25 de octubre de 2025
Hoy todo empezó con una breve notificación en el feed de una red social: una foto de un hombre con el texto Desaparecido en la sierra, necesitamos ayuda. Me quedé mirando la pantalla como esperando una señal. Tengo cuarenta y ocho años, trabajo estable en la oficina de contabilidad de Madrid, un hijo adulto que vive en Valencia y una costumbre arraigada de no meterme en los problemas ajenos. Sin embargo, esa noche algo cambió; la inquietud no me dejaba, como si el desaparecido fuera un familiar. Decidí darle al enlace y escribí al coordinador del equipo de búsqueda, AlmudenaAlerta.
Su respuesta llegó al instante, tono cortés y ordenes claras. En el grupo de voluntarios novatos nos explicaron que el punto de encuentro era a las siete de la tarde en la entrada del pueblo de El Toboso, llevar linterna, agua, comida y ropa de abrigo. Seguridad ante todo, nos recordaron. Metí en la mochila mi termo viejo con té, una botiquín, calcetines de repuesto y una ligera temblor en los dedos; nunca había sentido tan palpable que formaba parte de algo mayor.
En casa el silencio era absoluto: la tele apagada, el olor a pan recién horneado se colaba por la cocina. Revisé el móvil; Almudena ya me había recordado la hora del punto de partida. Me pregunté a mí mismo: ¿por qué voy? ¿Para probarme a mí mismo, para demostrar algo a mi hijo, o simplemente porque no podía quedarme de brazos cruzados? No hallé respuesta.
Ya empezaba a oscurecer. Los coches en la autovía se llevaban lejos los problemas cotidianos. El frío de la tarde se colaba por el cuello de mi chaqueta. Al llegar al punto de reunión, los rostros que me rodeaban eran de todas las edades: jóvenes veinteañeros y mayores que yo en varios años. Almudena, de pelo corto, dio rápidamente el briefing: mantenerse juntos, escuchar la radio, no separarse. Asentí junto al resto.
Nos encaminamos hacia la sierra siguiendo una valla baja. En el crepúsculo los árboles crecían imponentes y densos; al borde del pueblo se oían los cantos de los ruiseñores y el crujir de la hojarasca bajo los pies. Las linternas iluminaban parches de hierba húmeda y charcos que el día había dejado tras la lluvia. Yo me quedé cerca del centro de la fila, ni al frente ni al final.
Dentro del bosque la ansiedad aumentaba a cada paso: la oscuridad se convertía en un umbral de miedo. El viento hacía chocar las ramas entre sí, y en algún momento se oyó el crujido de una rama al romperse. Alguien bromearía en voz baja sobre entrenar para un maratón. Yo guardé silencio, escuchando mi propio cansancio que crecía más rápido que mi adaptación a la penumbra.
Cada vez que Almudena se detenía para chequear la radio, mi corazón latía con más fuerza. Temía equivocarme, no oír la señal o perder la ruta por falta de atención. Sin embargo, todo transcurría según el plan: órdenes breves por la radio, pase de lista, discusiones sobre la ruta, alguien proponía rodear una zona pantanosa a la derecha.
Pasada una hora, estábamos tan adentro que ya no se veía la luz del pueblo entre los troncos. Las linternas apenas dibujaban un círculo de luz bajo nuestros pies, mientras fuera reinaba una pared de sombras. Sentí el sudor escurrirse por mi espalda bajo la mochila y mis botas empaparse lentamente en la hierba mojada.
De pronto Almudena levantó la mano y todos se inmovilizaron. En la oscuridad se escuchó una voz temblorosa:
¿Hay alguien?
Las linternas se enfocaron en un arbusto donde una figura encorvada se ocultaba. Avancé con dos voluntarios.
En la luz apareció un anciano delgado, canas en las sienes y manos sucias de tierra. Miraba aturdido, los ojos saltando entre los rostros.
¿Ustedes son el señor Iván? preguntó Almudena en voz baja.
El hombre negó con la cabeza.
No Me llamo Pedro Me perdí buscando setas Me duele la pierna No puedo seguir
Hubo un breve silencio: buscábamos a una persona y hallamos a otra. Almudena informó de inmediato por radio:
Hombre mayor encontrado, no coincide con objetivo, se requiere evacuación con camilla a la posición actual.
Mientras la base confirmaba los datos, me acerqué al anciano, saqué del saco una manta y la coloqué sobre sus hombros.
¿Desde cuándo está allí? le pregunté bajo la voz.
Desde la mañana Salí a buscar setas Perdí el sendero Y ahora la pierna
Su voz mostraba cansancio y alivio a la vez.
Sentí que mi misión había cambiado en un instante: ya no era buscar, sino ayudar a quien nadie esperaba encontrar.
Revisamos su pierna: estaba inflamada en el tobillo, claramente no podía caminar. Almudena nos ordenó quedarnos en sitio hasta que llegara el grupo principal con la camilla.
El tiempo se alargó; la penumbra dio paso a la noche. Mi móvil mostraba una sola barra de señal, la radio fallaba cada vez más, la batería se consumía por el frío.
Al final la comunicación se cortó. Almudena intentó contactar al cuartel sin éxito. Según el protocolo, debíamos permanecer y lanzar señales luminosas cada cinco minutos.
Por primera vez me encontré cara a cara con el miedo: el bosque se hacía más denso, cada sombra parecía una amenaza. Pero a mi lado estaba Pedro, temblando bajo la manta, murmurando algo para sí mismo.
Los demás voluntarios se formaron en semicírculo, sacaron el té del termo y le ofrecieron un bocadillo. Observé cómo las manos del anciano temblaban más por el frío que por la fatiga.
No pensé que alguien me encontrara Gracias a todos
Lo miré en silencio; dentro de mí algo se desplazó, el temor cedió paso a una calma firme. Ya no era solo mi vida la que importaba; estar presente era más valioso que cualquier instrucción o miedo.
El viento traía el perfume de tierra mojada y hojas podridas; la ropa se empapaba con la humedad nocturna. En la distancia, un búho ululó, como si la noche se alargara aún más.
Pasamos tanto tiempo que el reloj perdió sentido. Pedro me contó su vida: la infancia durante la guerra, su esposa fallecida y su hijo que ya no vuelve. Esa conversación tenía más confianza y vida que muchas de mis reuniones en los últimos años.
La radio seguía sin señal; la batería parpadeaba con un tenue rojo. Revisaba el móvil una y otra vez, en vano. Sabía que no podía marcharme bajo ninguna circunstancia.
Cuando la primera luz de la linterna atravesó la niebla, no creílo al instante; todo parecía parte de una espera infinita. Pero de la oscuridad surgieron dos figuras con chalecos reflectantes y, detrás, más personas con camillas. Almudena llamó a Pedro por su nombre y su voz transmitió alivio, como si no solo él fuera salvado esa noche.
Los voluntarios evaluaron rápidamente al anciano, anotaron sus datos en un papel, le pusieron una férula y lo subieron a la camilla. Yo lo ayudé, sintiendo cómo se tensaban mis músculos, pero también una extraña ligereza: la carga ahora se repartía entre todos. Un joven me guiñó el ojo, Ánimo, que todo irá bien. Yo asentí, sin buscar palabras.
Almudena explicó brevemente que la comunicación se había restablecido media hora antes; el cuartel había enviado dos grupos, uno al sitio y otro al norte siguiendo rastros frescos del hombre desaparecido. Transmitió por radio: Grupo doce, anciano mayor listo para evacuación, estado estable, regresamos. La estática cedió a una voz clara: Objetivo principal localizado por otro equipo, vivo, en pie. Fin del operativo.
Contuve la respiración. Pedro, en la camilla, apretó mi mano como si no quisiera soltarse.
Gracias susurró.
Yo lo miré a los ojos y, por primera vez esa noche, sentí que no era un simple transeúnte, sino parte de algo importante.
El camino de regreso resultó más largo de lo que parecía bajo la noche. Las camillas se turnaban: primero los más jóvenes, luego yo agarraba la manija, sintiendo la hierba temblar bajo los pies y el aire húmedo que golpeaba la cara. Ya se escuchaban los cantos de los pájaros y, sobre mi cabeza, un petirrojo cruzó el cielo. Cada paso me devolvía el cansancio del cuerpo, pero mi mente permanecía extrañamente serena.
Al llegar al borde del bosque, el alba mostraba finas franjas de niebla. Los voluntarios conversaban en voz baja, comentando los detalles de la evacuación; alguno bromeó sobre fitness nocturno. Almudena caminaba un poco delante, revisando la radio y marcando el punto de salida para el cuartel. Yo acompañé a Pedro hasta la ambulancia, asegurándome de que la manta no se deslizara.
Cuando la ambulancia cerró sus puertas, Almudena agradeció a cada uno, y me estrechó la mano con más fuerza que a los demás:
Hoy habéis hecho más de lo que podíais imaginar al empezar la mañana.
Me sonrojé bajo su mirada, pero no aparté la vista. Sentí que la barrera entre mi vida y las desgracias ajenas se había afinado.
En el regreso al pueblo, el camino parecía otro: la grava bajo los zapatos estaba húmeda por el rocío, mis botas chapoteaban en la hierba. Los primeros rayos rosados del amanecer rompían el gris sobre los tejados. El aire estaba más denso por la humedad y el cansancio, pero mi paso se volvió más firme.
El pueblo estaba en silencio; las ventanas aún oscuras, algunas siluetas aparecían en la parada del autobús. Llegué a la verja de mi casa, dejé la mochila, me apoyé un momento en la reja. Un temblor leve recorrió mi cuerpo, pero ya no lo sentí como debilidad.
Saqué el móvil: un nuevo mensaje de AlmudenaGracias por la noche. Debajo, otro: ¿Podemos contar contigo si surge otra emergencia?. Respondí sin dudar: Sí, por supuesto.
Reflexioné: antes esas decisiones me parecían ajenas, imposibles para mí. Ahora todo tenía otro sentido. El agotamiento no empañaba la claridad interior; sabía que volvería a dar otro paso adelante.
Levanté la vista: el amanecer se extendía, tiñendo los árboles y los tejados de un rosado brillante. En ese instante comprendí que participar, aquí y ahora, era la respuesta a mi propia duda sobre la importancia de mi existencia. No soy ya un observador distante; soy parte del tejido que sostiene a los demás. Aprendí que, cuando uno se atreve a involucrarse, descubre que la verdadera fuerza reside en la solidaridad.







