Querido diario,
Hoy vuelvo a la memoria los años que pasé en la vieja casa de pisos de la calle Toledo, donde habitábamos dos hermanas, Begoña y Luz, tan delgadas que parecían sombras y siempre con los labios apretados y una coleta en la nuca. Vestían idénticos trajes grises, sin gracia, y toda la comunidad las miraba con recelo, las temía y las despreciaba.
Los jóvenes del edificio las odiaban porque nunca dejaban de criticar, siempre estaban insatisfechas. Les irritaba la música alta, las fiestas nocturnas y el regreso tardío de los chicos. Los niños, a su vez, se amedrentaban porque las ancianas denunciaban a los padres por cualquier descuido, como una luz encendida en el baño o una envoltura de chocolate tirada en el pasillo.
Doña Carmen, la más amable de las tres, los menospreciaba por su educación universitaria que ella no había tenido, mientras sus hermanas sí la tenían, y por la falta de matrimonio y hijos. Sin embargo, Carmen nunca se metía en los chismes ni reprendía a los niños por sus travesuras ni por los llegados de Víctor y Sergio; a ella eso no le importaba, y a ellos tampoco les hacía falta.
Los niños adoraban a Carmen. Nunca los delataba a sus padres; si los sorprendía haciendo algo, les lanzaba una sonrisa pícara y un guiño, y guardaba silencio. En la casa de pisos el ruido y el parloteo eran constantes. Con frecuencia veía a Begoña, la mayor, salir del salón, fruncir los labios y regañar a los chicos:
No podéis gritar así, ¿no sabéis que alguien está descansando? El tío Pedro ha vuelto del turno, y quizá la vecina Valeria está escribiendo su libro decía, señalando la puerta de la habitación donde Luz, la menor, realmente estaba redactando.
Todos se reían de ella, y Carmen, como siempre, estaba por encima de todo.
Val, ¿cuándo terminarás ese libro? ¡Estoy harta de esperar! le preguntaba la anciana entre risas, y la pregunta se esparcía entre los vecinos.
Val apretaba sus labios y, sin decir nada, entró en la habitación y, con los ojos hinchados, se echó a llorar sobre el hombro de su hermana:
Begoña, ¿por qué hablas del libro? Ya se burlan de nosotras.
Que se burlen, la consolaba Luz . No lo hacen por mala intención. Son nuestros vecinos, casi familia. No te lo tomes a pecho.
En 1938 estalló la guerra y, en septiembre, el bloqueo de Madrid. El hambre no llegó de inmediato; al principio todavía hacía calor y la casa se fue adaptando a los nuevos tiempos: a las tarjetas de racionamiento, a los cuartos medio vacíos, al sonido de las sirenas, al silencio de las cocinas y a los rostros pálidos y agotados de los vecinos.
Los jóvenes dejaron de tocar la guitarra, los niños dejaron de jugar a las escondidas; reinó una quietud que desgarraba más que el bullicio de antes. Begoña y Luz se volvieron aún más enclenques, pero seguían con sus trajes grises, colgados como si fueran manteles en una percha, y vigilaban el orden, aunque ahora de una forma distinta.
Carmen aparecía solo cuando era estrictamente necesario y, un día, desapareció del todo. Se fue y no volvió. Begoña y Luz la buscaron durante varios días sin éxito; parecía que nunca había existido.
En primavera de 1942 llegó la primera muerte al edificio: falleció la madre de Tomás, dejando al niño solo. Todos compadecimos al pequeño, pero la guerra no deja margen de ternura. Sin embargo, las dos hermanas no lo olvidaron; lo tomaron bajo su cuidado, le dieron de comer y le acompañaron. Tenía apenas once años en octubre.
Cuando la madre de Luis y de José murió, el padre estaba en el frente y tampoco dieron noticias. Val y Begoña asumieron la tutela de los dos y, de hecho, de todos los niños del edificio, pues había muchos.
Cada día, una sola vez, preparaban una sopa que cocían lentamente, removiendo y añadiendo lo que encontraban. No sabíamos con qué la hacían, pues los alimentos escaseaban, pero era la sopa más sabrosa que probamos. Todos los niños la comían a la misma hora, y la llamamos puchero del despistado.
Abuela Begoña, ¿por qué la llamas puchero del despistado? me preguntó Tomás, intrigado por el nombre.
Al mencionar a Víctor, una lágrima brotó del ojo de Begoña. Hace medio año no había visto a ningún chico vivo, pero ella respondió:
¡Antonio! Lo preparamos a la despistada, por eso lleva ese nombre.
¿Qué significa a la despistada? preguntó el niño.
Pues bien, ¿quién echa en la olla todo lo que encuentra? Trigo, cebada, un poco de harina, y si hay suerte, alguna cucharada de carne enlatada explicó Begoña, dándole al niño un diminuto trozo de azúcar que había guardado en el bolsillo, arrancándolo y metiéndoselo directamente en la boca para que no se le escapara ni un grano.
Tomás, ve a ver si la abuela Val ha puesto pegamento en la olla, que me toca puchero del despistado.
Con el tiempo, todas las huérfanas y huérfanos se instalaron en la habitación de las hermanas; vivieron juntos, más calor y menos miedo. Se acurrucaban unos a otros mientras la abuela Val les leía cuentos de su propio libro, una obra inacabada que había terminado convirtiendo en leña, pero que ella recordaba palabra por palabra y seguía inventando nuevos relatos. Los niños pedían:
Abuela Val, ¿nos cuentas hoy la historia de la bella de los Montes de Sierra?
Claro que sí empezaba Val, y la historia fluía.
Las tareas eran repartidas: Tomás alimentaba la estufa, Luis reunía leña, las chicas iban al pozo y hacían la compra con las tarjetas de racionamiento, ayudaban a preparar la sopa y cantaban. José tenía la voz del canario y dirigía el coro matutino; aunque no quisiera, todos acompañaban.
Un día, Begoña trajo a una niña de la calle que estaba al borde de la muerte; la curaron y ella se quedó. Después, Val rescató a otro chico, y así sucesivamente. Cuando el bloqueo llegó a su fin, doce niños vivían bajo el mismo techo. Todos sobrevivieron, como por milagro.
La sopa puchero del despistado siguió sirviéndose después de la guerra. Los niños crecieron, se dispersaron por toda España, pero nunca olvidaron a la abuela Begoña ni a la abuela Val. Continuaron visitándolas, ayudándolas. Cada una alcanzó casi los cien años, conservando su libro de cuentos que finalmente tituló Mi querida casa de pisos. Cada 9 de mayo, mientras ambas estaban vivas, nos reuníamos en la casa de Begoña y Val, como una gran familia que seguía creciendo, con nietos y bisnietos.
Y, ¿saben cuál era el plato principal de la mesa? Exacto, la sopa puchero del despistado. Nada sabía mejor que aquel caldo de bloqueo, sazonado con bondad y fuerza de espíritu, que salvó nuestras vidas infantiles.
Hasta la próxima, querido diario.







