Querido diario,
Carlos, ¿cómo has podido? ¡Nos reíamos de esa campesina sin lavar! exclamé, furioso con la actitud de mi marido.
Perdóname, José, me ha picado el demonio. No entiendo cómo acabé en la cama de la Panecita replicó Carlos, frunciendo el ceño, maldiciendo y fumando nervioso.
En nuestro edificio se mudó una familia: Nicolás, Lucía y su hija de cinco años, Violeta. Nosotros tenemos treinta años, nuestro hijo seis, y los recién llegados tienen veinticinco. Compartimos el mismo piso y, por eso, empezamos a convivir mucho.
Lucía era una muchacha de pueblo muy laboriosa, amante de la cocina. Los pasteles, los bizcochos y las empanadillas tenían su sitio de honor. Seguro por eso entraba a la cocina como una trompeta.
En broma la apodamos la Panecita por sus curvas generosas. La cocina de Lucía estaba repleta de tarros de conservas; yo nunca llegaba a su nivel. Yo, en cambio, me creía un hombre guapo y bien arreglado. Lucía siempre vestía un bata descolorida con el pelo recogido en un moño chiquito. Su marido Nicolás, delgado como una caña, y su hija regordeta siempre estaban bien alimentados. Ese era, a mi parecer, el único mérito de Lucía. Sin embargo, la consideraba amiga. Nicolás estaba a menudo de viaje, pues trabajaba como transportista de largo recorrido.
Él la encontró en una aldea remota cuando entró en la tiendita del pueblo por unos cigarrillos. Lucía le echó el ojo al extraño enjuto. Nicolás no tuvo ninguna oportunidad de pasar desapercibido.
Nueve meses después Lucía dio a luz a la hija del transportista. Nicolás llevó a Lucía y a su bebé a la ciudad. Cuando presenté a mi repentina familia a mi madre, ella no reconoció ni a la campesina Lucía ni a la nieta recién nacida. Nicolás tuvo que alquilar un apartamento.
Carlos siempre criticaba el aspecto de Lucía.
¿Cómo puedes no quererte? La mujer se llama me recriminaba mi marido.
Mi madre enfermó de una gripe ligera. Al principio la cuidábamos nosotros, turnándonos con mi esposo. Con el tiempo decidimos buscar una cuidadora; se ofreció Lucía.
Lo haré por amistad y, además, necesito comprarle a mi marido una barca inflable para pescar. No se lo digas a Nicolás, que sea sorpresa dijo Lucía, encantada con la idea de ganar un poco de dinero extra.
Lucía, no le des de comer a mi suegra; está enferma y no tiene apetito le advertí.
Entonces me enviaron a una larga comisión de trabajo. Dejé instrucciones a Carlos, a nuestro hijo y a Lucía, y partí a otra ciudad.
Pasó un mes y regresé. Carlos desviaba la mirada, Lucía evitaba cruzarse conmigo.
Mamá, haz la misma patata que prepara la tía Lucía; su carne me encantó me dijo mi hijo al entrar.
¿Te ha invitado la tía Lucía? pregunté, desconfiado.
Sí, trajo a Violeta a casa y se llevó al papá informó mi hijo.
Empecé a sospechar. Nicolás estaba de ruta, yo en comisión Esa tarde, después de dar de comer a mi marido, lo invité a una charla franca.
Carlos, lo sé todo, no te niegues. El niño lo contó todo le dije, aunque en mi interior albergaba alguna esperanza de que fuera un invento.
No ha pasado nada. La Panecita solo pidió arreglar el grifo respondió Carlos sin sonrojarse.
Vamos, relájate. No creo que te metas con Lucía exhalé aliviado.
Sin embargo, Carlos comenzó a visitar más a menudo a mi madre enferma y a quedarse allí mucho tiempo. Cuando llegué a la casa de mi suegra la encontré tranquila, bien arreglada, pero sola. Busqué a mi marido y a la Panecita Llamé a la puerta de Lucía.
Abrió una Lucía cansada; al fondo, mi esposo, pálido, yacía en la cama. Como una mujer elegante, regresé a casa sin decir nada. ¡No podía creerlo! Carlos, que llamaba a Lucía desordenada y haragana, estaba intimamente con ella.
La envidia me consumía, pero cuando Carlos llegó, le señalé con desdén el baño.
Date una ducha, lávate bien. ¿Te has divertido? Le contaré todo a Nicolás. Él te preguntará le amenacé, mientras me reía entre puños. Imaginé a Nicolás, flaco, moviendo los puños frente al rostro de Carlos.
Lucía confesó a Nicolás su infidelidad. No sé cómo reaccionó él, pero una semana después la familia se mudó. Al despedirse, Nicolás, al verme, dijo con orgullo:
No me extraña que haya ocurrido. ¿Quién podrá resistirse a mi Lucía?
Ha pasado tiempo y volví a encontrar a la Panecita.
¡Hola, amiga! ¿Sigues molesta? No te preocupes. En nuestro pueblo la vida es un torbellino de cosas. No me he quedado sin dinero y a tu marido le va bien. Tú, con tus comisiones, no puedes dejar al marido con hambre mucho tiempo me recordó Lucía, la lección de vida del campo.
Al final, he comprendido que la confianza se construye con verdad y respeto; cuando la traición ronda, la única salida es la claridad y el valor de seguir adelante.
Con esta reflexión cierro la página de hoy. Cierro el diario, apago la luz y miro por la ventana. La vida sigue, lenta pero firme, como un río que no se detiene por las piedras. A veces pienso en Lucía, en su risa sencilla y su forma de estar en el mundo, tan distinta a la mía. No la odio. Tampoco perdono del todo. Pero he aprendido a vivir con lo que sé. Carlos ya no fuma en casa. Yo ya no escribo cada noche. Y el silencio entre nosotros, aunque pesado, ya no me asusta. Tal vez, con el tiempo, hasta se vuelva cómodo.






