Nos quedaremos en tu casa un tiempo, porque no tenemos dinero para alquilar el nuestro me dijo mi amiga Carmen.
Soy un hombre muy activo. A mis sesenta y cinco años todavía consigo visitar distintos lugares y encontrar gente muy interesante. Con gusto y cierta nostalgia recuerdo mi juventud, cuando podíamos pasar las vacaciones donde nos apetecía. Podíamos ir al mar, acampar con amigos, hacer una escapada a la sierra o navegar por cualquier río, todo por una pequeña cantidad de euros.
Todo eso ya quedó atrás.
Siempre me ha encantado conocer gente. Los descubrimientos los hacía en la playa, en el teatro, en los bares de tapas. Con muchos de mis conocidos mantuve amistades que duraron años.
Un día conocí a una mujer llamada Lucía. Estábamos alojados en el mismo hostal durante las vacaciones y nos hicimos amigas. Pasaron varios años; de vez en cuando nos enviábamos cartas y saludos por fiestas. Entonces, un día recibí un telegrama sin firmar que decía: A las tres de la madrugada llega el tren. ¡Espérame en la estación!.
No entendía quién podría haber enviado aquel mensaje. Por supuesto, mi esposa y yo no nos fuimos de viaje. Pero a las cuatro de la madrugada alguien llamó a nuestra puerta. Al abrir, me quedé boquiabierto. En el umbral estaban Lucía, dos adolescentes María y Sofía su abuela y un hombre desconocido, cargando una gran pila de cosas. Mi esposa y yo estábamos atónitos, pero los recibimos y les dimos paso al piso. Entonces Lucía me preguntó:
¿Por qué no te fuiste después de mi telegrama? ¡Yo te lo envié! Además, ¡el taxi cuesta un ojo de la cara!
Lo siento, no sabía quién lo había enviado.
Pues tenía tu dirección. Aquí estoy.
Pensé que solo nos escribiríamos cartas, ¿no?
Después, Lucía me contó que una de las chicas había terminado la escuela este año y quería entrar a la universidad. El resto de la familia había venido para apoyarla.
¡Vamos a vivir contigo! No tenemos dinero para alquilar y tú vives cerca del centro.
Me quedé impactado. Ni siquiera éramos familia. ¿Cómo podíamos permitirles quedarse? Tenían que comer tres veces al día. Traían algo de comida, pero no cocinaban nada. Yo tenía que atenderlos a todos.
Después de tres días, no aguanté más y pedí a Lucía y a sus parientes que se marcharan, sin importarme a dónde. Se desató un escándalo enorme. Lucía empezó a romper platos y a gritar histéricamente.
Quedé sorprendido por su comportamiento. Finalmente se fueron, pero no sin llevarse mi albornoz, varias toallas y, por un extraño milagro, una olla grande de col. No sé cómo lograron sustraerla, pero la olla desapareció.
Así terminó nuestra amistad. Gracias a Dios, nunca volví a saber de ella ni a verla. Ahora soy mucho más cauteloso cuando me relaciono con otras personas.







