Alba creció en un orfanato, y desde que tenía memoria, siempre estuvo rodeada de otros niños como ella y sus cuidadores. La vida no le había sido fácil, pero aprendió a defenderse y a proteger a los más pequeños. Tenía un fuerte sentido de la justicia y no soportaba ver a los débiles siendo maltratados. A veces también ella sufría, pero no lloraba, sabía que sufría por la verdad y por lo que era correcto.
Desde pequeña se llamaba Albina, pero en el orfanato le acortaron el nombre y todos la llamaban Alba. Apenas cumplió los dieciocho años, la dejaron salir del orfanato para enfrentarse a la vida adulta. Por suerte, ya tenía una profesión: era cocinera y llevaba meses trabajando como ayudante en un café. Le dieron una habitación en una residencia, pero era tan miserable que daba miedo mirarla.
Por aquel entonces, ya salía con Víctor, tres años mayor que ella, que trabajaba en el mismo café como conductor de una furgoneta. Rápidamente, se fueron a vivir juntos a su pequeño piso heredado de su abuela.
“Albina, vente a mi casa, ¿qué haces en esa residencia? Aquí ni siquiera la cerradura funciona bien, y podemos arreglarlo todo”, le propuso él, y ella aceptó sin dudarlo.
Víctor le gustaba porque era más maduro y serio. Un día, hablando de hijos, él soltó de golpe:
“No soporto a los mocosos, solo dan problemas y ruido”.
“Víctor”, murmuró Albina, sorprendida, “pero si es tu hijo, tu propia sangre, ¿cómo puedes hablar así de los niños?”.
“Bueno, dejémoslo, ya te lo he dicho. No me gustan y punto”, se limitó a responder, apartando el tema.
A Albina le dolió escuchar esas palabras, pero pensó que, con el tiempo, quizá cambiaría de opinión.
Trabajaba con esmero en el café, incluso podía sustituir a Valentina, la cocinera principal, cuando esta no aparecía por trabajo, excusándose con migrañas. Aunque todos sabían que la “migraña” de Valentina era el alcohol, que nunca sabía controlar.
“Valentina, si vuelves a faltar, te despido”, le advirtió el dueño del café, aunque sabía que era una gran cocinera y los clientes siempre la elogiaban.
“Tienes una cocinera excelente, Marcos”, le decían amigos y conocidos.
Así que Valentina aguantaba en el trabajo, escuchando en silencio las advertencias. Sabía que solo la mantenían por su talento. También veía que Alba, su ayudante, aprendía rápido y cocinaba con pasión. Incluso el dueño, Marcos, empezó a fijarse en ella.
Una vez, Alba escuchó por casualidad su conversación con el encargado del local.
“Si Valentina vuelve a faltar, la despido. Albina es joven, pero trabaja duro y lo hace igual de bien. No está malcriada, es responsable”, decía, pero no escuchó el resto mientras se alejaban.
“Vaya, parece que don Marcos confía en mí Pero pobre tía Valentina, es buena persona, solo que su vicio la arruina”, pensó, decidiendo no contárselo a nadie, ni siquiera a Víctor.
Pasó el tiempo. Valentina volvió a desaparecer una semana entera, y Albina cocinó sin quejas de los clientes. Cuando Valentina regresó, era un espectáculo triste: manos temblorosas, ojeras profundas, apenas podía mirar a los ojos.
El dueño entró en la cocina y ordenó:
“Valentina, a mi despacho ahora”.
La despidió. Luego, volvió y anunció:
“Desde hoy, Albina, eres la cocinera principal. Cocinas bien, tienes potencial y quiero que sigas mejorando. Buena suerte”.
“Gracias”, respondió ella, nerviosa por la responsabilidad.
Se alegró mucho: el sueldo era bueno, y siendo tan joven, ya tenía un puesto estable. Se prometió:
“Haré todo lo posible para no defraudar a don Marcos”.
Esa noche, Víctor llegó con champán.
“Brindemos por tu ascenso, felicidades, Alba. Al final, conseguiste que te valoraran”, dijo con una sonrisa burlona.
Llevaban años juntos, pero él nunca habló de matrimonio. Albina trabajaba duro, y el dueño a veces la elogiaba. Tenía verdadero talento para la cocina. Con Víctor llevaban casi tres años. No bebía, casi siempre estaba al volante, y nunca la maltrató. Claro que había discusiones, pero se reconciliaban rápido. Sin embargo, el tema del matrimonio ni se mencionaba.
“Llevamos tanto tiempo juntos ¿Por qué no habla de casarse?”, pensaba a veces. “Quizá si me quedo embarazada, cambiará de idea. Al fin y al cabo, una familia debe ser algo serio”.
Recordaba aquella vez que Víctor le dijo que odiaba a los niños. Desde entonces, no volvieron a hablar del tema. Albina sabía que aún no era el momento: acababa de estabilizarse, con un buen trabajo y sueldo.
Pero el tiempo pasó, y un día descubrió que esperaba un bebé. Fue al médico, quien confirmó el embarazo. Aunque era pronto, Albina estaba feliz.
“No tengo familia pero este será mi propio hijo, mi sangre”, susurraba, acariciando su vientre aún plano.
Cuando Víctor llegó a casa y la vio radiante, preguntó:
“¿Qué te tiene tan contenta?”.
“Buenas noticias. Hoy estuve en el médico Vamos a tener un bebé”.
El rostro de Víctor se tensó. Miró al suelo y dijo, fríamente:
“No quiero esto. O te deshaces del niño, o te vas. No te retengo. Ya te dije que no soporto a los niños. Pero tú decidiste ignorarme. Pues asume las consecuencias”.
Nunca alzaba la voz, pero su tono helaba la sangre. Nunca ocultó que no quería ser padre. Albina había esperado que cambiaría al saber que esperaban un hijo. Pero la vio apretar los labios y apartarse. Luego añadió, con dureza:
“Eres una huerfanita ¿Adónde irás, encima embarazada? Piensa bien y resuélvelo Seguiremos como antes. No tienes adónde ir”.
Al día siguiente, tras su turno, Albina recogió sus cosas y volvió a la residencia. Su habitación seguía allí. Se detuvo ante la puerta descascarillada con el número 35 escrito con rotulador sobre la placa vieja. Respiró hondo y la empujó con el hombro; no estaba cerrada.
Los goznes chirriaron al entrar. La habitación olía a humedad y polvo. La pared tenía manchas, el yeso del techo se caía a trozos, y en el alféizar yacían moscas muertas.
“Vaya qué alegría”, pensó con ironía.
Había una cama oxidada, un colchón sucio y una manta manchada. Una mesa vieja y coja, una silla maltrecha y un armario con la puerta descolgada completaban el ambiente.
Dejó su bolsa con lo poco que tenía: algo de ropa, un par de libros, dos tazas y platos. Pasó la mano por su vientre, aún plano, pero donde ya latía una vida.
“No importa nos las arreglaremos”, susurró.
Del pasillo llegaron gritos; algún vecino borracho insultaba antes de dar un portazo. Albina se estremeció.
“Bueno, Alba bienvenida a casa”, murmuró.
La cocina de la residencia era compartida: una cocina vieja, un frigorífico oxidado y cucarachas correteando junto al cubo de basura.
De vuelta en su cuarto, cerró con el pestillo. Sintió un nudo en el pecho, ganas de llorar pero se contuvo. De repente, se sintió libre. Recordó las palabras de Víctor:
“¿Adónde irás?”.
Pues ya tenía respuesta: a esa habitación, su refugio. Allí tendría que limpiar, arreglar, trabajar pero al menos sería suya. Su libertad. El comienzo de una nueva vida. Ya no estaba sola: eran dos. Se acercó a la ventana, sucia, pero pensó: “La limpiaré, brillará bajo el sol”. Aunque afuera estaba nublado, un verano frío y lluvioso.
“No importa lo lograremos”, se repitió. “Porque no hay otra salida. Porque elegí esta vida. Porque no quise escuchar a Víctor. Porque no haré lo que mis padres hicieron conmigo”.
Tenía trabajo, no pasaría hambre. Algo de ahorros. “Convertiré esta habitación en un hogar”.
No perdió tiempo. Buscó un cubo, un trapo viejo y empezó a limpiar. Horas después, la habitación olía a limpio. El suelo relucía, el polvo había desaparecido. Se sentó en la silla, ya limpia, y miró por la ventana, ahora transparente.
“Bueno, descansemos. Iré a comprar ropa de cama, almohadas, jabón Y lo primero, un cerrojo nuevo. Pediré ayuda para instalarlo”.
Poco a poco, su vida se normalizó. El cerrojo lo instaló don Luis, el carpintero de la residencia, un hombre amable que siempre bromeaba con ella.
En el café, la vida seguía. Llegó Teodoro, un nuevo camarero. Se fijó en Albina, y pronto todos supieron que pronto se iría de baja maternal.
Un día, Teodoro la acompañó a casa. Por cortesía, lo invitó a pasar, y él aceptó. Esa noche, entendió que le gustaba, pero se asustó: estaba embarazada.
Sin embargo, Teodoro no se rindió. Una noche, le confesó:
“Albina, casémonos. Tú estás sola, yo también. Solo tengo a mi abuela en el pueblo. Te quiero Y quiero a tu hijo. Será mío también”.
Albina lo comparó con Víctor. Eran tan distintos. Teodoro era cálido, trabajador, cariñoso.
Finalmente, aceptó. Y cuando nació su hijo, Teodoro estuvo allí. Corrió a casa a pintar, preparar la cuna y el cochecito. Cuando Albina regresó del hospital, no reconoció su habitación. Teodoro lo había arreglado todo. Había globos de colores, todo limpio y flores para recibirlos.







