**La venganza de una mujer herida**
Hoy escribo esto con el corazón en la mano. Soy Javier Martín, profesor de física en una escuela rural de un pequeño pueblo de Castilla. Tengo cuarenta y un años y, aunque suene a tópico, acabo de casarme por segunda vez. Mi querida esposa, Lucía, tiene treinta. Joven, hermosa, dulce y tranquila, me robó el corazón desde el primer momento.
Mi primer matrimonio con Marta terminó después de nueve años. Tenemos una hija, Carlota, a quien amo profundamente. Pero Marta se mudó a su pueblo natal tras el divorcio y nunca más me dejó verla.
Javier, ya te divorciaste de esa histérica, ¿por qué no vuelves a casarte? me decía mi amigo Íñigo, el guardia civil del pueblo.
Lo sé, pero no he encontrado a nadie que me llegue al alma. Además, tengo miedo de equivocarme otra vez
Hasta que llegó al pueblo una enfermera nueva, Lucía. La vi por casualidad al salir de la escuela.
Vaya, una cara nueva ¿quién será? pensé, mientras nuestros ojos se cruzaron. Ella sonrió y me saludó primero.
Íñigo, ¿quién es esa chica nueva? le pregunté al día siguiente, entrando en su despacho.
¿Quién? ¿De quién hablas?
Una mujer rubia, esbelta, con una mirada seria
¡Ah, Lucía! Llegó hace tres días, trabaja en el ambulatorio. La anterior enfermera se jubiló.
No fue difícil acercarme a ella. Dos días después, la esperé a la salida del trabajo, como si fuera casualidad.
Hola, soy Javier, profesor de física. Por cierto, soltero dije con una sonrisa. ¿Y tú, enfermera estás libre?
Sí, soy enfermera. ¿Y por qué te importa mi estado civil? respondió seria.
Mucho. Más de lo que imaginas
Empezamos a salir y pronto nos casamos en una pequeña ceremonia en el bar del pueblo.
Lucía también había estado casada, pero solo un año. Daba gracias a Dios por no haber quedado embarazada. Su exmarido era un borracho que la acosaba pidiendo dinero. Por eso huyó a este pueblo.
El primer día de clases, después del acto de inauguración, los profesores fuimos a celebrar.
Lucía, llegaré tarde. Ya sabes, es tradición
Está bien, Javier. Pero que no vuelvas oliendo a perfume ajeno.
¡Vamos, cariño! Ya te expliqué que fue la chaqueta de Juana la que quedó encima de la mía
Esa noche estuvo llena de risas y brindis. Todos deseaban éxitos profesionales y familias numerosas. Solo Juana, la profesora de historia, me miraba con tristeza. Nunca se había casado y siempre creyó que algún día estaría conmigo hasta que apareció Lucía.
Regresé a casa algo bebido. La casa estaba a oscuras.
¡Lucía! llamé, colgando mi chaqueta. Ya estoy aquí, sano y salvo.
Entré al salón, pensando que estaría leyendo en la habitación, como solía hacer.
Ahí estás la vi sentada en la cama, con un libro en las manos. La fiesta estuvo bien, no llegué tan tarde
Ella levantó la vista. Sus ojos eran fríos, vacíos.
¿Qué te pasa, Lucía? pregunté, preocupado. ¿Es porque bebí? Solo fue un poco
Ella señaló hacia el salón.
Hay una carta para ti. Léela.
En la mesa había un sobre abierto. La letra era elegante, pero no había remitente.
*«Querido Javier, decidí escribirte. Sabes quién soy, fui tu único amor. No lo habría hecho, pero ahora espero tu hijo. Lo que hagas depende de ti. Sé que te casaste»*
Me quedé helado. No recordaba haber estado con nadie más. Pensé que era una broma.
Lucía, ¿en serio te lo crees? dije, sobrio de golpe. Esto es una mentira.
Ella no respondió, solo se dio la vuelta. Había abierto la carta porque pensó que entre nosotros no había secretos.
Pasé horas intentando convencerla, jurándole amor, pero no me creyó. Al final, me mandó a dormir al sofá.
Al día siguiente, fui a ver a Íñigo con la carta.
¿Estás de broma? No puedo rastrear una letra así se rascó la cabeza. No hay delito, es solo una nota de amor.
¡Íñigo, mi matrimonio se está yendo al traste! Lucía no me cree.
¿Quieres que interrogue a medio pueblo?
Lucía seguía sin hablarme. Hasta Juana se acercaba más de la cuenta.
¿Y si fue ella? pensé.
Busqué su letra en el libro de clases, pero era torpe, nada que ver con la carta.
En casa, el silencio era insoportable.
Dime, Javier, ¿en qué fallé? Lucía tenía los ojos llorosos. Voy a pedir el divorcio.
Eres perfecta para mí.
Si me fuiste infiel, no lo soy. Me iré a vivir al ambulatorio.
No pude detenerla.
Dos días después, fui a correos. Entre las cartas, reconocí esa letra. El remitente: pueblo de Valdepeñas, casa número siete, Lydia Jiménez.
No la conocía, pero el pueblo estaba a siete kilómetros. Fui directo.
Esperé horas hasta que vi a una mujer embarazada salir.
¡Lydia! la reconocí al instante.
Hace años, fue mi alumna. Ocho años menor, me perseguía declarándome su amor. Luego desapareció.
¿Por qué me enviaste esa carta? le espeté. Arruinaste mi matrimonio.
Sí, soy feliz. Pero tú no pagaste por mi sufrimiento. Esta es mi venganza.
¿Y por qué ahora?
Porque sé que eres feliz con tu esposa. Que sufras como yo.
Pues le enseñaré la carta a tu marido.
¡No, por favor! suplicó. Estoy embarazada Haré lo que sea.
Dile la verdad a Lucía.
Al día siguiente, al anochecer, escuché la puerta abrirse.
Javi, ayúdame con la bolsa.
Era Lucía, sonriendo. La abracé con fuerza. Afuera, el otoño era gris, pero en casa todo era luz y calor. Ambos estábamos felices porque pronto seríamos tres.







