La Visitante Nocturna

LA VISITANTE NOCTURNA

Ella caminaba apresuradamente, sus tacones resonando en el adoquín desierto. Arriba, la luna asomaba con descaro, sonriendo con aire presumido. La ciudad se desvanecía en la neblina nocturna, iluminándose de vez en cuando con el frío y altivo brillo lunar. Las farolas arrancaban trozos de calle a la oscuridad, mientras las ventanas reflejaban la luz como gafas adornando las fachadas de los edificios.

Más adelante, un tranvía brillaba como un árbol de Navidad, traqueteó en una curva y desapareció en la negrura, desvaneciéndose como un fantasma.
El repiqueteo de los tacones se intensificó, rebotando contra las paredes de las casas. No, no había alcanzado el último tranvía. Desde arriba, la luna soltó una risita burlona.

Se había quedado hasta tarde en casa de su amiga y, con arrogancia, había rechazado que la acompañaran, confiando en el tranvía.
El ruido de sus pasos se ralentizó hasta detenerse por completo. Agotada, se sentó en un banco y lloró de impotencia. De pronto, unos frenos chirriaron y una voz desde el interior del coche canturreó, estirando las palabras: “¿Vamos a dar una vuelta?”.

Ella se encogió en el banco, deseando volverse invisible, fundirse en la oscuridad. No quería aventuras, solo llegar a casa, que parecía un sueño lejano. Un hombre asomó la cabeza: “No temas, te llevo rápido, adonde digas”. La puerta del coche se abrió y ella, vacilante, se desvaneció en el vientre metálico.

El asiento de piel la acogió con suavidad, oliendo a hogar y a algo más, indefinible pero agradable. En la parte trasera, un niño dormía abrazado a un enorme perro. La bestia respiraba en su nuca, moviendo los rizos de su pelo con su aliento caliente. Ella se quedó paralizada.

El hombre, esbozando una sonrisa, habló rápido: “No temas, Alma es tranquila, no hará nada”.
“Iván”, dijo él, tendiendo la mano con cordialidad. Ella murmuró: “Alicia Segoviana”. El hombre soltó una carcajada: “Para una Segoviana, pareces muy joven”.

En el espejo retrovisor, vio su rostro asustado, con el rímel corrido, iluminado por los controles del coche. Apenas se reconoció. Molesta, murmuró: “Eso depende”.
“Trabajas en un colegio, ¿no?”, dedujo su improvisado conductor. Ella guardó silencio, quizá distraída por sus pensamientos.

“Nosotros también nos hemos retrasado”, continuó él. Poco a poco, el miedo se esfumó. Sintió como si conociera a aquel hombre desde siempre, y sin darse cuenta, empezaron a tutearse. Todo aquello tenía un aire familiar.

Iván le pasó un pañuelo. Mirándose en la cámara del móvil, arregló rápidamente las manchas bajo sus ojos y le sonrió agradecida. Él la observó con aprobación: “No estás mal, eres guapa”. Aquel comentario la animó.

Bromeaban y reían, hasta que el perro gruñó suavemente, como un maestro regañando a sus alumnos: “Más bajito, despertaréis al niño”.

De repente, el coche giró hacia un callejón oscuro. El corazón de la chica dio un vuelco. “Paramos en la farmacia de guardia. Le prometí a mi madre que le compraría medicina. Luego no tendré tiempo”, explicó Iván, notando su tensión.

Era pasada la medianoche, y al día siguiente o ya ese mismo era festivo. Nadie los esperaba en casa, excepto las pilas de cuadernos escolares de Alicia, así que siguieron recorriendo la ciudad. El coche fantasma surcaba las calles vacías, abriendo el vientre de la noche con sus faros.

Finalmente, Iván se atrevió a invitarla a su casa. Ella no se sorprendió.

El piso estaba en el séptimo piso. Iván llevaba con cuidado a su hijo dormido. En la luz fantasmal del ascensor, se observaron disimuladamente y luego, al pillarse, rieron como colegiales.

Iván era alto, de hombros anchos y bronceado, con el pelo rubio que contrastaba con su piel morena. Alicia le llegaba solo hasta el hombro, incluso con tacones.

La casa estaba impecable, todo en su lugar. Se notaba la mano cuidadosa del dueño. Iván acostó al pequeño, y Alma se tumbó a su lado en el suelo.

Bebieron té, escuchando música clásica. Sus gustos coincidían. Era extraño: en casa de un desconocido, a altas horas, Alicia no sentía incomodidad. Volvió aquella sensación de que eran una familia, de que Nico era su hijo.

En la cocina, hablaban en voz baja mientras bebían vino, cortesía del anfitrión. Iván se emocionó, lamentando que su esposa los hubiera abandonado… murió hace tres años, durante un parto difícil.

Prefirió salvar al niño, su primer hijo tan esperado. Su madre le ayudaba con Nico cuando el trabajo lo absorbía.

Iván le propuso a Alicia quedarse hasta la mañana. Ella aceptó en silencio, quizá por el vino, quizá por esos sentimientos que la invadían.

El amanecer la encontró durmiendo en la cama del dueño. Un susurro infantil la despertó. “Mamá”, decía el niño, tocando su cara. Alma estaba a su lado.

Alicia, con lágrimas en los ojos, lo abrazó fuerte, murmurando: “Mío, mío”. Iván entró con un desayuno humeante. “Ya os habéis encariñado”, sonrió.

“¿Te casas conmigo?”, soltó de repente. La propuesta la tomó por sorpresa. “Ni siquiera me conoces”, respondió ella, con tristeza.

“Sé lo suficiente. La vida es larga para descubrirse. Nico y Alma te aceptaron. Serás una buena madre”, dijo él con firmeza.

Afuera, el amanecer teñía todo de rosa. Alicia, con los ojos cerrados, recordaba aquel sueño extraño: un hombre la rescataba de la noche y le pedía matrimonio.

Entreabrió los ojos. A su lado dormían su marido, Iván, y su hijo, Nico. Alma, como fiel guardiana, ocupaba el pie de la cama.

Alicia se movió, liberando sus piernas. El perro bostezó y volvió a dormir. Quedaba mucho para el despertador. Mientras repasaba mentalmente la clase del día, se durmió de nuevo.

El sol luchaba por disipar las sombras. Desde lo alto, la luna le guiñó un ojo en sueños.

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