Mi esposa cuida de la casa mientras yo estoy aquí contigo, mi amor

**Diario de un hombre despechado**

Mi esposa cuida de la casa mientras estoy aquí contigo, amor mío.
Una llamada de un número desconhecido, y escuché la voz de mi mujer decir: «Mi esposo está cocinando y limpiando el baño mientras yo estoy aquí contigo, cariño».

Cuando mi mujer me dijo que tenía una cena de trabajo, no sospeché nada. Pero luego recibí una llamada que me dejó helado. Lo que oí al teléfono me hizo agarrar las llaves del coche, listo para enfrentarla. Y al día siguiente, empacar sus malas.

Después de diez años de matrimonio, creía conocer a Lucía como la palma de mi mano. Pero la semana pasada entendí que ni una década de vida juntos te salva de la traición o del placer de ver al karma actuar en el momento justo.

Todo empezó sin malicia.

El jueves por la noche, Lucía entró canturreando, con una energía inusual en su paso.

«¡Gran noticia! anunció. Mañana hay una cena de empresa. Solo para empleados».

Me dio un beso en la frente y dejó el bolso en el sofá.

«Será un rollo, ni te molestes en acompañarme. Solo hablarán de números y proyectos aburridos».

Arqueé una ceja.

Lucía nunca fue de fiestas. Su idea de diversión era ver toros en la tele. Pero me encogí de hombros.

«Como quieras», dije, pensando en mis planes para el día siguiente.

A la mañana siguiente, estaba más cariñosa que nunca. Demasiado.

Mientras preparaba el desayuno, se acercó por detrás, me abrazó y susurró:

«Sabes que eres increíble, ¿verdad?».

Me reí. «¿A qué viene esto? ¿Intentas ganar puntos?».

«Quizá», respondió, entregándome su blusa favorita, esa que siempre se le desabrocha el segundo botón.

«¿Podrías plancharla? Ah, y mientras esté fuera, ¿qué tal si haces tu paella? Con mucho azafrán. Ya sabes cómo me gusta».

«¿Algo más, su majestad?», bromeé.

«Pues sí sonrió. ¿Podrías limpiar el baño? Me encanta tenerlo impoluto. Nunca se sabe cuándo vendrá visita».

Puse los ojos en blanco, pero me reí.

Lucía tenía sus manías, y aunque sus peticiones sonaban a capricho, no le di importancia. Ojalá lo hubiera hecho.

Ese día, me puse con las tareas.

La aspiradora rugía, la lavadora giraba, y la casa olía a paella. De fondo, mi playlist de limpieza, y por un instante, la vida parecía normal.

Entonces, sonó el teléfono.

Número desconhecido.

Casi no contesto, pero algo me hizo atender.

«¿Diga?».

Primero, solo música alta y risas. Arrugué el ceño, pensando en una broma.

Pero entonces escuché la voz de Lucía.

«¿Mi marido? dijo, riendo. Seguro que está fregando el váter o cocinando. Es tan predecible. Y yo aquí, contigo, mi amor».

Una mujer se rió al fondo.

El estómago se me revolvió.

Me quedé inmóvil, el móvil pegado a la oreja, mientras mi mundo se desmoronaba.

La llamada se cortó.

Segundos después, un mensaje. Solo una dirección.

Miré la pantalla, el corazón a mil.

Podía ser un error. Una broma. Pero en el fondo, sabía que no.

No lloré. Todavía no.

En vez de eso, cogí el abrigo, las llaves y salí directo hacia esa dirección.

La paella podía esperar.

Lucía iba a tener la sorpresa de su vida.

El GPS me llevó a un lujoso apartamento al otro lado de Madrid.

La casa era enorme, con ventanales y un jardín impecable. Fuera, coches de gama alta. Dentro, gente riendo, bebiendo, disfrutando.

Al ver caras conocidas, el estómago se me encogió.

¿Quién se sorprendería más, Lucía o yo? Estaba a punto de descubrirlo.

Al acercarme a la entrada, un guardia me paró.

«¿Le ayudo, señor?».

Fingí tranquilidad. «Sí, vengo a entregarle algo a mi esposa».

El guardia me miró con recelo, sobre todo al ver el cubo de fregona en mi mano. Dentro, un estropajo y una botella de lejía.

«Es la mujer del vestido negro», dije, calmado.

El guardia dudó, pero al decidir que no era una amenaza, me dejó pasar.

Nada más entrar, todos los ojos se clavaron en mí.

Y allí estaba Lucía.

En el centro de la sala, con el brazo alrededor de un tipo con traje caro.

Parecía más viva que en años, riendo, bebiendo champán, como si nada importara.

El corazón me dio un vuelco.

Quería abalanzarme, pero una voz en mi cabeza dijo: «Sé más listo. Que merezca la pena».

Lucía me vio.

Se le borró el color de la cara. Tosió y se apartó del tipo.

«¿Javier? tartamudeó. ¿Qué qué haces aquí?».

«Hola, cariño dije, lo bastante alto para que todos oyeran. Olvidaste algo en casa».

Lucía parpadeó, confundida.

Me acerqué y levanté el cubo.

«Como te gusta tanto hablar de mis dotes de limpieza, pensé que esto te serviría para limpiar el desastre que hiciste con nuestro matrimonio».

Un murmullo recorrió la sala.

El tipo del traje se apartó, incómodo.

Pero no había terminado.

«¿Saben? dije a los presentes. Lucía finge ser la esposa fiel en casa. Pero, como ven, prefiere jugar a ser feliz con quien le sube el ego».

«Javier, por favor susurró, desesperada. Podemos hablar afuera».

«¿Ahora quieres privacidad? respondí. ¿Dónde estaba esa preocupación cuando te burlabas de mí a mis espaldas?».

Me giré a la multitud.

«Disfruten la fiesta. Y recuerden: una vez mentiroso, siempre mentiroso».

Con eso, tiré el cubo a sus pies y salí, mis pasos resonando en el suelo de mármol.

En el coche, el móvil volvió a sonar.

El mismo número.

El mensaje decía:

«Merecías saber la verdad. Lamento que fuera así».

Las manos me temblaron al marcar.

Una mujer contestó.

«¿Diga?».

«¿Quién eres?», pregunté.

«Soy Clara dijo tras una pausa. Trabajé con Lucía».

«¿Por qué hiciste esto?».

«Porque alguien tenía que hacerlo susurró. La vi mentir y engañar durante meses. Me daba asco. No te merecías eso».

Tragué saliva.

«Pedí a una amiga que te llamara para que lo oyeras tú mismo. Necesitabas saberlo».

Cerré los ojos un segundo.

No sentí rabia. Sentí alivio.

A la mañana siguiente, Lucía encontró sus maletas en la puerta.

Cuando intentó entrar, las cerraduras ya estaban cambiadas.

No sé, ni me importa, dónde pasó la noche.

En su móvil, mi único mensaje:

«Disfruta».

Y por primera vez en años, sonreí.

No por venganza.

Sino porque, al fin, mi vida volvía a ser mía.

**Lección aprendida:** El que la hace, la paga. Y a veces, el mejor castigo es dejar que la vergüenza les persiga.

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