No te costará nada

¿Dónde está el brazalete? le pregunto una vez más a Ángela, sin paciencia. ¿ Lo has perdido? ¿ Lo has llevado a una casa de empeños? ¿ Por qué? ¿Qué está pasando?
Lo tomó mi madre responde ella, bajando la mirada.

Un silencio incómodo se cuela en la habitación. Víctor se sienta en el sofá, levantando una ceja. La situación le parece de lo más absurda.

¿Lo tomó? repite, sorprendido. ¿Cómo se supone que entiendo eso?
Pues al principio solo me pidió que me lo probara. Después dijo que le quedaba bien y en plan, me resultó incómodo devolvérselo. Después de todo, es mi madre

Víctor la mira como si la viera por primera vez. Sí, sabía que Ángela es una persona dulce, pero nunca imaginó que llegara a tal punto.

¿Y ahora qué? ¿ Simplemente se la llevó? ¡Ángela, eso no tiene sentido! le exige, intentando sonar firme.

Resulta irónico: Víctor siempre quiso que su mujer no le necesitara de nada. Ahora él puede darse el lujo de quererlo, y Ángela sigue sin poder.

Todo empezó de manera distinta. Se conocieron en la primera carrera, a través de amigos comunes. Él era un chaval soñador y algo ingenuo. Víctor había crecido en una familia con pocas deudas, así que se prometió a sí mismo que su futura esposa y sus hijos siempre tendrían lo mejor. No tenía claro cómo lograrlo, pero le sobraba entusiasmo.

Ángela, por su parte, no tenía grandes ambiciones, pero sí un corazón de oro. Víctor supo que estaba enamorado cuando ella, una tarde, apareció en su piso resfriado con un tupper de sopa caliente.

Me ha dicho Sergio que estás enfermo. He pensado en pasarte a ver, dice ella, quitándose los zapatos con delicadeza.
No tenías que venir, te vas a resfriar también le replica él, pero no la echa fuera.
Pues si nos resfriamos, nos curaremos juntos contesta, sonriendo. No soy un dulce que se derrite.

En Ángela Víctor vio a la mujer que podía cubrirle la espalda, sin esperar nada a cambio, solo por la bondad que sentía porque le gustaba y porque quería cuidarlo.

Un año después ya vivían juntos en un piso de alquiler. Empezaron con una cocina diminuta, un frigorífico que zumbaba, una llave que goteaba y, de vez en cuando, una visita inesperada de cucarachas. Pasaron noches en vela antes de los exámenes, y se curraron trabajos extra. Él cargaba cajas en un supermercado; ella, mientras tanto, trabajaba de camarera.

Lo habían vivido todo. Descubrieron que los fideos instantáneos también son un lujo. Ángela se desmoronó cuando Víctor acabó en el hospital con cálculos biliares y ella no tenía ni para comprar medicinas. Tuvieron que pedir dinero a los padres y a los amigos una y otra vez.

Afortunadamente, los colegas de Víctor sobraban. Cada vez que alguien necesitaba una mano un obrero que buscaba asistente, un vecino que quería pintar la valla del patio por una miseria él se lanzaba a la tarea, mientras intentaba no sobrecargar a Ángela.

¡Quiero ayudarte! dijo ella cuando él se preparaba para otro curro.
¿Y tú qué harás? ¿ cargar carbón? Te vas a romper las muñecas y nos saldrá más caro el tratamiento refunfuñó Víctor, aunque apreciaba el gesto.

Cuando llegó el momento de los grandes cambios, Víctor no dejó que la presión lo venciera. Primero sacaron los diplomas. Después de mucho buscar, entró en una gran empresa gracias a un conocido, arrancando como técnico junior. El horario era infernal: a veces le pedían quedarse tarde, otras, trabajar los fines de semana.

Ángela lo sostuvo siempre. Se encargó de la casa, aunque también trabajaba, y se las ingeniaba para prepararle sus platos favoritos, mantener todo ordenado y cuidar al perro, Max, incluso cuando este ya no podía caminar.

Tranquila, todo pasará le decía cuando las cosas se ponían duras.

Y no pasó. Cuando Víctor se convirtió en jefe del departamento de logística, las responsabilidades se dispararon. Pero él sentía con claridad que su mujer lo esperaba y lo quería, y eso le daba fuerzas para aguantar.

Llegó el momento de dar el salto. Compraron su propio piso en Valencia, se hicieron con un coche y una casa de campo en la sierra. Ahora compraban muebles nuevos en El Corte Inglés, no en Wallapop, y cambiaban la ropa no porque se gastara, sino porque simplemente les hacía ilusión. Las vacaciones ya no eran en la casa de los abuelos en el campo, sino en alguna playa del Mediterráneo.

Los regalos de Víctor dejaron de ser bombones y tartas para convertirse en abrigos de piel, bolsos de cuero y joyas de oro. No necesitaba excusa, a veces lo hacía por una viernes de cóctel o por un buen día. Ángela todavía se sonrojaba con los precios, pero él disfrutaba sacándola del viejo hábito del ahorro.

Al principio todo era genial. Ella sonreía, lo abrazaba fuerte y se deleitaba con el nuevo perfume y la ropa de marca, cocinando en una olla a presión con mil funciones. Pero, de repente, empezó a usar la vieja olla, a llevar una bolsa gastada y a esconder su perfume en un cajón. Víctor pensó que tal vez el aroma no le gustaba, o que eran viejos hábitos, pero algo no encajaba. ¿Para qué seguir usando zapatos que te hacen ampollas si tienes botas nuevas?

Una oportunidad perfecta le dio su colega Sergio, que los invitó a su cumpleaños. Víctor le regaló a Ángela un juego: un brazalete de oro y unos pendientes con zafiros, pensando que todos verían lo mucho que la adoraba.

Ponte el vestido que compramos el viernes y el juego que te regalé la semana pasada le pidió, entusiasmado. Quedan perfectos juntos.

Ángela titubeó. Empezó a decir que el brazalete se había roto, que lo había llevado al joyero, pero no recordaba a dónde. Finalmente confesó que su madre lo había tomado. No solo el brazalete, también el resto de los regalos.

¿Entonces todo lo que te he dado se lo ha llevado tu madre? frunció los labios Víctor. Ángela, ¿en serio? ¿No puedes defenderte?

Ella bajó la mirada.

No sé cómo. Lo intento, pero ella se ofende. Dice que me crió, que le debo todo. Que ya nadie le va a regalar cosas, y tú sigues comprándome. Que a ella no le queda nada.

Víctor se tapó la cara con las manos, sintiendo que le habían robado algo más que joyas. No era sólo el objeto, era el gesto, la dignidad.

Ya entiendo, suspiró. Entonces, de ahora en adelante, sólo te daré cosas que no pueda pasar a su casa en una semana.

Ángela se quedó callada. No tenía nada que decir. Se dejaba manipular con mucha facilidad. Víctor quiso darle un tirón para que despertara, pero sabía que sería inútil. Así que aceptó a su mujer tal y como era.

Comprendió que, si quería mantener el calor en su hogar, no tenía que pelear con Ángela, sino con la filtración que provocaba su suegra, Verónica Gómez.

Verónica era ruidosa, atrevida y pegajosa. Víctor la conoció casi al mismo tiempo que empezó a salir con Ángela.

No quiero meterme, pero solía decir, lanzando siempre su “consejito” favorito.

Verónica trabajaba como administrativa y su marido, como decimos aquí, “pasa de todo”. Su sueldo era acorde a su puesto.

Desde el primer día, la suegra se entrometió en su relación. Aparecía sin avisar, a veces a las ocho de la mañana. Una noche, cuando su visita coincidió con una cena romántica, Víctor decidió no abrir la puerta. Ángela se puso nerviosa, tembló y murmuró que era su madre, pero él mantuvo su postura.

Sí, mamá, asintió. Pero no la esperábamos. Que nos avise antes, por favor.

Ahora Verónica entraba en su vida no por la puerta, sino a través de la culpa que cultivaba en su hija.

¡Qué perfume tienes! A mí nadie me lo regala. ¿Me lo prestas una semana? El cumpleaños de Lucía está cerca y quiero oler a gloria. decía, intentando robarle el brillo a su propia hija. ¿Te importa a una madre? Yo siempre te he dado todo.

¿Cómo combatir eso? Hacer que no haya nada que robar. Se acercaba el cumpleaños de Ángela y Víctor decidió probar una nueva estrategia.

Cuando todos estaban sentados, él se levantó y le entregó a su mujer un sobre pequeño.

Sol, esto es para ti. Sé que siempre has querido ir a Italia. Disfruta, descansa.

Verónica se iluminó al instante.

¡Qué maravilla! Yo siempre he querido tomar el sol allí, ver a los italianos, sus monumentos.
No pasa nada desearlo, pero, Verónica, el segundo billete es mío. Tendremos que ir juntos, y yo no soy el vecino más agradable: ronco fuerte, pongo música a madrugada y a veces ando desnudo por el hotel. ¿Estás preparada?

Todos soltaron una carcajada. Ángela bajó la mirada, sonrojada, y sonrió. Verónica se puso roja, apretó los labios y se apartó. Pasó la noche callada y se fue antes que los demás. Víctor, con una sonrisa, pensó que había recibido dos regalos: la sonrisa de su esposa y el silencio de la suegra.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nineteen + 11 =

No te costará nada
—¡Que se vaya sola! ¡Igual allí la raptan!—frunció el ceño la suegra Una sofocante tarde antes de las vacaciones debía estar llena de ilusión y preparativos agradables. Sin embargo, en el piso de Antonio y Alicia el ambiente era tenso. En el centro del salón, erguida como un monumento a la inquietud, estaba doña Sofía León. En las manos apretaba el mando de la tele. —¡No lo consiento! ¿Os habéis vuelto locos?—su voz, acostumbrada a mandar en la sala de profesores (era maestra jubilada), retumbaba con firmeza. En la pantalla, congelada la imagen del presentador del telediario, rostro serio y fondo de mapa de Asia, flechas rojas dibujando amenazas lejanas. Alicia, mientras hacía la maleta con una calma sorprendente para tanta tensión, solo suspiró. Sabía cómo terminaba aquello. Antonio, con la paciencia agotada en el rostro, intentó intervenir. —¡Mamá, basta! ¡Son tonterías! Nos vamos a un hotel normal, con agencia de viajes de aquí… —¿Tonterías?—doña Sofía agitó los brazos, el mando estuvo a punto de salir volando—. ¡Antonio, hazle ver! ¡Esa mujer te va a llevar al otro mundo! ¡En Tailandia… allí todo el mundo trafica con personas! Seguro que te mandan por una cerveza y acabas sin hígado en una nevera. Y a ella…—señaló a Alicia con gesto trágico—¡la venden como esclava o la meten de madame! ¡Lo he visto en la tele! Alicia dejó de doblar ropa y sostuvo la mirada atónita de la suegra, con una pausa que Antonio jamás habría resistido. —Doña Sofía, ¿de verdad usted cree todo eso? ¿Que todos los tailandeses son mafiosos y a la vez cirujanos clandestinos y proxenetas de oficio? —¡Ni se le ocurra ponerse chistosa! ¡No tienes argumentos! ¡Lo dicen en las noticias! ¡Gente que no tiene nada que perder va allí por “exotismo barato” y después mandan a los familiares los órganos en un bote! Antonio se frotó la cara. —Mamá, eso es sensacionalismo para jubilados faltos de emociones. Les meten miedo a propósito para que no cambien de canal. ¡Van millones de personas! —¡Y miles desaparecen!—rebatió Sofía—. Alicia, ¿a que ya tienes los billetes comprados? ¿No los vas a devolver? —Ya están comprados. Y no los devuelvo—respondió Alicia simplemente—. Llevamos dos años ahorrando para este viaje. He leído opiniones, foros, reservado con una agencia de aquí de confianza. No vamos a meternos en ningún suburbio de noche. Haremos excursiones, tomaremos el sol en la playa de Pattaya y comeremos sopa picante… —¡A saber qué llevan esos caldos! Seguro que os envenenan—refunfuñó la suegra—. Antonio, hijo, piénsalo por favor. Que vaya ella sola, si tiene tantas ganas. Su riesgo, su problema. Tú por lo menos te quedas vivo y sano. El corazón de madre siente el peligro. Quedó un silencio muy pesado. Entonces Alicia, quizás con años acumulados, dijo: —De acuerdo—dijo cerrando la maleta—. Tiene razón, doña Sofía. Arriesgarse tiene su punto de nobleza. Volaré sola. —¡Alicia! ¿Qué dices?—balbuceó Antonio. —Ya has oído a tu madre. Ella presiente la desgracia. No puedo hacerme responsable de tus riñones ni de tu hígado. Ni ponerte en riesgo de acabar de “esclavo”. Quédate en casa, tomas un té con mamá y veis reportajes sobre conspiraciones mundiales. Yo…—sonrió helada—me iré al infierno ese, sola. Doña Sofía parecía al mismo tiempo victoriosa y anonadada. Había logrado su objetivo, pero la inesperada entereza de su nuera la dejó desarmada. —Bien—pronunció ya sin tanto énfasis—. Te lo has buscado. Antonio intentó protestar, pero Alicia fue inflexible. La noche antes del vuelo durmieron de espaldas. —¿Seguro que no cambias de opinión?—insistió él. —¡No!—zanjó ella. ***** El avión aterrizó en Bangkok; una ola húmeda y perfumada envolvió a Alicia. ¿Miedo? Ninguno. Solo agotamiento y una intensa curiosidad. Siguiendo su plan, recorrió las calles animadas asombrándose con los templos y la simpatía de la gente; la comida callejera era espectacular. Nadie intentó ni robarle la cartera, mucho menos secuestrarla. Los vendedores solo sonreían y regateaban unos cuantos baht. Envió al chat común de Antonio y… doña Sofía (que lo había exigido) una foto: Alicia sonriente, zumo y mar turquesa de fondo. Texto: “Los órganos siguen en su sitio. Todavía no han venido a esclavizarme. Os echo de menos”. Antonio le mandó corazones. Sofía leía y callaba. Luego Alicia viajó al norte, a Chiang Mai. Allí, en una humilde pensión familiar, la propietaria, una señora llamada Nok, le enseñaba a preparar Pad Thai y ocurrió lo inesperado. Nok, que chapurreaba inglés, le recordaba muchísimo a doña Sofía. La mujer también sufría por su hija, emigrada a Seúl. —Está sola, allí hace frío, la gente no sonríe, la comida es rara…—se lamentaba mientras removía fideos—. He visto en la tele que hay radiación en el aire y todos son muy serios. Alicia miró su gesto preocupado y rompió a reír, hasta llorar. Nok la miraba boquiabierta. Así que Alicia, a golpes de traductor, fotos y gestos, le explicó lo de doña Sofía, la televisión, los órganos y la esclavitud. Nok abrió los ojos y luego también se echó a reír, claro y alto. —¡Ay, las madres!—exclamó—. ¡Somos todas iguales! ¡Tememos lo desconocido! En Tailandia la tele también vende absurdos. Aquella noche, bajo el porche y las estrellas, Alicia llamó no a Antonio, sino directamente a doña Sofía, por videollamada. La suegra se veía cansada y a la defensiva. —¿Qué tal? ¿Sigues viva?—fue su saludo. —Entera y con los órganos en orden, doña Sofía. Mire. Alicia giró la cámara hacia la terraza; con una bandeja de té y frutas apareció Nok, que al ver la expresión severa de la española saludó alegre. —¡Hola! Tu nuera es muy buena cocinera. No te preocupes, la cuido. ¡Aquí no hay esclavitud!—y la abrazó por los hombros. Sofía callaba. Alternaba la mirada entre la tailandesa sonriente y el rostro relajado y moreno de Alicia. —¿Y… los órganos?—balbuceó, ya sin la seguridad habitual. —Todos, en su sitio—sonrió Alicia—. Y hasta me ha vuelto el apetito. Doña Sofía, aquí la gente es amable y el lugar precioso. Nok dice que su hija está en Corea y que tiene miedo porque allí es muy frío, y lo ha visto en la tele. Largo silencio. —Déjame hablar con esa… Nok—pidió de pronto Sofía. Alicia pasó el móvil. Ambas mujeres, divididas por miles de kilómetros y cultura, conversaron diez minutos. No se entendían literalmente, pero era obvio que se comprendían. Nok asentía y reía; Sofía, seria al principio, fue ablandando el gesto. Incluso, al acabar, intentó sonreír. Torpemente, pero ya sin el rictus del miedo. Tras colgar, Antonio escribió: “Mamá acaba de apagar el telediario. Dijo: ‘Ya está bien de este agobio’. Y pregunta cuándo vuelves”. Alicia tardó en responder. Miraba las estrellas. Luego sacó otra foto: ella y Nok, abrazadas, sonrientes. Y la subió al chat. Texto: “He encontrado aliada. Mañana vuelo en parapente. Si pasa algo, tengo los riñones bien. Besos”. El regreso fue tranquilo. Antonio la recibió en el aeropuerto; un poco más atrás, con un ramo de absurdos y brillantes asters, estaba doña Sofía. No la abrazó, pero tampoco montó un drama. Carraspeó y le tendió las flores. —¿Has sobrevivido? —Ya ve. Y sin amo nuevo… —Bueno…—musitó la suegra—. Luego cuentas cómo fue… ¿Y tu amiga Nok? De camino, Alicia relataba templos, sabores, la cordialidad de la gente y anécdotas divertidas. Doña Sofía escuchaba, preguntaba a ratos. El televisor, en silencio. En su pantalla negra, reflejadas, tres siluetas: marido abrazando a esposa, y una suegra que al fin decidía mirar el mundo sin filtro de “sensaciones”, a través de los ojos vivos de quien había vuelto “del mismísimo infierno” no solo entera, sino… feliz. Y por la noche, con el té, doña Sofía, bajito y tanteando, dijo: —El año que viene… si os apetece… quizá podría ir yo también. Pero nada de sitios salvajes… Antonio y Alicia se miraron y sonrieron, satisfechos. Inesperado que Sofía viera las cosas desde otro punto. Pero días después irrumpió en casa, roja y nerviosa: —¡Que no voy con vosotros a ningún lado! ¡A ti, Alicia, simplemente te ha salido bien de milagro! He visto que acaban de rescatar a mucha gente de allí. ¡No pienso caer en esas! —Como quiera,—rió Alicia. —Antonio, tú tampoco tienes por qué ir tan lejos. Descubrir España también está muy bien—añadió la señora con autoridad. Su hijo negó con la cabeza, resignado. Y entendía que era inútil debatir.