¿Qué es esto? la voz de Almudena era baja, pero resonaba como acero. Óscar, dime, ¿qué es?
Óscar estaba bajo el portal, reluciendo como un cazo de latón recién pulido, apoyado contra el capó de un coche negro azabache, brillante como la noche. Nuevo, de fábrica. El perfume a cuero y plástico caro se colaba hasta el tercer piso, atravesando la ventana abierta de la cocina.
¡Sorpresa! exclamó Óscar, con los brazos abiertos como si abrazara al mundo. Un regalo. Para nosotros. Por el aniversario. Casi… lo pensé con antelación. ¿Te gusta?
Almudena bajó lentamente. No recordaba cómo había subido los escalones, cómo había abierto la pesada puerta del portal. Sus piernas se movían solas, mientras en su cabeza retumbaba una sola idea, fría y cortante como una aguja. Dinero. Ese mismo dinero que habían ido guardando durante casi cinco años, centavo a centavo, para el primer pago de la hipoteca de Ana, su hija. Para que la niña tuviera su propio rincón cuando ingresara a la universidad.
Óscar, ¿estás cuerdo? se acercó, rozando el metal helado del capó. El coche era salvaje, bello, ajeno. Habíamos acordado. Ese dinero es un fondo inquebrantable.
Almu, ¿qué dices? su sonrisa se desvaneció un poco. Gané más, ahora soy jefe de departamento, el sueldo subió. Y ya da pena seguir conduciendo nuestro viejo cacharro. Mira qué belleza.
Abrió la puerta del coche. El interior, revestido en cuero claro, invitaba al confort y al lujo. Almudena sintió por un instante el impulso de sentarse, inhalar aquel aroma a vida nueva, pero se obligó a pasar de largo.
¿Vergüenza? ¿Te da vergüenza haber manejado el coche que nos ha servido fielmente diez años? ¿A mí me avergonzará mirar a mi hija y decirle que no podemos ayudarla con su piso?
¡Ana todavía tiene dos años antes de la universidad! despachó Óscar. Aún alcanzaremos la meta. No seas aguafiestas, celebra. Vamos a dar una vuelta y lavar la compra.
Intentó abrazarla, pero Almudena se alejó. En sus ojos surgió una chispa de irritación; no estaba acostumbrado a que sus gestos amplios encontraran una pared de hielo.
No voy a ningún sitio cortó ella. Tengo la cena pendiente.
Se dio la vuelta y volvió al portal, sintiendo el desconcertado y furioso mirar de él sobre su espalda. Dentro del piso, removiendo la sopa, miró por la ventana. Óscar seguía junto al coche; dio un puntapié al neumático, se sentó al volante y rugió al arrancar. A dónde se dirigía a lavar la compra, ya no le importaba. La rabia era tan ácida, tan amarga, que quería llorar, pero no había lágrimas, solo un vacío helado. Veinte años de matrimonio, veinte años decidiendo todo juntos, discutiendo cada gasto mayor, cada viaje. Y ahora él le imponía un hecho como si su opinión no existiera.
Regresó tarde, ya pasada la medianoche, callado, ligeramente avergonzado. Dejó sobre la mesa de la cocina una bolsa con sus pasteles favoritos.
Almu, lo siento. Me dejé llevar. Pero entiende, es también para ti. Para que viajes con comodidad.
Yo no sé conducir, Óscar. Y no pienso aprender.
¡Aprenderás! Yo mismo te enseñaré se sentó a su lado, tomó su mano. No te enfades. Un coche es un objeto. Nosotros somos familia. Lo esencial es que estamos juntos.
Almudena exhaló. ¿Y si tenía razón? ¿Quizá reaccionaba con demasiada dureza? El dinero es material, él estaba allí, intentando reparar su culpa. Esbozó una débil sonrisa, y Óscar, revitalizado, comenzó a describir con entusiasmo la potencia del motor, el ingenioso sistema de navegación y la calefacción de todo lo imaginable. Almudena escuchaba medio distraída, asentía, pensando que tal vez debía ser la esposa prudente: soportar, perdonar, apoyar.
Al día siguiente, sábado, Óscar insistió en un viaje familiar fuera de la ciudad. Ana, su hija de diecisiete, chillaba de alegría, explorando botones y palancas en el nuevo habitáculo. Almudena se sentó en el asiento delantero, esforzándose por aparentar satisfacción. El coche deslizaba suavemente, casi sin ruido. Por la ventanilla pasaban caseríos, bosques y campos. Se detuvieron en un lago pintoresco, hicieron un picnic. Óscar, divertido y atento, le ofrecía té de la termos, la cubría con una manta. Almudena, poco a poco, fue derritiéndose, creyendo que tal vez todo volvía a estar bien.
Al volver, mientras Óscar aparcaba el coche, Almudena decidió ordenar el interior. Sacó la alfombra, quitó las migas de galleta. Al abrir la guantera para guardar unas toallitas húmedas, sus dedos tropezaron con un papel doblado bajo el manual del vehículo. Era un ticket. Un ticket de una tienda de juguetes.
Constructor Estación Espacial, 1 uds 78
Pulsera con dijes Hada, 1 uds 35
La fecha era de una semana atrás. Ese día Óscar había estado en una comisión en Albacete, a ciento veinte kilómetros de su ciudad. Decía que había un proyecto importante que debía supervisar personalmente. Almudena frunció el ceño. ¿A quién compraba esos juguetes tan caros? El constructor parecía para un niño de diez o doce años; la pulsera, para una niña o para una mujer. Sus amigos y colegas, según recordaba, no tenían hijos de esa edad. ¿Tal vez un regalo para el hijo de algún superior? ¿Por qué nunca lo mencionó?
Guardó el ticket en el bolsillo de su bata. Su corazón latía con fuerza. Algo allí era falso, como toda la historia del coche: una decisión repentina, sin consulta.
Esa noche no durmió. Junto a su marido dormido, miraba al techo, repasando los últimos años. Sus viajes de trabajo se habían vuelto más frecuentes. Antes llamaba por la noche, contaba detalladamente su día; ahora enviaba breves mensajes: Todo bien, cansado, me voy a dormir. Lo atribuía al nuevo puesto, a la responsabilidad. ¿Y si no fuera así?
A la mañana siguiente, mientras él se duchaba, Almudena tomó su móvil. Conocía la contraseña: el cumpleaños de Ana. Desplazó rápidamente los contactos. Nada sospechoso: jefes, colegas, amigos. Excepto uno: Sergio Pérez, Fontanero. ¿Qué hacía Óscar con un fontanero de otra ciudad? Abrió la conversación y se heló.
«Sergio, ¿llegaron ya los tubos?» escribía Óscar.
Respuesta: «Sí, todo en su sitio. Kiriel está encantado, lleva dos días armando todo».
¿Kiriel? ¿El hijo del fontanero?
Otro mensaje: «¿Qué tal el tiempo? ¿No os habéis congelado?»
Respuesta: «Aquí hace sol. Te echo de menos mucho».
Sol. Así llamaba Óscar a Almudena en los primeros años de su relación, y a Ana cuando era pequeñita. Después solo le decía «Almu», «hija». En esa charla el apodo volvía a sonar cálido, vivo. Almudena sintió que una náusea subía a su garganta.
Continuó leyendo: «¿Vendrás el sábado? Kiriel tiene competición de natación». «Haré lo posible». «Compra un pastel por el camino, mi favorito, de miel».
No era un fontanero, era una mujer. Tenía un hijo llamado Kiriel. Óscar compraba pasteles, asistía a competiciones, regalaba costosos juguetes.
Almudena devolvió el móvil antes de que Óscar saliera de la ducha. Sus manos temblaban.
¿Qué te pasa? Te ves pálida comentó él, secándose el pelo.
Me duele la cabeza mintió. Debe ser la presión.
Pasó el día como en una niebla. Preparó la comida mecánicamente, habló con Ana, contestó a Óscar. En su cabeza solo resonaba una pregunta: ¿quién era esa mujer que se hacía llamar «Sergio Pérez» y pedía pastel de miel? ¿Cuánto tiempo llevaba?
El plan se formó solo. El lunes llamó a su trabajo y avisó enferma. Luego a su hermana, que vivía en Albacete.
Lena, hola. Voy a pasar por ti hoy, solo un día. Tengo algo que ver.
Claro, ven. ¿Qué ha pasado? preguntó preocupada.
Nada, solo asuntos. respondió Almudena.
Se subió al coche nuevo, odiado, que Óscar le había enseñado a conducir años atrás, aunque ella nunca quiso sentarse al volante. El GPS, ese que él tanto elogió, guardaba varios destinos. Uno se repetía: Calle Verde, 15. Un barrio residencial típico. El trayecto duró una hora y media. Condujo sin ver nada, sin saber qué haría al llegar. No llamaría a la puerta, no provocaría una pelea; solo quería ver.
Calle Verde, número 15, portal 2. Aparcó el coche en la esquina, fuera de la vista. Se sentó en un banco, se puso gafas de sol y esperó.
Pasó una hora, luego otra. Salían madres con cochecitos, ancianos, adolescentes apurados. Almudena se sentía ridícula. ¿Qué hacía allí? ¿Era un error? ¿Acaso había alguien importante para Óscar en ese barrio?
Entonces la puerta del portal se abrió. Apareció él, Óscar, con vaqueros y camiseta sencilla, sin traje. Riendo, hablaba con una mujer rubia de su edad, que sostenía a un niño de unos diez años, de pelo claro y sonrisa traviesa.
Se dirigieron al parque infantil. Óscar tomó al chico en brazos, lo giró, y el niño se rió a carcajadas. Se sentaron en los columpios. La mujer le arreglaba el pelo, él la miraba con una ternura que Almudena no había visto en años. Parecían una familia normal, feliz, de paseo en día laborable.
Almudena no podía respirar. El aire le faltaba. Sacó el móvil y, sin saber por qué, tomó una foto. Los tres en los columpios, borrosa por el temblor de su mano, pero perfectamente clara: evidencia, prueba de su vida destrozada.
No recordó cómo volvió al coche. El mundo visto a través del parabrisas se volvió una mancha borrosa. Llegó a casa, se dejó en el sofá y miró fijamente una pared. La casa que había construido durante veinte años resultó ser un decorado de cartón. Su amor, su fidelidad, su vida todo una mentira.
Óscar volvió del trabajo a la hora de siempre, alegre, con una chocolatina para Ana, y le dio un beso en la mejilla.
¿Cómo está tu cabeza, amor? preguntó, entrando en la cocina.
Almudena le tendió el móvil con la foto abierta.
Él la miró, la sonrisa se desvaneció, su rostro se volvió pálido. Permaneció unos segundos sin decir nada, cruzando la mirada del teléfono con la suya.
No es lo que piensas logró decir al fin.
¿Qué pienso, Óscar? su voz sonaba extrañamente serena. Pienso que tienes otra familia. Pienso que tienes un hijo. Pienso que me has mentido durante años. ¿Estoy equivocada?
Almu, es complicado.
¿Complicado? esbozó una sonrisa amarga. Complicado es criar a un hijo en los noventa con un solo sueldo. Complicado es cuidar a una madre enferma y dividirse entre casa y hospital. Lo que tú haces no es complicado, es vil.
Ana entró en la habitación.
Mamá, papá, ¿qué pasa? Tenéis esas caras
Vete a tu habitación, niña dijo Almudena sin alzar la voz. Tu padre y yo estamos hablando.
Óscar se sentó, envejecido, abatido.
No quise lastimarte.
¿No querrías? replicó ella. Compraste el coche con el dinero que guardábamos para el futuro de nuestra hija, para llevar a otra mujer y a otro niño. No solo me heriste, Óscar, me mataste. Y ahora solo quiero saber una cosa: ¿Cuántos años?
Él quedó sin palabras, bajó la cabeza.
¡Óscar!
Doce susurró él.
Doce años. Ana tenía cinco entonces. Él había formado otra familia cuando su hija aún era una bebé. Almudena cerró los ojos. Todo su vida pasó delante de ella: Ana en el parque, él empujándola en los columpios; la playa, él enseñándole a nadar; y, en otro pueblo, otro niño, otra mujer, también en los columpios, tal vez aprendiendo a nadar.
Conocí a Silvia a una ingeniera, en una obra. Todo se complicó No lo planeaba. Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude abandonarla.
¿Y a mí? ¿A Ana?
¡No los abandoné! ¡Los quiero! alzaba la vista, los ojos llenos de lágrimas. Almu, no sé cómo ha pasado esto. Me he enredado.
Vete dijo ella, con voz baja.
¿Qué? ¿A dónde voy?
A donde ellos estén. Donde no sea tan difícil. Donde te esperen y te amen. Recoge tus cosas.
Almu, hablemos. No te vayas en caliente. Nosotros
Ya lo hemos dicho todo, Óscar. Vete.
Él se marchó una hora después. Empacó una pequeña maleta con lo esencial. Al despedirse intentó decir algo, pero Almudena simplemente se dio la vuelta. Cuando la puerta se cerró, ella se acercó a la ventana. Óscar subió a su coche reluciente y se alejó, probablemente hacia la Calle Verde.
Ana regresó, los ojos rojos de llanto.
¿Papá se ha ido? ¿Para siempre?
Almudena abrazó a su hija con fuerza, hasta que le dolían los huesos.
No lo sé, cariño. No lo sé.
Se quedaron allí, abrazadas, en el silencio de un apartamento vacío. Afuera, la noche se había vuelto negra. Almudena miró el patio oscuro; el coche negro ya no estaba, pero el vacío que dejó le parecía aún más aterrador. Quedó sola, a sus cuarenta y cinco años, con una hija universitaria y una vida hecha pedazos. No sabía qué había de seguir, pero por primera vez en años sintió, no dolor ni rabia, sino una extraña, fría serenidad. Un capítulo había terminado. Ahora le tocaba escribir el siguiente, sola, por su cuenta.






