montado! Lías a la niña y la que tiene que solucionarlo luego soy yo —se enfadó Marina. —Anda, Marina, antes mírame a mí y luego te enfadas. Que soy un hombre decente, trabajador, apañado y que cumple. Solo que ando solo en la vida —dijo Antonio, con cara de bueno. —Déjate, Antonio, ¿acaso no te conozco de toda la vida? ¡Si te saco siete años y cuando yo acababa el instituto tú seguías en primaria, hombre! —se enfadó más Marina. —Pero mira, ahora estamos igualados, solo te llego al hombro y ya soy más fuerte que tú —bromeó él mientras la abrazaba. —Más fuerte sí, pero de cabeza flojeas, porque mira que pegarte esos abrazos delante de la chiquilla… —Marina se zafó, pero con una sonrisa. —Eso es lo que me falta, alguien como tú, tan lista… por eso ando como ando —suspiró Antonio. —¡Vale ya! ¿Vamos a buscar el perro o no? —interrumpió Paulita con voz de súplica. —Eso, eso, ¿dónde encuentras tú algo así? Un perrito mono, con manchitas… y encima gratis… Si supierais la historia que tiene… Venid, os enseño —Antonio puso voz misteriosa y Paulita apretó más fuerte la mano de su madre. —Mamááá, ¡me dijiste que sííí! Antonio veía la duda en los ojos de su vecina y se apresuró. —¿Entonces arranco el coche? Que está aquí cerca, ¡no os vais a arrepentir! Marina, mirándolo de reojo, al final suspiró y le dijo a su hija: —Bueno, dicen que es perro pequeño. Pero, ojo, como saques malas notas… Paulita no paró en el coche: —¿El perro es alegre? ¿Cómo se llama? ¿Falta mucho, tío Toñín? Por fin llegaron a un edificio antiguo. —Era el piso de mi difunta madre, lo tenía alquilado, pero salió mal. No he podido limpiar, os aviso, que ayer mismo me enteré de lo que ha pasado… —advirtió Antonio. El piso estaba hecho un desastre. Entre bolsas de arroz reventadas, cajas vacías de galletas y latas de conservas podridas, apretados uno contra el otro, estaba una gata gris de ojos amarillos y un perrito peludo. Sucios, mal peinados, pero vivos y sin rendirse a la suerte que les tocaron por culpa de sus antiguos dueños. —Fíjate —contó Antonio entre nervioso y divertido—, llevaba un mes sin venir, y mira lo que me encuentro al volver por el dinero del alquiler… Los vecinos le contaron que las dos chicas que alquilaban el piso se marcharon a escondidas hacía semanas, sin pagar. La gata y el perro, abandonados, quedaron encerrados, sin comida ni agua. —¿Y cómo han sobrevivido? —preguntó horrorizada Paulita. Por todo el piso se veían rastros de su lucha. Se comieron a la fuerza todo lo que había: galletas, caramelos, macarrones crudos y copos de avena. Hasta lograron abrir latas de carne y sobres de leche condensada. Se debía ver aquello… Pero el agua era lo más importante. La gata, parece ser, sabía abrir el grifo del baño o lo abrió por casualidad. Menos mal que no lo abrió del todo, si no habría habido inundación (aunque así las habrían rescatado más rápido…). Antonio sabía bien a quién llamar. Paulita enseguida se puso a consolar y alimentar a la gata y el perro con pienso que Antonio traía. Y hasta a Marina se le saltaron las lágrimas de la compasión… —Sabía yo que no me equivocaba contigo, Marina, eres una mujer buena, te lo digo yo —le susurró Antonio mientras Paulita acariciaba a los ya saciados animales—. Bueno, ¿os los lleváis a los dos a casa? Y dime, Marina, ¿te casarías conmigo? Que por eso no me he casado todavía, porque como tú no encontraba… Si dices que sí, viviremos mejor que nadie, te lo aseguro. Tengo coche, dos pisos, Polina tendrá donde vivir cuando se case y el otro lo alquilamos bien. ¿Te animas? Igual hasta tenemos más hijos, ¡y para felicidad ya tenemos gata y perro! ¿Qué me dices, Marín? —Di que sí, mamá —gritó Paulita, sin entender del todo la conversación. Antonio se echó a reír: —Mira, todos están de acuerdo… ¡anímate! —¿Pero qué dices, Toño, estás de guasa? —se sonrojó embarazosamente Marina. La verdad, el vecino era un hombre atractivo, buena persona y ni pensaba que alguien fuese a proponerle matrimonio a estas alturas. Pero al pensarlo, y cuando Antonio la volvió a abrazar, se le aceleró el corazón. —Déjame pensarlo, si de verdad no vas de coña, ¡menudo tentador eres! —Marina sonrió azorada. —Tómate tu tiempo, que no somos gente orgullosa. Yo mientras me llevo la gata y a vosotros el perrito, como queríais. Mañana vengo con Misi a por tu respuesta, así que, ¡Barbos, ponte a limpiar la casa! —dijo Antonio al perro, que pareció entender y ladró feliz. Antonio convenció a Marina para casarse con él Un mes después celebraron la boda con todo el portal. Prepararon la comida en casa de Marina y montaron las mesas en la de Antonio, que tenía más espacio para la fiesta. Misi y Barbos no se separaban ni un instante de sus nuevos humanos; los animales siempre sienten quiénes son buena gente y a quién han de abrazar fuerte. Al año, Marina y Toño tuvieron mellizos: Sonia y Álex. Ahora Misi y Barbos tienen trabajo: ¡vigilar a los peques! Porque en una familia grande siempre hay sitio para todos. Y lo mejor: en una familia grande y unida, ¡la felicidad sobra! Una historia con alegría para los peques y también para los animales ¡Especialmente cuando en casa hay una gata y un perrito!