Simplemente pruébalo

La familia López vivía en un bloque de pisos de los años setenta en las afueras de Madrid. El padre, Antonio, tras perder su empleo en la fábrica, se había convertido en camionero, pasando meses en la carretera. La madre, Carmen, trabajaba dos turnos: de día como cajera en un supermercado y por las noches limpiando oficinas.

Su hija mayor, Marta, de veintidós años, era el orgullo de la familia. Madura para su edad, había estudiado contabilidad en un instituto técnico para empezar a ganar dinero pronto y ayudar a sus padres. Toda su vida giraba en torno a un único objetivo: que su hermano pequeño, Javier, pudiera estudiar en la universidad. El niño había destacado en matemáticas desde primaria y se había convertido en el “proyecto familiar”, su única esperanza de ascenso social.

Marta trabajaba como auxiliar contable para un pequeño empresario, pero por las noches, cuando la casa se quedaba en silencio, abría su viejo portátil de segunda mano y escribía. Historias tiernas, melancólicas, llenas de luz, sobre gente que soñaba, amaba y buscaba su lugar en el mundo. Era su escape de la monotonía y el cansancio.

Un día, su amiga de la infancia su única lectora fiel la convenció de enviar uno de sus relatos a un concurso literario. Para su sorpresa, ganó el primer premio: una modesta cantidad de dinero y una beca de prácticas en un periódico de Barcelona.

Decidió decírselo a sus padres durante la cena, mientras Javier hacía los deberes en su habitación.

Mamá, papá comenzó, apartando el plato de macarrones. Me han ofrecido unas prácticas en el periódico “El Correo”. Es una oportunidad.

¿Qué “Correo”? Antonio frunció el ceño, frotándose la cara con las manos. Tienes un buen trabajo con el señor Martínez. Es estable.

Papá, esto es diferente. Yo… he estado escribiendo relatos. Y me han seleccionado.

Carmen dejó de fregar los platos. Se secó las manos en el delantal y la miró fijamente.

¿Relatos? su voz sonó incrédula. Marta, ¿cuándo has tenido tiempo? ¡Necesitas dormir, tienes que trabajar! ¡Y ayudar a Javier con las mates!

Lo sé. ¡Pero es mi oportunidad! su voz tembló. Podría dedicarme a lo que me gusta. ¡Aunque sea probar!

¿Gustarte? Antonio se levantó, y su sombra cubrió a Marta. ¿Y quién va a mantener a la familia, eh? ¿Crees que yo voy en ese camión porque me encanta? ¿Crees que tu madre limpia oficinas por placer? ¡No! ¡Por obligación! Y tú pensando en tonterías. Hasta que Javier no entre en la universidad, no quiero oír nada de fantasías.

¡No son tonterías! gritó Marta, levantándose. ¿Por qué Javier puede soñar con estudiar en la Complutense y yo no puedo aspirar al periódico?

¡Porque Javier es un hombre! Él tendrá que mantener a su familia rugió el padre. ¡Y tú lo que tienes que hacer es casarte y no dar que hablar! ¡En vez de buscar novio, escribiendo cuentos como una cría!

Esas palabras le dolieron más que cualquier otra cosa. Dio un paso atrás, mirando sus rostros cansados y amargados. Sus padres no la veían como una persona, ni podían hacerlo. Para ellos, siempre sería la ayuda para ellos y el apoyo para su hermano. Discutir era inútil.

Vale susurró. Vale.

A la mañana siguiente, dejó casi todo el dinero del premio en la mesa de la cocina con una nota: “Para las clases particulares de Javier”. Se fue con una mochila que contenía su portátil, ropa limpia y los relatos impresos.

Las prácticas no eran remuneradas el periódico buscaba nuevos talentos. Escribir artículos asignados no era tan emocionante como crear sus propias historias. El trabajo de redactora, contra lo que esperaba, no era un paraíso creativo, sino una cadena de producción. Pero a Marta le encantaba: la gente, el ambiente, conocer personajes nuevos y ver la realidad desde otro ángulo.

Vivir en Barcelona era caro. Se alojó en un hostal cerca del trabajo y consiguió un turno de noche como camarera. Dedicaba el día a reuniones, artículos y correcciones, y la noche a servir mesas. Vivía en un perpetuo estado de cansancio, alimentándose a base de bocadillos y café.

Una noche, Carmen llamó. Su voz sonaba ronca:

Martita… Tu padre está en el hospital. El corazón. Le dio un mareo en el trabajo… Se… se angustió mucho por ti. ¿Al menos estás bien ahí? ¿Comes algo?

Marta miró su cena: un bocadillo reseco. El corazón se le encogió. De pena por sí misma, de culpa hacia sus padres.

Estoy bien, mamá mintió. ¿Cómo está Javier?

Te echa de menos. Ha bajado las notas, hace los deberes deprisa y corriendo. Y yo no puedo ayudarle…

No pasa nada, mamá, aprenderá a ser independiente. Dale un beso de mi parte. Y a papá… dile que iré a visitarle pronto.

Pero no fue. Envió la mitad de su escaso sueldo a casa, quedándose justo con lo necesario para sobrevivir. Sí, era difícil, pero con las dificultades llegó la libertad. Las ideas fluían en su mente, y escribía casi cada noche. Un nuevo relato suyo fue publicado en una revista literaria juvenil. Casi no le pagaron, pero cuando vio su nombre en el índice, lloró de alegría frente al quiosco.

Pasaron seis meses. La contrataron en el periódico, alquiló una habitación diminuta en un piso compartido con goteras y se sentía la persona más afortunada del mundo.

Un día, Javier apareció en su puerta. Había crecido, y tenía el rostro sombrío.

Hermana dijo, sin entrar. He cambiado de idea. No voy a la universidad.

Marta se quedó muda.

¿Cómo? Pero tú…

Voy a estudiar cocina. Papá y mamá están histéricos. Su gran esperanza se ha venido abajo la miró con reproche. ¿Sabes por qué? ¡Porque odio las mates! Siempre quise ser cocinero. Hasta que no te fuiste, no tuve valor para decírselo…

Se dio la vuelta y se marchó. En ese momento, Marta entendió que su huida no había sido solo por ella. Había dado a Javier el valor para rebelarse contra el plan familiar que parecía inamovible.

***

Un año después, recibió una carta de su padre. Breve, escrita a lápiz en un folio cuadriculado.

*”Hija. Tu madre me dijo que escribes en el periódico. Estaba de ruta, en una cafetería, y vi tu apellido en una revista. Se lo enseñé a los compañeros. Les dije: ‘Es mi sangre’. No me creyeron. Cuídate. Te echo de menos. Papá.”*

Marta releyó esas pocas palabras decenas de veces. No era un perdón. Era un reconocimiento. De que existía. De que su voz se escuchaba.

Salió al balcón de su piso compartido. Llovía. El techo goteaba, los vecinos discutían, pero ella miraba los tejados mojados de su nueva ciudad y sentía que su vida, con toda su pobreza, su cansancio y su culpa, era SU vida. Ya no era un “apoyo” ni una “función”. Era Marta. Autora de relatos y de su propia existencia. Y eso era lo más valioso que tenía.

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