Cuando tu suegra…

¡Víctor, Víctor! ¿Qué haces durmiendo? ¡Despierta, que así te vas a perder la vida entera!

Mira este hombre, ¿eh? Dormido ¡Víctor, levántate, que vas a dejar escapar tu destino!

Adelaida Marcos, por favor, déjeme dormir un poco más, ¡por el amor de Dios!

¡Levántate, te digo! ¡Dormir! Ya tendrás tiempo de dormir cuando te jubiles.

Sí, claro, y también dormiré en el otro mundo.

No dormirás, ¡venga, arriba! ¿O qué?

Víctor se mira en el espejo, con los ojos rojos y la cara hinchada de sueño.

¿Y bien?

No te mueves, ¿eh? Ve a lavarte, afeitarte, arreglarte. Todavía hay tiempo. Vamos.

¿Qué tiempo, Adelaida Marcos?

¡El que sea!

Víctor arrastra los pies hacia el baño, refunfuñando entre dientes, porque si no, es fácil que le caiga una zapatilla en la boca o en la nuca. “Menuda educación, que el diablo se la lleve”, piensa Víctor, amargado.

Víctor, ¿te he dicho alguna vez que a veces puedo oír lo que piensas? ¿No? Pues ahora lo sabes la suegra se acomoda en posición de loto junto a la cama. Efecto secundario, vaya. Anda, lávate, lávate bien los dientes y no te olvides de afeitarte. Pareces un guerrillero.

Víctor sabía que discutir era inútil. Con ella, ni en vida había podido.

La suegra de Víctor era especial bueno, más que especial, era un fantasma.

Sí.

No, no se había vuelto loco. No era el alcohol. Simplemente, Adelaida Marcos apareció un día en su casa.

Después de que la enterraran.

Sí, lo oigo. Casi siempre sé lo que piensas asiente la suegra, flotando con suavidad. ¿Cómo aguantó mi Lucía contigo? Eres… un dinosaurio, eso es lo que eres.

Víctor hace un gesto de hastío y entra al baño.

Con Lucía se divorciaron hace un año. Los hijos ya eran mayores, con sus propias vidas. Lucía se rebeló, lo llamó déspota, dijo que no la dejaba crecer como persona, metió sus cosas en una maleta y se fue, dando un portazo.

Víctor se quedó solo, desconcertado.

Llamó a Lucía, y ella le espetó que no quería saber nada de un machista retrógrado. Nunca le habían llamado así, con palabras tan feas.

Y, según Lucía, ¿cómo iba él a dejar de ser un machista si, precisamente, Víctor se dedicaba a construir casas, baños, cobertizos y cosas así. Rara, esa Lucía, y además, malhablada.

En fin, se había tragado las palabras de no sé qué coach, ¿quién sabía quién era ese? Y decidió que con Víctor no había vivido, sino que había sufrido. La había esclavizado, obligándola a cocinar pucheros y freír croquetas.

Por cierto, las croquetas de Lucía eran una maravilla…

A Víctor se le hace la boca agua de sólo pensarlo, hasta que de pronto le llega una idea. Con la mitad de la cara afeitada, sale corriendo al pasillo.

¡Adelaida Marcos! ¡Adelaida Marcos!

¿Qué quieres ahora? ¿Por qué gritas?

Adelaida Marcos, ¿me enseña a hacer puchero? ¿Eh? Por favor.

¡Ah, claro! ¡Para que le revele el secreto de mi puchero al primero que pasa!

¿Y para qué lo quiere usted allí? ¿Para cocinarle a los demonios?

¡Qué asco me das!

Bueno, tiene razón Lucía lo hace mejor que usted.

¡Ja! Eso dices tú. Que si Lucía lo hace mejor ¡Si fui yo quien le enseñó!

Pues qué quiere Víctor sigue afeitándose sin cerrar la puerta del baño, ya le da igual el decoro, que su domingo se arruine, que tenga que levantarse a las siete. Ella no va a parar, la muy suegra.

Pues que la suegra se agita, se contonea, hace un esfuerzo y se sienta en una silla. Al principio daba vueltas como un acróbata, dando tumbos por el techo, pero luego aprendió. Yo enseñé a Lucía, ¿entendido, zoquete?

No discuto, sólo digo que este es un caso en el que la alumna superó a la maestra.

¿Qué? ¡A ver, a ver, dime! ¿Qué carne usa Lucía en el puchero, eh?

Pues cerdo, claro.

¡Ignorante! ¡Tiene que ser ternera!

Sí, y seguro que también dice que no hay que cocinarlo en esta olla, sino en aquella.

¡Estás como una cabra! ¡En esa de ahí!

Así, entre los dos, Víctor cocinó el puchero, anotando todo en un cuaderno.

Ahora está en la cocina, limpio y afeitado, comiendo un puchero que quita el sentido.

Mmm Mamá usted es un genio.

¿Qué?

Su puchero es increíble

¿Y el de Lucía?

Pfff, ni se compara ¿Está llorando? ¿Los fantasmas pueden llorar?

No lo sé dice la suegra, sollozando. Eres un canalla, Víctor.

Vaya, vaya, qué cara más dura. ¿Ahora qué hice mal?

Nada Me llamaste mamá, desgraciado. Y ahora ahora estoy llorando. Víctor, yo quería arreglarte el destino.

¿Cómo?

Pues Tenía que mandarte a sacar la basura, limpio y afeitado, a las siete menos cuarto. A la misma hora, del portal de al lado saldría Gabriela, una solterona de cuarenta y siete años, recién mudada. Iban a chocar, literalmente, y luego

Ajá ¿Y luego qué?

Nada, Víctor los ojos de la suegra se mueven de un lado a otro, como sólo pueden hacerlo los de un fantasma.

Dígame Adelaida Marcos

Bueno Ustedes dos ya sabes, eso Y yo podría irme. Esa era la condición.

¿Qué condición?

Hacerte feliz.

O sea, que desde que apareció hace casi un año, ¿ya lo sabía todo?

Pues sí.

¿Y por qué no lo hizo?

Pues yo los ojos vuelven a moverse ¡Es que tú no me dejaste, con tu puchero, pesado como una lapa!

¿Yo?

¡Sí, tú! Ahora me tocará quedarme aquí quién sabe cuánto, hasta

¿Hasta qué?

Hasta hacerte feliz.

¿Feliz? ¿En serio? ¿Quién dijo que iba a ser feliz con una vieja cualquiera? ¡Si ya soy más feliz de lo que cree!

¿Cómo?

Pues así Vivo, respiro, tengo la receta del puchero más delicioso del mundo.

Y vivo con alguien que no me deja morir de hambre, ni pudrirme en la suciedad, ni aburrirme. No estoy solo, tengo a usted mamá

¡Ay vete al diablo! chilla el fantasma antes de esconderse en el armario, donde se oyen sollozos y gemidos.

Y Víctor decide ponerse a limpiar.

¿Cómo limpias el espejo? ¡Víctor! ¡Coge ese trapo!

***

Lucía no durmió bien. Soñó con su madre, joven y hermosa, extendiendo los brazos y llamándola

Quiso escuchar a su coach, Ismael Maravillas, pero el vídeo no cargaba. Decidió llamarlo por videoconferencia.

Ese hombre divino que le abrió los ojos, siempre disponible, día y noche.

Pero Ismael no contestó.

¿Sí? una voz ronca surgió de la nada, y en la pantalla apareció una cara roja ¿Quién coño me llama a las siete de la mañana? ¡Estáis todos locos!

¡Ay! Lucía cerró el portátil de golpe. No, eso no era Ismael, era un monstruo

Se quedó sentada un rato, y luego decidió ir al piso de ese hombre que la había convertido en su esclava. Pero ahora era libre feliz casi le faltaba algo.

No sabía por qué, pero necesitaba ir a ver a Víctor.

***

Víctor y Adelaida Marcos jugaban al ajedrez, riendo y discutiendo.

Se ha vuelto loco piensa Lucía, viendo a su exmarido hablar, reír y jugar ¿con quién?

¡Ah, Lucía! ¡Tu turno, mamá! ¡Jaque!

Lucía juraría que las piezas se movían solas.

¿Qué habría tramado ahora ese insoportable?

Qué bien te ves, Lucía Mamá dice que has adelgazado. ¿No comes bien? Te puedo ofrecer puchero, el de ella, el auténtico.

Víctor ¿Estás bien?

¿Yo? ¿Por qué no iba a estarlo? Mamá digo, la tuya, me prometió enseñarme a hacer croquetas.

Víctor ¿Qué mamá? Ella Lleva un año muerta.

Sí, y este año ha vivido conmigo.

Víctor ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

Estoy genial, Lucía, como nunca. Ven, te daré puchero.

Lucía entendió que con un loco, mejor no discutir

Había puchero en la olla, y el olor Dios, ese olor igual que el de su madre.

Víctor ¿lo hiciste tú?

Sí, mamá me dio su secreto. ¡Basta de llorar, Adelaida Marcos! ¿Tú no crees que tu madre está aquí? Lucía, pregúntale algo que sólo ustedes dos sepan.

Víctor, esto es

Da igual, piensas que estoy loco Pregunta.

Mamá ¿qué secreto terrible te confesé en tercero de primaria?

¿Que te gustaba qué? ¿Que yo ya te gustaba en tercero?

Lucía se sienta en una silla.

¿De qué color era mi carrito? ¿Cuántos años tenía cuando me salió el primer diente? ¿Quién era tía Concha?

A todas las preguntas, obtiene respuestas.

Esto es imposible Víctor ¿Mi madre vive contigo?

Sí Bueno, no exactamente es un fantasma, Lucía. Mamá ¿puedes mostrarte?

Por un instante, Lucía ve a su madre. Luego, en destellos fugaces.

Está perdiendo energía, Lucía, pero te quiere y quiere que seas feliz ¿que nosotros seamos felices? ¿Qué significa eso, Adelaida Marcos? ¡Espere! ¿Adónde va?

¡Mamá!

Víctor se despierta gritando, y Lucía se incorpora de un salto.

¿Lucía?

¿Víctor? Lucía se arropa No entiendo cómo ha pasado Espera ¿Era?

Un sueño susurra Víctor.

¿Tú también soñaste que mamá era un fantasma?

Sí y que tú te habías ido con un coach

¡Víctor!

¡Lucía!

Alguien golpea la puerta.

¡Vamos, que seguís durmiendo!

¿Mamá?

Adelaida Marcos, ¿entonces está viva?

¡No, no tan fácil! Lucía, deja de ver tonterías, coaches y demás. ¡Menudo sueño tuve! Como si hubiera vivido un año entero contigo, Víctor, el cabeza hueca, como un fantasma.

¡Arriba! Nos vamos a la casa del pueblo, hay mucho que hacer. A ti, Lucía, te voy a sacar las tonterías de la cabeza. ¡Vamos, ya! grita Adelaida desde la puerta. Que no voy a esperar toda la vida.

Lucía y Víctor se miran, aún desconcertados, con los ojos hinchados de sueño y de algo más, tal vez de esperanza.

¿La casa del pueblo? pregunta Víctor, frotándose la cara.

Sí, la del puchero, la de las croquetas, la de los gritos, la de siempre dice Adelaida, cruzada de brazos. ¿O acaso creían que iba a dejarlos solos con sus tonterías?

Lucía se levanta despacio, como si temiera que todo desapareciera.

Mamá ¿de verdad estás aquí?

Pues claro que estoy aquí. ¿Dónde más iba a estar? ¿En el otro mundo? No seas tonta. Ese puchero no se cocina solo.

Víctor se pone los calcetines, uno por uno, con una sonrisa tonta en la boca.

Entonces ¿no era un sueño?

Era un sueño dice Adelaida. Pero yo soy real. Y ahora, ¡al coche! Que el día no espera, ni yo tampoco.

Y mientras el sol se cuela por las rendijas de la persiana, Lucía toma la mano de Víctor, sin decir nada.

Él la aprieta.

No hacen falta más palabras.

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